El blues más triste de Norberto Napolitano, el 'Carpo'

Fue el más grande intérprete de blues de la historia nacional. Tenía 54 años. Su virtuosismo trascendió las fronteras y llegó a tocar en el Madison Square Garden junto al "Rey del blues"

No pocos dirán que Norberto Napolitano murió en su ley. Sin embargo, a esta altura de los acontecimientos Pappo había abandonado prácticamente todo tipo de heroicidad. Excepto el de las motos y el vértigo, dos pasiones que nunca mermaron en él. Eran una especie de revancha en el marco de una vida que trataba de encauzarse desde los 40 y largos.

La de Pappo fue un vida agitada aunque despojada de los típicos infiernos de entrecasa que tanto han torturado a otros roqueros de éstas y otras latitudes. Pappo vivía fácil. Su historia personal se resignifica en su carrera.

Pappo lo fue todo en el universo rocker: estrella con todas las letras, soporte virtuoso de un Dios olímpico como B. B. King, fan perpetuo de los pesos pesados del rubro, hombre de barrio, pibe eterno (no por nada tenía por costumbre llamar a su banda del momento «los muchachos»), mecánico, sobreviviente de la realidad local, hijo de inmigrantes trabajadores, pendenciero inconsolable. Artista.

Se tejían leyendas sobre sus robustas espaldas puesto que su obra ya le permitía rendir tributo a una imagen más elaborada. Digna de los relatos lisérgicos de los especialistas.

Cuentan que en una de sus visitas al Alto Valle, la habitación del hotel donde estaba alojado se transformó en un bello desfile de gruppies. Cuentan también que si se despertaba de mal humor era mejor mantenerse a una prudente distancia. Muy prudente, cuentan.

Probablemente, como suele ocurrir con este tipo de trayectorias, más de la mitad de las anécdotas que lo perseguían desde hacía décadas eran falsas. Pappo tampoco se mostraba muy afecto a desmentirlas; después de todo, los mitos urbanos alimentan las fauces de la fama.

Norberto Napolitano fue un peregrino, un buscador. En parte por eso estuvo, por ejemplo, en la génesis de Motorhead, en la época en la que vivía de lavar copas en un club londinense y de arreglar una sala de ensayos ubicada en su sótano. Y justamente por eso se convirtió en el amigo latinoamericano de B. B. King.

Al rey negro le gustaba anunciarlo en sus giras como «el mejor guitarrista de Latinoamérica». B. B. King también lo llamaba «mister Cheese» en memoria del día en que él y Pappo fueron presentados formalmente; el «Carpo» le llevó de regalo un enorme molde de queso nacional.

La biografía también indica que aquel glorioso día en Obras Sanitarias, cuando para sorpresa del público y de los asistentes B. B. King llamó a Norberto Napolitano a compartir el escenario, primero les preguntó a sus técnicos: «¿Dónde está Mr. Queso?»

Mientras tanto, y a varios metros de allí, Pappo retozaba en una pileta especialmente hecha para basquetbolistas luego de su participación como telonero.

Así, completamente mojado y con los pantalones de cuero chirriándole como un motor oxidado, se unió al rey del blues.

Pocos meses después Pappo se subiría a un escenario más grande aún: el del Madison Square Garden, en Nueva York. De todas las postales que acompañaron su existencia, ésta debe haber sido una de las más valiosas. Pappo vestido con un traje de seda esperando su turno entre los «Amigos de B. B. King». Enfrente suyo había un cuadrado dibujado en el piso que llevaba su nombre: «Pappo». Hasta que en un momento de la noche le llegó su tiempo de abrazar la gloria blusera. «¡Con ustedes, el mejor guitarrista de blues de Latinoamérica!», gritó B. B. King. Y Pappo se mostró extrañamente sutil en su presentación, sobretodo inteligente, hasta podría decirse que juicioso, en un universo saturado de genios poderosos. Con un estilo un poco más contenido que lo que le conocíamos en la Argentina, Pappo marcó la diferencia con respecto a los otros violeros. Entonces vino el premio a su humildad: justo cuando Pappo dejaba levitando en el aire la última nota de su improvisación, B. B. King hizo algo que sólo les reservaba a los más grandes: «¡Una vez más, Pappo!», dijo y entonces el «Carpo» estalló. Esta vez dejó que la guitarra se expresara sola y que sus dedos fueran la perfecta herramienta de su conjuro.

Pappo tenía a la muerte como uno de sus temas d conversación. No la evitaba. Decía haber visto a Dios después de un accidente en el cual había salido despedido del coche en el que viajaba.

