El caso Nisman se esfuma

Por Redacción

Aunque ya han transcurrido casi cinco meses desde que el cadáver del fiscal Alberto Nisman fue encontrado en el baño del departamento que ocupaba en el exclusivo barrio porteño de Puerto Madero, los presuntamente interesados en aclarar lo que sucedió sólo han logrado sembrar más dudas. Tanto los partidarios de la teoría del suicidio como los que insisten en que Nisman murió asesinado tienen buenos motivos para defender la hipótesis que han hecho suya. Si bien en una oportunidad la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se afirmó “convencida” de que no había sido un suicidio, desde entonces distintos voceros oficiales han procurado hacer pensar que el fiscal, abrumado por la conciencia tardía de que la denuncia de encubrimiento que había formulado en contra del gobierno se basaba en conjeturas sin fundamento, decidió tomar su propia vida. Mientras tanto, miembros de la familia de Nisman y dirigentes opositores se aferran a la teoría del asesinato. Puesto que a esta altura parece poco probable que surja evidencia lo bastante contundente como para eliminar las dudas en uno u otro sentido, el grado de aceptación de sendos relatos dependerá de la evolución de la política nacional: de mantenerse en el poder una variante del kirchnerismo, el del suicidio será la verdad oficial; en caso contrario, predominará el del asesinato. Lo que sí parece cierto es que –aunque lo niega la fiscal a cargo de la causa, Viviana Fein– los policías y otros, entre ellos el secretario de Seguridad Sergio Berni, que participaban de la fase inicial de la investigación se las arreglaron para “contaminar la escena”, manipulando el arma que encontraron y de tal modo borrando huellas dactilares, moviendo objetos y cometiendo otros errores impropios de profesionales. La difusión en el programa televisivo del periodista Jorge Lanata de partes de una grabación policial confirmó lo que ya había dicho una joven que fue testigo del operativo sumamente desprolijo que se había puesto en marcha. Por desgracia, parecería que tal conducta es rutinaria cuando se sospecha que un crimen podría involucrar a personas poderosas; sin que sea necesario ordenar a los agentes eliminar pruebas, lo hacen por si acaso, razón por la que casos que en otras latitudes se verían aclarados con rapidez suelen prolongarse por años hasta que, finalmente, terminan archivados. Es por lo tanto comprensible que la mayoría ya dé por descontado que el caso Nisman se sumará a una lista ya larga de misterios irresueltos. La confusión motivada por la aparente incapacidad de los investigadores de determinar exactamente qué pasó la noche del 18 de enero se ha visto complicada aún más por las dudas en torno a la información contenida en la computadora del fiscal que, según parece, fue hackeada por expertos después de su muerte. Con todo, los datos recuperados de la computadora han ayudado a los interesados en hacer de la vida privada de Nisman el foco de atención, alejándolo así de la denuncia en que acusó a Cristina, el canciller Héctor Timerman y algunos militantes oficialistas de trayectoria turbia de haber intentado congraciarse con jerarcas iraníes que, en opinión de la Justicia argentina, habían sido los autores intelectuales del atentado contra la sede de la AMIA en que murieron 85 compatriotas y más de 300 fueron heridos. Aunque los teócratas iraníes perdieron interés en pactar con nuestro país, lo que a juicio de algunos jueces y fiscales fue suficiente para permitirles rechazar la denuncia, en el exterior muchos creen que los kirchneristas procuraron aliarse con uno de los regímenes más peligrosos del mundo entero, lo que, de más está decirlo, no nos beneficia. Sea como fuere, si bien parecería que han tenido éxito los esfuerzos oficiales por desprestigiar a Nisman, el que le haya gustado “la noche” y pudiera haber manejado sus finanzas personales y las de su familia de manera poco recomendable es meramente anecdótico. Lo único que realmente importa es que el fiscal que investigaba el atentado más mortífero de la historia nacional y la relación del gobierno con los truculentos islamistas iraníes fue encontrado muerto justo cuando se preparaba para ir al Congreso, convocado por la oposición, para pedir la indagatoria de la presidenta y el canciller por el memorándum de entendimiento con Irán.


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