El amor se sienta en el diván de Rolón
“El amor pareciera salvarnos de la muerte, llevarnos a un territorio de inmortalidad”, dice el psicoanalista y escritor Gabriel Rolón, que publicó “Encuentros. El lado B del amor”.
Despojar al amor de su falsos ornamentos, señalar sus limitaciones pero también sus atributos, es el propósito central de Gabriel Rolón en su reciente obra “Encuentros. El lado B del amor”, un compilado de apuntes que retoma los ejes temáticos de charlas que dio el psicoanalista y escritor. Autor de “Historias de diván” y “Palabras cruzadas”, Rolón se hizo conocido por su participación en ciclos televisivos como “Todos al diván”, “RSM” y “Terapia. Única sesión”, donde desde una perspectiva casi docente adaptó –con la obvia reticencia de sus colegas– algunos “tópicos” de la disciplina que ejerce desde hace casi tres décadas. En la misma línea, Rolón publicó el año pasado “Los padecientes”, una novela con numerosos guiños al psicoanálisis que implicó su debut en el género y marcó una suerte de “transgresión” adicional en la que se funde su vocación divulgadora con el deseo de “jugar” con sus saberes y hacerlos interactuar con la ficción. “El amor pareciera salvarnos de la muerte, llevarnos a un territorio de inmortalidad –destaca Rolón a propósito de “Encuentros…” (Planeta)–. El sujeto necesita sentirse a salvo de aquello que Miguel de Unamuno denominaba el sentimiento trágico de la vida, que en términos psicoanalíticos sería algo así como el reconocimiento de que todo no se puede y de que todos nos vamos a morir”. –¿Este libro implica volver a territorio conocido después de la primera incursión en la ficción? –Aunque parezca mentira “Encuentros…”, lejos de ser una vuelta al territorio seguro de lo conocido, fue el libro más audaz de los tres para mí. Porque no retoma la forma del relato de casos, como mis anteriores libros de no ficción, sino que se adentra en un género nuevo para mí y de mucho recorrido y prestigio en las letras argentinas, como es el ensayo. Por eso, lejos de sentirme tranquilo, fue el libro que me generó más dudas y en el que siento que corrí más riesgos. Tenía muchas ganas de reflexionar acerca del amor. Sólo dos temas mueven al hombre: el sexo y la muerte. Quise ingresar al ensayo por uno de ellos, ya que el amor es sólo una cara más de la sexualidad. –La temática y el formato del libro dicen mucho acerca del universo lector argentino: el libro, si bien no está dirigido a un lector con estricta formación psicoanalítica, recoge de alguna manera el interés que esta disciplina despierta en el país ¿Qué componentes vuelven posibles esta mirada psicoanalítica? –Pensar en cientos de personas que llenan un teatro para escuchar a alguien que les va a decir que todos nos vamos a morir, que el amor perfecto no existe y que jamás produce la completud anhelada, sería imposible en otro país que no fuera Argentina. Porque en nuestra cultura está el germen de la pregunta, de buscar ese otro costado que todo tiene y que muchos no quieren ver. En Uruguay, por ejemplo, me dijeron un chiste que me pareció maravilloso: “El argentino para cada solución encuentra un problema”. Y esto, que podría parecer que habla mal de nosotros, creo que, por el contrario, habla muy bien. Porque nos presenta como seres complejos, pensantes y cuestionadores. Creo que hay todo un pasado de pérdidas y dolor que está en el origen de nuestra argentinidad que generaron el campo propicio para la llegada y la instalación del psicoanálisis. Aquí no a todos les gusta la receta mágica, la respuesta rápida. Somos escuchas del dolor y la soledad, y eso me permite hablar como analista sabiendo que el lector va a hacer el esfuerzo por entender, porque le gusta eso. –¿Por qué si percibimos que el deseo es, en definitiva, ingobernable, cada vez que emprendemos una nueva relación no podemos evitar tener la fantasía de capturar “en exclusiva” el deseo del otro? ¿La fidelidad es un mandato ineludible? –Me gusta citar una frase de David Nasio que dice “En cuestiones del amor, no elegimos sino lo inevitable”. La falta de un instinto de la manera en que funciona en los animales nos tira a un territorio complejo porque no hay respuestas, no hay un objeto de amor dado y cada quien debe construir su sexualidad según su propia historia y escuchando a su deseo. Hablo de un pequeño margen de elección posible, pero que nunca es total y que no depende de la voluntad. De hecho, la gente se la pasa diciendo