El desafío de Trump

Redacción

Por Redacción

La marcha al parecer irrefrenable del multimillonario Donald Trump hacia la candidatura presidencial del Partido Republicano ha dejado perplejos no sólo a miembros del establishment norteamericano, que lo creen un estafador, sino también a los líderes de muchos otros países. Tienen motivos para preocuparse. Temen que, si Trump lograra derrotar a su eventual rival demócrata –lo más probable es que resulte ser Hillary Clinton– en las elecciones previstas para el 8 de noviembre, Estados Unidos se volvería llamativamente más nacionalista y proteccionista, lo que tendría repercusiones muy fuertes en el resto del mundo. Asimismo, aun cuando el demagogo republicano perdiera en noviembre, el ganador tendría que tomar en cuenta el hecho ya innegable de que muchos millones de norteamericanos quieren que su país asuma una postura decididamente más dura frente a la inmigración ilegal, el islamismo, el desafío comercial y económico planteado por China y, no lo olvidemos, el escaso interés de los europeos en pagar por su propia defensa. Quienes apoyan a Trump también comparten su desprecio evidente por Wall Street, la “patria financiera” de su país, cuya codicia, según el magnate, ha sido responsable por las penurias sufridas por la clase media y los trabajadores a partir de la gran crisis del 2008. En muchos países, entre ellos Argentina, el éxito de un personaje como Trump no motivaría extrañeza. Aquí el nacionalismo pendenciero, la hostilidad hacia inmigrantes procedentes de otras partes de la región y la convicción de que los financistas son parásitos en que el magnate basa su mensaje proselitista suelen considerarse normales y lo mismo puede decirse de la vaguedad de algunas propuestas. Asimismo, en Europa abundan los políticos, tanto de derecha como de izquierda, que como Trump se especializan en aprovechar el rencor o, para usar la palabra que se puso de moda algunos años atrás, la “indignación” de los muchos que se sienten perjudicados por cambios socioeconómicos y políticos recientes. Tales actitudes pueden entenderse: el progreso tecnológico vertiginoso, la mayor competitividad industrial impulsada por la globalización, las presiones inmigratorias y la propensión a envejecerse de todas las sociedades avanzadas han creado situaciones que, según parece, los representantes de los partidos políticos tradicionales no están en condiciones de manejar. Tampoco estarían los resueltos a rebelarse contra un statu quo nada satisfactorio. Como pronto entendió Alexis Tsipras, el líder de la Syriza griega, una cosa es criticar con vehemencia justiciera el estado de un país que se encuentra en graves apuros, pero mejorarlo es otra muy distinta. En opinión de muchos, si Trump se impone en noviembre, su gestión presidencial distaría de ser tan heterodoxa como le gustaría hacer pensar; así y todo, no cabe duda de que el período de aprendizaje por el que tendría que transitar estaría lleno de riesgos. En la mayoría de los países, los daños causados por el triunfo electoral de un populista como Trump serían casi exclusivamente internos, pero Estados Unidos no es un país cualquiera. Es la superpotencia reinante y, por ser tantas las dificultades enfrentadas por las únicas alternativas concebibles, la Unión Europea y China, seguirá dominando el panorama mundial por muchos años más. Aun cuando un eventual presidente Trump resultara ser más moderado que el candidato, se harían más tensas las relaciones con México, China, Europa y el convulsionado mundo islámico, ya que les brindaría a todos pretextos de sobra para tratarlo como el enemigo máximo del género humano. Para hacer aún más inquietantes las perspectivas abiertas por la irrupción en el escenario del multimillonario populista, hay motivos para temer que la economía mundial haya entrado en una fase muy agitada debido a la ralentización de China, el endeudamiento excesivo de muchos países emergentes y el estancamiento ya crónico de la Eurozona. Aunque parecería que, no obstante la frustración que sienten tantos norteamericanos, en términos macroeconómicos Estados Unidos está avanzando a un ritmo aceptable, el éxito así supuesto tiene connotaciones negativas porque hace más probable que la Reserva Federal aumente las tasas de interés, lo que tendría un impacto muy doloroso no sólo para Brasil sino también para muchos otros países importantes.


