El drama coreano

Redacción

Por Redacción

Como si el desmoronamiento del Estado de bienestar europeo y la amenaza planteada por el programa nuclear iraní ya no fueran suficientes como para alarmar al mundo entero, se ha intensificado últimamente el peligro de que estalle una guerra en la península coreana. El hundimiento reciente por Corea del Norte de una corbeta surcoreana, con la muerte de 46 marineros, obligó al gobierno de Seúl a reaccionar, pero aunque optó por limitarse a suspender el intercambio comercial con su vecino, éste contestó diciendo que trataría cualquier represalia como un pretexto para iniciar una “guerra total” y ordenó la movilización de sus fuerzas militares. Aunque el resto del mundo se ha acostumbrado a la retórica frenéticamente belicosa de los norcoreanos que con cierta frecuencia se afirman plenamente capaces de derrotar no sólo a Corea del Sur sino también a Estados Unidos, no hay ninguna garantía de que entiendan que su país depauperado sencillamente no está en condiciones de emprender una guerra contra dos países que son mucho más ricos y que en términos tecnológicos son mucho más avanzados. Con todo, si bien existe un consenso en que de producirse un enfrentamiento en gran escala los norcoreanos perderían, pocos subestiman su capacidad para provocar daños terribles a la población civil de Corea del Sur aun cuando el arsenal nuclear que han desarrollado resultara ser demasiado rudimentario como para ser usado. Que los norcoreanos hayan interpretado la decisión de suspender el comercio como un acto de agresión no carece de lógica, ya que su país depende tanto de su relación con Corea del Sur que las consecuencias económicas de un embargo prolongado serían con toda seguridad devastadoras. Por desgracia, quienes las sufrirían no serían los integrantes de la elite comunista o los militares sino los norcoreanos comunes, muchos de los cuales podrían morir de hambre. Como siempre sucede cuando los dirigentes de países democráticos se ven frente a dictaduras inescrupulosas, los gobiernos de Corea del Sur y Estados Unidos han sido reacios a ordenar sanciones económicas porque saben muy bien que, por perverso que parezca, podrían servir para fortalecer a enemigos que atribuirán todas las dificultades resultantes a la malignidad imperialista, pero en casos como el planteado por el régimen de Kim Jong Il no les quedan muchas alternativas. Desde que se difundieron pruebas convincentes de que los norcoreanos sí habían hundido un barco del Sur, el gobierno de Lee Myung-bak se vio obligado a tomar medidas contundentes. Para los líderes de Corea del Sur, Estados Unidos, Japón e incluso China, el régimen norcoreano, cuya ideología consiste en una mezcla extravagante de marxismo tradicional y nacionalismo racista, constituye un problema mayúsculo, pero así y todo no parecen estar interesados en apurar su colapso. A los surcoreanos no les atrae del todo la perspectiva de tener que asumir la responsabilidad por 20 millones de personas paupérrimas y desnutridas, con un ingreso per cápita doce veces menor que el suyo, mientras que los chinos temen que lleguen millones de refugiados famélicos. Por su parte, los norteamericanos, japoneses y otros no quieren que la economía internacional experimente nuevas convulsiones. Parecería, pues, que en los países ricos virtualmente nadie siente solidaridad con las víctimas de una dictadura terriblemente cruel que las ha mantenido cautivas por más de medio siglo. Preferirían que los norcoreanos se las arreglaran solos y estarían conformes con que el régimen se abstuviera de amenazar con aniquilar a cualquier país cuyo gobierno lo critique, pero mal que les pese es poco probable que se solucione así el problema inmenso que plantea la dictadura de Pyongyang al resto del mundo. Puede que Kim y sus cómplices realmente se crean capaces de concretar su amenaza de reunificar la península conquistando el Sur o que para personajes de sus características fuera menos humillante intentarlo de lo que sería resignarse mansamente al fracaso. También es posible que el régimen se desplomara pronto o que se produjera una guerra civil. Lo único cierto es que todos los demás países se verán afectados por el destino trágico de los habitantes de Corea del Norte, razón por la que dicho país seguirá motivando dolores de cabeza por muchos años más.


