La moral por moneditas
La devaluación de la ética en la política ha adquirido en la Argentina un rango de aceleración tal que bien podría comparárselo con el proceso que lleva a la hiperinflación. Más allá de los fundamentos jurídicos que los expertos podrán discutir, el fallo con el que la Corte Suprema desactivó el nombramiento de un senador oficialista en un sillón del Consejo de la Magistratura asignado a un opositor tiene un componente insoslayable de crítica moral en el que hay que reparar porque la velocidad de la degradación en ese aspecto es directamente proporcional a la hondura de la grieta que divide a la sociedad.
Los jueces apuntaron a la falta de principios con media docena de calificativos que podrían poner colorado a cualquiera, menos a la devaluada política que se ejerce en la Argentina. Maniobra, ardid, manipulación, artificios, hechos falsos, mala fe y juego de sorpresas fue lo mínimo que esgrimieron los magistrados para hablar de un acto administrativo que sólo se ideó para burlar las normas y entrampar al contrincante. No sólo eso; hubo quienes en su confusión mental creyeron que partir el bloque oficialista del Senado en dos era una idea genial y no sancionable.
Este tipo de atajos para condicionar a los rivales representan celadas que buscan mostrarle a la sociedad que es bueno no cumplir con las reglas si el fin justifica los medios. Maquiavelo puro. En el mundo, los populismos por derecha y por izquierda hacen hoy su agosto escudándose en este tipo de antivalores que disfrazan con pátina disruptiva pero que, en realidad, apuntan a atacar las reglas políticas tradicionales para cambiarle el chip a los ciudadanos.
Ante tamaña defección, que colisiona con el aspecto ético de la política, el mismo valor que desde Aristóteles los griegos defendían para darle sustento a una disciplina que sólo se concebía con reglas basadas en la moral, la pregunta más incómoda para hacer a esta altura del abismo que separa a los argentinos es si así y todo, con todo lo que se ha preocupado en señalar la Corte, hay aún espacio para intentar cerrar la grieta, cuando en uno de los bordes suceden cosas que se alejan de los principios que deben sustentar a la democracia.
Todo indica que aunque se vivan estos episodios de baja calaña siempre es bueno apuntar al diálogo porque, de no hacerlo, se les dará por ganada la batalla a quienes buscan hacerse del poder a como dé lugar. Hace unos días, quien fuera por cuatro veces presidente del gobierno de España, el ya veterano Felipe González, hablaba ante políticos, sindicalistas y empresarios argentinos y destacaba que uno de los déficits de la democracia representativa es la “ineficiencia” en el funcionamiento del poder político, aunque recomendaba avanzar siempre teniendo muy presentes los valores que lo sustentan, por más que haya empeñados en saltarlos.
“Las grandes formaciones políticas no deben quedar en la ensoñación de los bloques antagónicos sino en la centralidad en la que se basa una verdadera convivencia libre y democrática”, martillaba. Como tema central y muy entroncado con la advertencia de la Corte, González decía que “todo padre sabe que con las cosas de comer no se juega” y así recomendaba “definir qué son las cosas de comer para el país, no jugar con ellas y competir en todo lo que se quiera”. Concluía: “Vale mucho más un acuerdo relativamente deficiente que la imposición hacia los demás, algo no aceptable”.
Discepolín escribía en 1926 el tango “Que vachaché” y allí ya precisaba que “a la moral la dan por moneditas”, un proceso que a un siglo vista está cada vez peor. Hoy, a la hora de plantar el desencanto, la degradación de los valores de la política y el abuso como disvalor por encima de las reglas de la democracia son algo más que común a los regímenes autoritarios: fascismo puro. Eso es lo que la Corte vino a denunciar como contrario a la Constitución y a tratar de desactivar desde el costado ético, porque ya no queda tiempo para reparar la estafa pergeñada. Si la política carece de ética, es como jugar con “las cosas del comer”.
La devaluación de la ética en la política ha adquirido en la Argentina un rango de aceleración tal que bien podría comparárselo con el proceso que lleva a la hiperinflación. Más allá de los fundamentos jurídicos que los expertos podrán discutir, el fallo con el que la Corte Suprema desactivó el nombramiento de un senador oficialista en un sillón del Consejo de la Magistratura asignado a un opositor tiene un componente insoslayable de crítica moral en el que hay que reparar porque la velocidad de la degradación en ese aspecto es directamente proporcional a la hondura de la grieta que divide a la sociedad.
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