La marcha al parecer irrefrenable del multimillonario Donald Trump hacia la candidatura presidencial del Partido Republicano ha dejado perplejos no sólo a miembros del establishment norteamericano, que lo creen un estafador, sino también a los líderes de muchos otros países. Tienen motivos para preocuparse. Temen que, si Trump lograra derrotar a su eventual rival demócrata –lo más probable es que resulte ser Hillary Clinton– en las elecciones previstas para el 8 de noviembre, Estados Unidos se volvería llamativamente más nacionalista y proteccionista, lo que tendría repercusiones muy fuertes en el resto del mundo. Asimismo, aun cuando el demagogo republicano perdiera en noviembre, el ganador tendría que tomar en cuenta el hecho ya innegable de que muchos millones de norteamericanos quieren que su país asuma una postura decididamente más dura frente a la inmigración ilegal, el islamismo, el desafío comercial y económico planteado por China y, no lo olvidemos, el escaso interés de los europeos en pagar por su propia defensa. Quienes apoyan a Trump también comparten su desprecio evidente por Wall Street, la “patria financiera” de su país, cuya codicia, según el magnate, ha sido responsable por las penurias sufridas por la clase media y los trabajadores a partir de la gran crisis del 2008. En muchos países, entre ellos Argentina, el éxito de un personaje como Trump no motivaría extrañeza. Aquí el nacionalismo pendenciero, la hostilidad hacia inmigrantes procedentes de otras partes de la región y la convicción de que los financistas son parásitos en que el magnate basa su mensaje proselitista suelen considerarse normales y lo mismo puede decirse de la vaguedad de algunas propuestas. Asimismo, en Europa abundan los políticos, tanto de derecha como de izquierda, que como Trump se especializan en aprovechar el rencor o, para usar la palabra que se puso de moda algunos años atrás, la “indignación” de los muchos que se sienten perjudicados por cambios socioeconómicos y políticos recientes. Tales actitudes pueden entenderse: el progreso tecnológico vertiginoso, la mayor competitividad industrial impulsada por la globalización, las presiones inmigratorias y la propensión a envejecerse de todas las sociedades avanzadas han creado situaciones que, según parece, los representantes de los partidos políticos tradicionales no están en condiciones de manejar. Tampoco estarían los resueltos a rebelarse contra un statu quo nada satisfactorio. Como pronto entendió Alexis Tsipras, el líder de la Syriza griega, una cosa es criticar con vehemencia justiciera el estado de un país que se encuentra en graves apuros, pero mejorarlo es otra muy distinta. En opinión de muchos, si Trump se impone en noviembre, su gestión presidencial distaría de ser tan heterodoxa como le gustaría hacer pensar; así y todo, no cabe duda de que el período de aprendizaje por el que tendría que transitar estaría lleno de riesgos. En la mayoría de los países, los daños causados por el triunfo electoral de un populista como Trump serían casi exclusivamente internos, pero Estados Unidos no es un país cualquiera. Es la superpotencia reinante y, por ser tantas las dificultades enfrentadas por las únicas alternativas concebibles, la Unión Europea y China, seguirá dominando el panorama mundial por muchos años más. Aun cuando un eventual presidente Trump resultara ser más moderado que el candidato, se harían más tensas las relaciones con México, China, Europa y el convulsionado mundo islámico, ya que les brindaría a todos pretextos de sobra para tratarlo como el enemigo máximo del género humano. Para hacer aún más inquietantes las perspectivas abiertas por la irrupción en el escenario del multimillonario populista, hay motivos para temer que la economía mundial haya entrado en una fase muy agitada debido a la ralentización de China, el endeudamiento excesivo de muchos países emergentes y el estancamiento ya crónico de la Eurozona. Aunque parecería que, no obstante la frustración que sienten tantos norteamericanos, en términos macroeconómicos Estados Unidos está avanzando a un ritmo aceptable, el éxito así supuesto tiene connotaciones negativas porque hace más probable que la Reserva Federal aumente las tasas de interés, lo que tendría un impacto muy doloroso no sólo para Brasil sino también para muchos otros países importantes.

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