Como si el desmoronamiento del Estado de bienestar europeo y la amenaza planteada por el programa nuclear iraní ya no fueran suficientes como para alarmar al mundo entero, se ha intensificado últimamente el peligro de que estalle una guerra en la península coreana. El hundimiento reciente por Corea del Norte de una corbeta surcoreana, con la muerte de 46 marineros, obligó al gobierno de Seúl a reaccionar, pero aunque optó por limitarse a suspender el intercambio comercial con su vecino, éste contestó diciendo que trataría cualquier represalia como un pretexto para iniciar una “guerra total” y ordenó la movilización de sus fuerzas militares. Aunque el resto del mundo se ha acostumbrado a la retórica frenéticamente belicosa de los norcoreanos que con cierta frecuencia se afirman plenamente capaces de derrotar no sólo a Corea del Sur sino también a Estados Unidos, no hay ninguna garantía de que entiendan que su país depauperado sencillamente no está en condiciones de emprender una guerra contra dos países que son mucho más ricos y que en términos tecnológicos son mucho más avanzados. Con todo, si bien existe un consenso en que de producirse un enfrentamiento en gran escala los norcoreanos perderían, pocos subestiman su capacidad para provocar daños terribles a la población civil de Corea del Sur aun cuando el arsenal nuclear que han desarrollado resultara ser demasiado rudimentario como para ser usado. Que los norcoreanos hayan interpretado la decisión de suspender el comercio como un acto de agresión no carece de lógica, ya que su país depende tanto de su relación con Corea del Sur que las consecuencias económicas de un embargo prolongado serían con toda seguridad devastadoras. Por desgracia, quienes las sufrirían no serían los integrantes de la elite comunista o los militares sino los norcoreanos comunes, muchos de los cuales podrían morir de hambre. Como siempre sucede cuando los dirigentes de países democráticos se ven frente a dictaduras inescrupulosas, los gobiernos de Corea del Sur y Estados Unidos han sido reacios a ordenar sanciones económicas porque saben muy bien que, por perverso que parezca, podrían servir para fortalecer a enemigos que atribuirán todas las dificultades resultantes a la malignidad imperialista, pero en casos como el planteado por el régimen de Kim Jong Il no les quedan muchas alternativas. Desde que se difundieron pruebas convincentes de que los norcoreanos sí habían hundido un barco del Sur, el gobierno de Lee Myung-bak se vio obligado a tomar medidas contundentes. Para los líderes de Corea del Sur, Estados Unidos, Japón e incluso China, el régimen norcoreano, cuya ideología consiste en una mezcla extravagante de marxismo tradicional y nacionalismo racista, constituye un problema mayúsculo, pero así y todo no parecen estar interesados en apurar su colapso. A los surcoreanos no les atrae del todo la perspectiva de tener que asumir la responsabilidad por 20 millones de personas paupérrimas y desnutridas, con un ingreso per cápita doce veces menor que el suyo, mientras que los chinos temen que lleguen millones de refugiados famélicos. Por su parte, los norteamericanos, japoneses y otros no quieren que la economía internacional experimente nuevas convulsiones. Parecería, pues, que en los países ricos virtualmente nadie siente solidaridad con las víctimas de una dictadura terriblemente cruel que las ha mantenido cautivas por más de medio siglo. Preferirían que los norcoreanos se las arreglaran solos y estarían conformes con que el régimen se abstuviera de amenazar con aniquilar a cualquier país cuyo gobierno lo critique, pero mal que les pese es poco probable que se solucione así el problema inmenso que plantea la dictadura de Pyongyang al resto del mundo. Puede que Kim y sus cómplices realmente se crean capaces de concretar su amenaza de reunificar la península conquistando el Sur o que para personajes de sus características fuera menos humillante intentarlo de lo que sería resignarse mansamente al fracaso. También es posible que el régimen se desplomara pronto o que se produjera una guerra civil. Lo único cierto es que todos los demás países se verán afectados por el destino trágico de los habitantes de Corea del Norte, razón por la que dicho país seguirá motivando dolores de cabeza por muchos años más.

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