El consumo de drogas, un problema cultural

GUSTAVO NéSTOR LUNA (*)

Es utópico pensar que se puede hacer desaparecer totalmente el consumo, sin embargo se pueden reducir enormemente los consumos conflictivos y llevar a aquellos que no puedan o no quieran renunciar a la droga a consumos responsables que perjudiquen lo mínimo posible su salud y su entorno. Hace 5.000 años que el hombre convive con la droga, a ver si somos capaces de convivir con ella sin que exista el narcotráfico y el consumo sea el menor posible y que aquellos que queden –que sin duda alguna quedarán– mantengan un consumo responsable. Al hablar de sustancias adictivas vemos que éstas en muchas subculturas tienen una imagen distorsionada y peligrosa. Todavía oímos que el alcohol favorece la salud, que la marihuana no hace nada y que las drogas amplían la percepción. Es así que aquellos que consumen por primera vez agregan su atracción por la novedad, su curiosidad y su necesidad de participar en hábitos que, por comunes, parecen menos dañinos y más necesarios. El resultado es la creación, el sostenimiento y la perpetuación de una imagen atractiva de la droga que hace a un modo de ver que se instala en la cultura. ¿Y qué ve nuestra cultura, cuando de drogas se trata? La distorsión es severa y proviene de una falta de información seria y responsable, de creencias erróneas retransmitidas, y de éstas deviene la conducta frente a las sustancias. Es necesario repetir y enseñar que la marihuana aumenta en más de siete veces el riesgo de padecer esquizofrenia en adolescentes fumadores, que también daña la memoria y que su humo es cuatro veces más tóxico que el del tabaco, entre otras tantas cosas. Hace falta repetir que el alcohol causa daños aun ingerido en cantidades menores que las habituales, además de accidentes de tránsito y violencia, y que en cada borrachera se mueren neuronas. Ni qué decir de esta nueva tendencia de mezclar alcohol con pastillas y/o bebidas energizantes. Eso es muy grave y dañino, pero pareciera no importar a nadie. No podemos dejar de hablar de los severos e irreversibles daños que ocasionan el “paco”, los inhalantes, la cocaína y el éxtasis –este último, perversamente llamado “droga del amor” y promovido falsamente como inocuo y no adictivo–. Las drogas son dañinas en lo físico, lo psíquico y lo social, progresiva y definitivamente. Esto no admite discusión y merece ser reiterado una y mil veces. ¿Despenalizar? ¿Legalizar alguna sustancia? Eso es un tema secundario. Legal o no sigue siendo dañina, y eso es lo importante. Analizar esto desde mi experiencia como policía y habiendo sido director de una cárcel me permite tener un espectro mucho más amplio de lo complicado que el tema es en realidad: no se trata sólo de la droga sino de los delitos conexos. Hoy los niños juegan con sustancias como en mi época lo hacíamos con los Rasti y los autitos de colección. Las primeras drogas que consumen los jóvenes son las legales –el tabaco y el alcohol–, pero la presencia de drogas en las calles permite que un niño adquiera cualquier droga siempre que tenga una moneda o algún elemento para canjear. Las drogas hacen que cambie la estructura moral que el niño pudo haber adquirido en su casa, ingresando en una nueva ruta emocional en que la degradación personal lo hace ver frente a su grupo de amigos como un verdadero líder carismático, y el adolescente prefiere estar bien conceptuado frente a su grupo de pertenencia que frente a su escuela o familia. Son mejor vistos y respetados los que consiguen más barata la sustancia, los que pueden obtener dinero ilegal, los que tiene la mejor ropa y son más rebeldes a la hora de enfrentar al adulto, y ni qué hablar de a sus maestros o a la Policía. Pareciera que en algunos casos la Justicia apaña y hasta consiente este tipo de comportamientos, encontrando esos jóvenes que la falta es posible y conlleva el éxito instantáneo mientras que el que estudia o trabaja se encuentra desorientado, amargamente desplazado y siempre menoscabado. Muchas veces la soledad del adolescente que estudia o trabaja y no consume drogas lo hace dudar de su estilo de vida, dado que el inútil es exaltado y en muchos casos venerado. Uno debe trabajar un año para comprarse un motovehículo; el otro, con un hecho delictivo lo consigue en una noche y disfruta sin sanciones de lo obtenido. Acá el problema ya requiere de otro análisis más profundo en cuanto a las herramientas legales de las que se dispone. La escuela, los líderes y formadores de opinión, los padres, todos tenemos una responsabilidad social para transmitir la verdadera imagen de las drogas. Habrá que difundir información seria, trabajar con creencias que sustenten una vida saludable y de realización individual y comunitaria, propiciar alternativas de diversión sin tóxicos, promover en los más jóvenes caminos de creatividad, de desarrollo y de afrontamiento de dificultades, aprendiendo a hacer, a elegir y a decir “no”; trabajar con los adultos, con los modelos que transmitimos y propiciamos y con los valores que nos sustentan. Hay que afrontar la realidad y lo que deben recibir todos los estadios de la sociedad es información y formación veraz, formación que prepare a la juventud para hacer frente a todos los retos que la vida le va a plantear. Y esa formación debe de ir dirigida también esencialmente a los padres y educadores y a todos los medios de comunicación, para que sus consejos, enseñanzas y crónicas o noticias puedan fructificar en una real y efectiva formación de la juventud. “Es que la muerte está tan segura de vencer que nos da toda una vida de ventaja” (Gustavo “Chizzo” Nápoli, La Renga). (*) Licenciado en Ciencias Sociales y Penales. Comisario, jefe de la Comisaría 31ª de Roca


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