El ejemplo europeo

Por Redacción

Todos los credos políticos actuales, incluyendo al nacionalismo, son de origen europeo. También lo son los distintos “modelos” económicos que hemos probado a través de los años, casi siempre con resultados muy pobres. Así las cosas, es de prever que lo que está sucediendo en Europa, donde un gobierno tras otro se ha sentido constreñido a afirmarse resuelto a llevar a cabo un ajuste drástico del gasto público, incida mucho en el pensamiento de nuestros líderes políticos. Aunque la presidenta Cristina Fernández de Kirchner insiste en que nunca se le ocurriría emular a José Luis Rodríguez Zapatero, Silvio Berlusconi, David Cameron, Angela Merkel y otros mandatarios que acaban de anunciar ajustes fiscales “salvajes” que, esperan, les permitirán ahorrar decenas de miles de millones de euros o libras en los años próximos, no podrá sino entender que si el gobierno se niega a hacerlo la inflación se encargará del “trabajo sucio” y, de todos modos, los inversores seguirán boicoteándonos. Si bien la situación en que se encuentran la Argentina y otros países latinoamericanos parece más cómoda que la europea, la diferencia sólo se debe a que, en nuestra región, es normal que el grueso de la población perciba ingresos llamativamente inferiores a los del Primer Mundo y que carezca de acceso a servicios sociales costosos. Desde el punto de vista de quienes privilegian la tasa de crecimiento macroeconómico por encima de todos los demás índices, la pobreza generalizada puede considerarse una ventaja apenas superable. Aunque políticos europeos de derecha e izquierda saben que los ajustes son inevitables, ya que la alternativa sería catastrófica, no se equivocan los que, como Cristina, advierten que medidas encaminadas a restaurar el equilibrio perdido podrían provocar una recesión, y hasta una depresión, porque la caída del consumo significará menos actividad económica y por lo tanto una reducción de los ingresos fiscales, lo que obligaría a los gobiernos a emprender ajustes aún más severos, con consecuencias igualmente negativas. Se trata de un peligro auténtico, sobre todo para los países del Sur de Europa que no están en condiciones de competir con otros integrantes de la Eurozona como Alemania y Holanda. Conscientes de esta realidad, los financistas cuyas decisiones determinan la conducta de los mercados apuestan a que tarde o temprano los países más débiles decidan salir de la Eurozona para poder devaluar y “reestructurar” sus respectivas deudas públicas como hizo la Argentina luego del desplome de la convertibilidad. Hace casi dos años, la reacción de los gobiernos de Estados Unidos, el Reino Unido y otros países “avanzados” ante la crisis financiera que siguió al colapso de Lehman Brothers motivó el entusiasmo de nuestros gobernantes. Creyeron que la estrategia keynesiana elegida por los líderes del Primer Mundo supondría el comienzo de una época prolongada que se vería signada por gastos públicos cada vez más elevados y por el desprestigio, acaso permanente, del “neoliberalismo”. Pues bien: en Europa por lo menos, la generosa etapa keynesiana ya ha terminado. Lejos de querer gastar cantidades fabulosas de euros o libras para “estimular” la economía para que el crecimiento resultante les ahorre la necesidad de tomar decisiones antipáticas, los funcionarios de los distintos gobiernos europeos están concentrándose en recortar beneficios sociales consagrados, en “flexibilizar” el mercado laboral con la esperanza de generar así más empleos y en penalizar a aquellos desocupados que se resistan a aceptar los puestos de trabajo disponibles. El cambio repentino de clima que se ha producido puede atribuirse a la convicción difundida de que los mercados castigarán sin piedad a aquellos países que no tengan sus cuentas en orden pero premiarán a los que consigan impresionarlos por su rigor fiscal. Por razones evidentes, a la Argentina le convendría formar parte del grupo de países considerados confiables. El resultado hasta ahora decepcionante del nuevo canje de deuda impulsado por el ministro de Economía, Amado Boudou, con el aval de Cristina, hace temer que, a juicio de la mayoría de los inversores, nuestro país sigue teniendo mucho más en común con Grecia que con Alemania, impresión ésta que la presidenta y su marido no parecen tener interés alguno en modificar.


Exit mobile version