Hace unos años, en una entrevista con «Rolling Stone» le contó a la periodista Gloria Guerrero su particular relación con la palabra 'Dios':

– Estoy muy conectado con la música, voy a ensayar y es como ir a Luján a ver a Dios. Porque yo al único Dios que veo es al de Luján; a los demás no los conozco. Yo conozco a ése, soy amigo de ése. Es un amigo que me espera cuando yo me muera. Yo lo vi en un momento jodido.

– En el accidente…

– Sí. Yo me estaba muriendo y el tipo salió de una luz así (abre los brazos) y me mandó de vuelta. Y yo aparecí en la ruta, tirado, por dónde salí no sé, porque el auto tenía todas las ventanas cerradas. Créase o no, los milagros existen. Esto fue parte de la dimensión desconocida.

– ¿Te asusta la muerte?

– La muerte es algo que… ¿vos viste la película del tipo que se queda en la Tierra para vengarse del que lo mató y va a lo de una negra que se comunica con la novia y le dice 'Vengo de parte de su novio'?

– Ghost

– Ghost. Es así, es igual.

– ¿Cuánto hace ya del accidente?

– Seis años.

– El tiempo que hace que dejaste de tomar.

– Claro. Después de que vi a Dios no tomé más vino. Yo creía que era verso: no es verso. Está el chabón.

– Muchas personas desearían tener alguna vez una visión como la tuya.

– Y, se tienen que pegar un palo en la ruta 9.

– Es un precio alto.

– Bueno, pero a lo mejor, encima, no está el tipo para salvarte. Yo, desde que me pasó eso voy a la iglesia d Luján a saludarlo. Yo sé que es aquél.

– ¿Por qué la de Luján y no otra iglesia?

– Porque fui una vez a Luján y lo vi y era ése, el mismo.

Pappo sentía que aún no había superado sus propias posibilidades como músico. A pesar de su apodo el «Carpo» y de firmar en las aduanas y en los hoteles en la sección 'Profesión' con el título de «estrella de rock», de actuar parte de cada año en exclusivos clubs de Europa y Estados Unidos junto a otros talentos del blues y el rock internacional había llegado a la conclusión de que aún no sabía tocar. «Creo que en lo que empecé hoy: a ensayar cuatro horas diarias mínimo, después zapar una o dos horas, ir a casa, seguir tocando, volver a acostarme, seguir tocando -ya me llevé un equipo a la pieza- ir al estudio, seguir tocando, ensayar, seguir tocando…», le contó también a Gloria Guerrero.

El 14 de noviembre de 1980 se realizó un recital en Buenos Aires que marcaría a fuego la historia del rock nacional. El acontecimiento se llamó «Adiós Pappo's Blues, Bienvenido Riff». Este año se cumplían 25 años del nacimiento de la banda que significaría una nueva forma de entender el rock pesado en este país y en el resto del continente. Pappo esperaba que un productor aprovechara la oportunidad para hacer un gran show. Era uno de sus proyectos antes de morir.

Un amigo del guitarrista lo definió como un chico grande. Lo real es que desde hacía un tiempo Pappo representaba más la imagen de un artista consagrado que la de un rebelde sin pausa. Por supuesto, la prensa siempre encontraba alguna secuencia sabrosa para completar sus artículos.

Uno de los muchos foros que están dedicados a su persona en Internet dice: «¿Pappo toca mejor con los años?» Habría que decir que cantaba peor, pero que crecía y crecía en su faceta instrumental. «El rock es mi presentación en la Tierra. Es mi forma de ser, mi forma de hablar», dijo alguna vez Napolitano.

Cuerdas muy distintivas y sentimentales cruzaban el arte y la humanidad de Pappo. El guitarrista era capaz de revelarse simple como un blues compuesto a orillas del río Mississippi o bien llevar su arte, eléctrico y adrenalínico, a visitar paisajes creativos aledaños al jazz moderno.

Pappo decía ser la encarnación de un vikingo. Fuera del terreno de lo esotérico, Pappo había comprendido la esencia de la música negra y el ritmo profundo del rock norteamericano. Sobre esa realidad se deslizaba su extremo virtuosismo.

Las palabras de un vieja pieza suya parecen despedirlo ahora mejor que cualquier otro recurso literario de ocasión: «Un viejo blues/me hizo recordar/momentos de mi vida/y mi primer amor/pero aquí estoy/tan solo en la vida/que mejor me voy».

 

Claudio Andrade


No pocos dirán que Norberto Napolitano murió en su ley. Sin embargo, a esta altura de los acontecimientos Pappo había abandonado prácticamente todo tipo de heroicidad. Excepto el de las motos y el vértigo, dos pasiones que nunca mermaron en él. Eran una especie de revancha en el marco de una vida que trataba de encauzarse desde los 40 y largos.

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