El bono demográfico: un capital que no se puede dilapidar

La Argentina tiene la ventaja de una población joven en edad laboral que representa una elevada proporción sobre los dependientes. Un potencial que no durará y sólo dará frutos con un modelo de desarrollo con instituciones que fomenten educación y empleo de calidad, ahorro e inversiones, entre otros factores para aprovecharlo.

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Es un potencial que espera ser aprovechado. Una inmensa posibilidad que tiene la Argentina en directa relación con su desarrollo económico futuro: contar con más de ocho millones de jóvenes de entre 14 y 24 años, que equivalen al 18,9% del total de la población. Un espacio que da forma al denominado “bono demográfico”. Hace a la existencia de un significativo número de población en condiciones de trabajar instalada en un marco demográfico que tiene importante resto antes de envejecer.

El bono, mire por donde se lo mire, emerge como una oportunidad que a juzgar del economista Ricardo Delgado -hoy colaborador de Sergio Massa y autor de “La herencia. Treinta años de economía Argentina en democracia”- habla de la mejor etapa de la transición demográfica del país a lo largo de su historia, y en la cual el número de trabajadores en relación con los dependientes -niños y adultos mayores de 60- es máximo.

Pero claro, de cara al futuro, el bono sólo será útil si el sistema de decisión política lo asume en un proceso de desarrollo económico. Pero la dirigencia política no parece detectar que la Argentina es aún un país joven. No habla de ese potencial. No explora en el mundo académico -por caso- todo el andamiaje que ahí existe en términos de reflexión sobre el bono demográfico.

José María Fanelli, doctor en Economía, profesor en la Universidad de San Andrés y en la UBA en el campo de la macroeconomía, autor entre otros trabajos de “La Argentina y el desarrollo económico en el siglo XXI”, es reconocido como uno de los principales pioneros en investigar la posibilidades que brinda el bono. Sostiene que reflexionarse sobre este potencial implica computar:

• Si bien la evolución de la población activa es central, lo que resulta clave es la evolución de la tasa de dependencia. Constituye el cociente entre el número de niños y adultos mayores retirados de la fuerza laboral, por un lado, y las personas en edad de trabajar por el otro. Cuanto menor sea la tasa de dependencia, mayor la fuerza de trabajo potencialmente disponible y, por lo tanto, mayor la cantidad de personas para mantener a los que no trabajan.

• Desde mediados de los 90 hasta mediados de la década del 2030, ese cociente se presentará muy favorable para la Argentina. Luego de ese período, aumentará muy rápido la cantidad de retirados y se tornará más difícil crecer. Es decir, llegará el envejecimiento de la sociedad como contraparte al período de posibilidades que ofrece el “bono demográfico”.

• A juzgar de los economistas y demógrafos, durante el período de la “ventana de oportunidad demográfica” o “bono demográfico” se producen dos efectos positivos. Uno: como hay más gente en edad de trabajar, el PBI puede crecer más rápido. Para aprovechar esto, hay que crear empleos de calidad. Dos: durante el “bono demográfico” hay más “ahorradores primarios”, o sea gente en edad de ahorrar. Esto genera mayor disponibilidad de ahorro y por lo tanto mayor capacidad de acumulación. Para aprovechar esto no hay que distorsionar los incentivos para el ahorro.

Esto último hace, claro está, a la política. A la gestión del Estado en manos de la política.

-La política debe encargarse que las instituciones jueguen a favor y no en contra del bono -señala Fanelli. Y acota en la Universidad de San Andrés.

-Si se fomenta el consumo durante el bono o se desincentiva la inversión, llegaremos a viejos sin ser ricos; si el sistema de seguridad social y de salud están mal diseñados, en la etapa de envejecimiento habrá problemas y les dejaremos un pasivo a las generaciones futuras. Si la seguridad jurídica es endeble, no habrá inversiones. Si las reglas de juego no ayudan, el bono demográfico se convierte en un pasivo.

¿Conclusión?

-Si esto sucede, bueno, la repetición de una dilatada y eterna historia de una conducta de la Argentina como país: seguir perdiendo el tren de la historia, dejar que se nos escurran de las manos aquellas oportunidades que, por su naturaleza, les cabe una única definición: son únicas -señala a este diario el economista y sociólogo Juan José Llach, quizá el más riguroso investigador de los costos que conlleva la distorsión con la que funciona el sistema federal argentino y los que devienen del desequilibrio demográfico que signa al país.

-¿O acaso no se están escurriendo por irresponsabilidad del poder político las reservas más inmensas que acumuló el país a lo largo de sus 200 años?

En alguna medida las dudas de Llach la asume también el economista cordobés Gerardo García Oro. Miembro del Instituto de Estudios sobre la Realidad social de Argentina y Latinoamérica de Fundación Mediterránea, está convencido de que la transición demográfica en curso en Argentina -bono mediante, claro- es una oportunidad que el país no debería dejar pasar por alto. Pero tiene reparos sobre si desde el sistema de decisión política existen reflejos para aprovecharla. Oportunidad que hace a “generar los dividendos suficientes que permitan enfrentar contextos futuros, donde recaigan las consecuencias del envejecimiento de la sociedad”.

Reflexionando desde la realidad presente en materia ocupacional, en conversación con “Río Negro” García Oro encuentra que conspiran contra el “bono demográfico” tanto “la alta y creciente tendencia de la inactividad laboral como los escasos progresos en materia de generación de empleo decente”.

Y a modo de argumentar en línea de sostener este diagnóstico, dice García Oro:

• La tasa de actividad informada al segundo trimestre de este año representa el nivel más bajo de participación laboral observado en los últimos años, aspecto que puede relacionarse con motivos de “desaliento” entre las personas en edad laboral ante la falta de oportunidades reales de inserción al empleo.

• En relación con los déficit en materia de generación de oportunidades laborales en entornos productivos, la evidencia da cuenta de que un 45% de los ocupados se desempeña en puestos de empleo precarizados. Ya sea como asalariados informales, trabajadores sin salario o como patrones o trabajadores cuentapropistas no profesionales y en emprendimientos de baja retribución. En ese sentido, se observa que estructuralmente unos ocho millones de ocupados no logran dar con empleo de calidad.

• Esta situación atañe a los jóvenes, o sea, núcleo gravitante en la conformación del potencial que define al “bono demográfico”. Padecen problemas de inserción social, ya sea por habitar en condición de pobreza, haberse retirado de centros educativos o por no lograr insertarse en la vida adulta con la consecución de un empleo formal (estando en condición de inactividad laboral, desempleo o en un puesto precarizado)

• A modo de ejemplo, si se considera el segmento de jóvenes de entre 16 y 24 años, el 61% -casi cuatro millones de personas- enfrenta alguno de estos inconvenientes, sumado al hecho de que el 16,7% de este conjunto pese a encontrarse en una edad de tránsito de la escuela al mundo laboral, actualmente no estudia, no trabaja ni busca trabajo: un colectivo denominado comúnmente como los jóvenes “Ni-Ni”.

Mientras tanto, el bono demográfico late.

Sólo restar esperar que no envejezca.

Carlos Torrengo

carlostorrengo@hotmail.com

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