El canto de las sirenas
HÉCTOR CIAPUSCIO (*)
Entre las épicas de la cultura clásica tienen un sitio singular las aventuras del héroe de “La Odisea” quien, luego de largos años de guerrear en Troya, emprende el regreso a su hogar de la isla de Itaca en el Tirreno. Su viaje de nostalgia le llevará diez años, tantos como los del sitio de Troya, y estará tan lleno de peripecias como para inspirar toda una tradición artística. Con solo repasar el nombre de los lugares y los personajes que pueblan la epopeya, que es poesía y también novela de aventuras, se puede advertir su riqueza evocativa. Allí están para inspirar cuentos infantiles, para citas eruditas, para el cine o para el arte, Escila y Caribdis, el país de los lotófagos, el de los cíclopes y Polifemo, Tántalo y Sísifo, los largos secuestros de la bruja Circe y de la apasionada Calipso, la virgen Nausícaa también enamorada, los Lestrigones gigantescos y las vacas del Sol, Telémaco, Penélope y los pretendientes, el porquerizo Eumeo y el fiel perro Argos, cada uno y tantos otros con una historia viva y amena. Hay una palabra que sintetiza lo que la epopeya atribuida a Homero quiere señalar: lo que vale es el viaje, una metáfora de la vida. Kavafis, poeta griego de nuestro tiempo, escribió, inspirándose en la meta del viaje del héroe por el mar, un poema epónimo. Comienza: “Embárcate hacia Itaca / procura que el viaje sea largo (…) con tormentas, / que visites un madral de puertos…”. Concluye: “Pero Itaca es una isla desierta. / No hay nada. / Mas no te encabrones con Itaca. / Ella ya te dio lo más precioso; el viaje. / Sabio como habrás vuelto, / sabrás lo que valen las Itacas: el viaje”. En prosa, otro literato genial, Claudio Magris, escribió un juicio categórico sobre el libro: “El más grande jamás escrito. ‘La Odisea’, el relato del viaje a través de la vida, es impensable sin el mar, pero también el mar sin ‘La Odisea’ es impensable”. Finalmente otro gran poeta y Nobel de Literatura, el polaco Czeslaw Milosz, también celebrará los viajes, que son la vida. “La mar” se inicia con un saludo a la diosa: “¡Salve, oh hermosa Tetis, madre de los destinos…!”. Varias de las aventuras entre las descritas en el periplo el héroe, consecuentes a los caprichos de los dioses y a los atractivos de su porte y virilidad, tienen fama de enigmáticas. Una de las más sugerentes, relatada en el texto ante la corte de los feacios por el propio héroe, es la que tiene que ver con la diosa Circe y su advertencia sobre los peligros de la travesía. Ella, que lo tuvo como huésped prisionero de su lecho por años, llegado el momento de cumplir con su promesa de liberarlo al cabo, le enseñó cómo eludir el embrujo de las sirenas que buscarían atraparlo al paso por su costa del bajel. Las sirenas, le dijo, embrujan a cuantos hombres pasan por el mar y se detienen para oírlas. Escuchar su canto es condena de muerte, quien oye su melodía no vuelve a ver a su esposa ni a sus hijos. “Sigue de largo con tu nave y tapa las orejas de tus compañeros con cera blanda para que no la oigan. Si tú quieres oír su canto, haz que te amarren al mástil de la embarcación de pies y manos y así podrás deleitarte oyendo su canto sin peligro. Y si atado exiges a tus compañeros que te suelten, compromételos a que entonces te ciñan todavía más fuerte”. Así lo hizo el héroe, oyó completa la melodía y se salvó sin embargo del encantamiento de aquellas voces que le decían “Ven, héroe glorioso, detén tu nave, nadie se aleja de aquí sin haber escuchado el sonido de miel de nuestros labios”. Si Orfeo había salvado una vez a sus argonautas oponiéndole al de las sirenas su propio canto melodioso, Odiseo se arriesgó ahora a escucharlo hasta el fin para indagar su sentido. Pero, ¿qué fue entonces lo que el canto iba poniendo en su mente mientras oía a las sirenas?, ¿qué le dejó la inefable melodía? Un poeta italiano lo imaginó en libro reciente. Según “Il mito delle Sirene”, de Bettini, Ulises (el otro nombre de Odiseo) había reconocido en aquel canto las voces de todas las mujeres que había amado, las voces del amor; en suma: un amor que sin embargo se transfigura, se va a otro tiempo y nos ilusiona con que la muerte no existe. El que detiene su nave y desciende a tierra, en otros términos el que quiere ponerse a sí mismo enfrentando al amor sin confines, no puede sino sucumbir. Hay interpretaciones menos poéticas y más realistas que ésta sobre las memorias del amor y el corazón de un hombre. Para algunos, el canto seductor de las sirenas y la actitud del héroe configuran una metáfora sobre el triunfo de la razón. Para otros, los moralistas, la figura se refiere al triunfo de la continencia sobre los placeres, la voluptuosidad y el pecado. Finalmente están los que la miran como expresión de rechazo a los deshonestos y a los que mandan ilusionando a ingenuos. El canto de las sirenas sería claramente una metáfora sobre la mentira. (*) Doctor en Filosofía
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