La ropa como terapia
Una psicóloga inglesa propone una terapia a partir del cambio de ropa. “Cuando uno se viste, lo que lleva influye en sus propias emociones, su seguridad e incluso en su percepción cognitiva”, dice.
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Por Britta Gürke (dpa)
En el clásico de Hollywood “Lo que el viento se llevó”, una humilde Scarlett O’Hara confecciona un deslumbrante vestido con unas viejas cortinas. Y es que, lo quiera uno o no, lo que vestimos tiene sus consecuencias. Por eso, la búsqueda de un atuendo que genere los efectos adecuados ha traído consigo una millonaria industria de asesores de estilo.
En Londres, la psicóloga del estilo Kate Nightingale ha desarrollado una fórmula con otro punto de vista que se considera pionera en Reino Unido. ¿Su objetivo? Aprovechar los efectos de la ropa para promover el encuentro de sus clientes consigo mismos.
“Se trata simplemente de estar guapos”, explica Nightingale. “Cuando uno se viste, lo que lleva influye en sus propias emociones, su seguridad e incluso en su percepción cognitiva”.
Como psicóloga, Nightingale se ha dedicado a investigar los efectos de la comunicación no verbal. Aunque reconoce que la mayoría de asesores de estilo utiliza estos conocimientos, ella aporta “pruebas científicas, no conocimientos genéricos”.
Al principio, la mayoría de clientes llegaban a ella con el objetivo de mejorar su aspecto. En el caso de las mujeres, a menudo se trataba de un nuevo trabajo, mientras que en los hombres solía deberse a la búsqueda de pareja. “Guste o no, se nos juzga por cómo vestimos”, dice Nightingale. “Lo siento, pero así funciona el cerebro”. La primera impresión que uno tiene de otra persona se forma en tres segundos”.
Nightingale analiza lo que estos mecanismos suponen para la vida interior de sus clientes. ¿Cómo me gustaría vestir y qué imagen quiero proyectar? ¿Qué formas, colores y cortes me sientan bien? ¿Y qué dice lo que me pongo sobre quién soy, que puntos psicológicos problemáticos tengo y en qué parte de mí puedo trabajar para desplegar mi potencial?
Así, sus puntos de partida no son ni el color de ojos, ni la forma del cuerpo o el tipo de piel. En su primera sesión, los clientes llevan fotografías de ropa que les gusta, pero que no se atreverían a ponerse. Paso a paso, Nightingale trabaja con ellos a lo largo de meses para que se vistan más como a ellos les gustaría, con más creatividad, más feminidad o más originalidad.
Según su teoría, con ello se producen también cambios en la vida interior de cada uno: sus clientes ganan confianza en ellos mismos, reflexionan más sobre sus puntos fuertes y aprenden a conocerse mejor.
“Leo entre líneas lo que los clientes cuentan en nuestras conversaciones. ¿Qué problemas tienen en sus vidas? ¿Qué esconden? ¿Qué es lo que realmente quieren?”. Sobre esas bases construye su asesoramiento, que según lo deseen los clientes se puede prolongar meses. Y tan pronto como detecta que hay problemas serios, como trastornos alimenticios, recomienda tratamiento terapéutico.
Naturalmente, en su conjunto todo esto no resulta nada barato. Un completo “makeover” de un día, que incluya asesoramiento sobre peluquería y maquillaje, cuesta en torno a 700 libras (863 euros/1.126 dólares). No obstante, no todo el mundo necesita asesoramiento integral, a algunos les basta con un empujoncito. Por ejemplo, una clienta cuenta que tras la sesión miraba su armario con otros ojos. “Ahora me visto mejor con ropa que ya tenía”.
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