que le hubiera convenido enamorarse de A y no de B, pero que no pudo hacer nada. Es decir que la voluntad muestra su ineficacia ni bien comenzamos a andar por el territorio del amor. Pero claro, que el deseo no se pueda detener, no implica que esta ilusión no siga estando en cada uno de nosotros. Por eso, la búsqueda de la completud y el anhelo de aprisionar el deseo del que amamos sigue siendo algo que mueve a las parejas. Y no está mal buscarlo. Lo que está mal es creer que vamos a conseguirlo. En nuestra cultura, la fidelidad sigue siendo para la mayoría de las parejas un valor importante. Y no está mal. Lo único que creo es que no hay que pensarla como algo que viene dado por el sólo hecho de amar, sino como una decisión personal que cada uno lleva adelante a partir de un compromiso y que a veces puede costar mucho o, incluso en algunos casos, fracasar. –A veces “acomodamos” la percepción del otro a aquello que deseamos o necesitamos ver. ¿La ruptura de una pareja se puede leer en definitiva como un doloroso proceso de “sinceramiento” en el que por fin estamos en condiciones de ver al otro cómo es? –Lacan dijo que “amar es dar lo que no se tiene a quien no lo es”, es decir, que percibir al otro diferente de lo que es, es parte misma del acto de amar. Y esto no tiene nada de malo. Sucede todo el tiempo. Alguien nos habla de la persona que ama y nosotros la vemos diferente. ¿Está loca? No, simplemente enamorada. Y a veces no es que dejamos de amar porque vemos al otro tal cual es sino que porque dejamos de amar el otro se nos aparece en una dimensión diferente y menos idealizada. –¿Por qué le exigimos al amor que trascienda al tiempo si somos sujetos en permanente cambio y no sabemos si lo que nos interesa hoy lo va a seguir haciéndolo en el futuro? –Nadie quiere perder esa ilusión de completud y seguridad que genera el estado de enamoramiento. El amor pareciera salvarnos de la muerte, llevarnos a un territorio de inmortalidad. Por eso es que se le exige que se quede para siempre. Porque el sujeto necesita sentirse a salvo de aquello que don Miguel de Unamuno denominaba el sentimiento trágico de la vida, que en términos psicoanalíticos sería algo así como el reconocimiento de que todo no se puede y de que todos nos vamos a morir. (Télam)
Gabriel Rolón es conocido por sus participaciones televisivas.
Despojar al amor de su falsos ornamentos, señalar sus limitaciones pero también sus atributos, es el propósito central de Gabriel Rolón en su reciente obra “Encuentros. El lado B del amor”, un compilado de apuntes que retoma los ejes temáticos de charlas que dio el psicoanalista y escritor. Autor de “Historias de diván” y “Palabras cruzadas”, Rolón se hizo conocido por su participación en ciclos televisivos como “Todos al diván”, “RSM” y “Terapia. Única sesión”, donde desde una perspectiva casi docente adaptó –con la obvia reticencia de sus colegas– algunos “tópicos” de la disciplina que ejerce desde hace casi tres décadas. En la misma línea, Rolón publicó el año pasado “Los padecientes”, una novela con numerosos guiños al psicoanálisis que implicó su debut en el género y marcó una suerte de “transgresión” adicional en la que se funde su vocación divulgadora con el deseo de “jugar” con sus saberes y hacerlos interactuar con la ficción. “El amor pareciera salvarnos de la muerte, llevarnos a un territorio de inmortalidad –destaca Rolón a propósito de “Encuentros...” (Planeta)–. El sujeto necesita sentirse a salvo de aquello que Miguel de Unamuno denominaba el sentimiento trágico de la vida, que en términos psicoanalíticos sería algo así como el reconocimiento de que todo no se puede y de que todos nos vamos a morir”. –¿Este libro implica volver a territorio conocido después de la primera incursión en la ficción? –Aunque parezca mentira “Encuentros...”, lejos de ser una vuelta al territorio seguro de lo conocido, fue el libro más audaz de los tres para mí. Porque no retoma la forma del relato de casos, como mis anteriores libros de no ficción, sino que se adentra en un género nuevo para mí y de mucho recorrido y prestigio en las letras argentinas, como es el ensayo. Por eso, lejos de sentirme tranquilo, fue el libro que me generó más dudas y en el que siento que corrí más riesgos. Tenía muchas ganas de reflexionar acerca del amor. Sólo dos temas mueven al hombre: el sexo y la muerte. Quise ingresar al ensayo por uno de ellos, ya que el amor es sólo una cara más de la sexualidad. –La temática y el formato del libro dicen mucho acerca del universo lector argentino: el libro, si bien no está dirigido a un lector con estricta formación psicoanalítica, recoge de alguna manera el interés que esta disciplina despierta en el país ¿Qué componentes vuelven posibles esta mirada psicoanalítica? –Pensar en cientos de personas que llenan un teatro para escuchar a alguien que les va a decir que todos nos vamos a morir, que el amor perfecto no existe y que jamás produce la completud anhelada, sería imposible en otro país que no fuera Argentina. Porque en nuestra cultura está el germen de la pregunta, de buscar ese otro costado que todo tiene y que muchos no quieren ver. En Uruguay, por ejemplo, me dijeron un chiste que me pareció maravilloso: “El argentino para cada solución encuentra un problema”. Y esto, que podría parecer que habla mal de nosotros, creo que, por el contrario, habla muy bien. Porque nos presenta como seres complejos, pensantes y cuestionadores. Creo que hay todo un pasado de pérdidas y dolor que está en el origen de nuestra argentinidad que generaron el campo propicio para la llegada y la instalación del psicoanálisis. Aquí no a todos les gusta la receta mágica, la respuesta rápida. Somos escuchas del dolor y la soledad, y eso me permite hablar como analista sabiendo que el lector va a hacer el esfuerzo por entender, porque le gusta eso. –¿Por qué si percibimos que el deseo es, en definitiva, ingobernable, cada vez que emprendemos una nueva relación no podemos evitar tener la fantasía de capturar “en exclusiva” el deseo del otro? ¿La fidelidad es un mandato ineludible? –Me gusta citar una frase de David Nasio que dice “En cuestiones del amor, no elegimos sino lo inevitable”. La falta de un instinto de la manera en que funciona en los animales nos tira a un territorio complejo porque no hay respuestas, no hay un objeto de amor dado y cada quien debe construir su sexualidad según su propia historia y escuchando a su deseo. Hablo de un pequeño margen de elección posible, pero que nunca es total y que no depende de la voluntad. De hecho, la gente se la pasa diciendo que le hubiera convenido enamorarse de A y no de B, pero que no pudo hacer nada. Es decir que la voluntad muestra su ineficacia ni bien comenzamos a andar por el territorio del amor. Pero claro, que el deseo no se pueda detener, no implica que esta ilusión no siga estando en cada uno de nosotros. Por eso, la búsqueda de la completud y el anhelo de aprisionar el deseo del que amamos sigue siendo algo que mueve a las parejas. Y no está mal buscarlo. Lo que está mal es creer que vamos a conseguirlo. En nuestra cultura, la fidelidad sigue siendo para la mayoría de las parejas un valor importante. Y no está mal. Lo único que creo es que no hay que pensarla como algo que viene dado por el sólo hecho de amar, sino como una decisión personal que cada uno lleva adelante a partir de un compromiso y que a veces puede costar mucho o, incluso en algunos casos, fracasar. –A veces “acomodamos” la percepción del otro a aquello que deseamos o necesitamos ver. ¿La ruptura de una pareja se puede leer en definitiva como un doloroso proceso de “sinceramiento” en el que por fin estamos en condiciones de ver al otro cómo es? –Lacan dijo que “amar es dar lo que no se tiene a quien no lo es”, es decir, que percibir al otro diferente de lo que es, es parte misma del acto de amar. Y esto no tiene nada de malo. Sucede todo el tiempo. Alguien nos habla de la persona que ama y nosotros la vemos diferente. ¿Está loca? No, simplemente enamorada. Y a veces no es que dejamos de amar porque vemos al otro tal cual es sino que porque dejamos de amar el otro se nos aparece en una dimensión diferente y menos idealizada. –¿Por qué le exigimos al amor que trascienda al tiempo si somos sujetos en permanente cambio y no sabemos si lo que nos interesa hoy lo va a seguir haciéndolo en el futuro? –Nadie quiere perder esa ilusión de completud y seguridad que genera el estado de enamoramiento. El amor pareciera salvarnos de la muerte, llevarnos a un territorio de inmortalidad. Por eso es que se le exige que se quede para siempre. Porque el sujeto necesita sentirse a salvo de aquello que don Miguel de Unamuno denominaba el sentimiento trágico de la vida, que en términos psicoanalíticos sería algo así como el reconocimiento de que todo no se puede y de que todos nos vamos a morir. (Télam)
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