El escándalo de la pobreza
Siempre es tentador afirmarse escandalizado por la pobreza. Lo es porque permite a quienes hablan así asumir una postura de superioridad moral, además de responsabilizar a otros de una situación que, dicen, les motiva indignación. Sin embargo, a esta altura ya debería sernos evidente que tales manifestaciones de sensibilidad social no sirven para modificar la dura realidad. Desde hace más de un siglo, políticos, religiosos, pensadores y otros están denunciando la desigualdad extrema que es típica de todos los países latinoamericanos en términos muy similares a los empleados el jueves pasado por el papa Benedicto XVI sin que sus palabras, fueran ellas sinceras o meramente oportunistas, hayan tenido los efectos presuntamente deseados. Por el contrario, puesto que en muchos países de la región, en especial el nuestro, la proporción de pobres ha aumentado mucho últimamente, hay que considerar la posibilidad de que la retórica moralizadora favorecida por los escandalizados por la desigualdad sea contraproducente, acaso por basarse en la convicción de que en el fondo se trata sólo de las consecuencias del egoísmo de los gobernantes, los relativamente acomodados, los empresarios o, planteo éste que muchos encuentran atractivo, los economistas «ortodoxos».
Convendría que el Papa y los obispos católicos que se han acostumbrado a condenar con vehemencia justiciera la desigualdad se preguntaran la razón por la que las sociedades menos equitativas son precisamente las católicas de América Latina, mientras que las más igualitarias son las protestantes de Escandinavia y la budista y confuciana de Japón. ¿Tendrá algo que ver con su propia fe? Si la respuesta es negativa, esto querría decir que la influencia social de su prédica ha sido virtualmente nula; si es positiva, significaría que para ayudar a reducir la pobreza que tanto los indigna les sería necesario cambiar radicalmente su «doctrina social». De las alternativas así supuestas, la segunda parece más verosímil, ya que sería muy poco probable que las actitudes estimuladas por una institución religiosa que tanto ha incidido en la evolución de las sociedades latinoamericanas como la Iglesia Católica no hayan contribuido a configurar sus estructuras actuales.
Ahora bien: cuando el Papa, los obispos y otros, incluyendo a ateos y agnósticos formados por variantes de la misma cultura, se enfrentan con el drama social, lo hacen desde un punto de vista netamente paternalista. Dan por descontado que les corresponde solucionar los muchos problemas planteados por la pobreza y a menudo toman medidas que a su juicio servirán para hacerlo, repartiendo subsidios, negociando acuerdos con los sindicatos, aumentando el salario mínimo y así por el estilo. Por desgracia, los frutos de tales medidas han sido decepcionantes. Si bien nadie negaría que en una sociedad civilizada cierto grado de asistencialismo es imprescindible, a lo sumo puede atenuar las penurias de los ayudados. Para salir definitivamente de la pobreza necesitarían no sólo la solidaridad ajena sino también entender que en última instancia su propio destino dependerá principalmente de sus propios esfuerzos. Aunque muchos políticos son conscientes de esta realidad, de ahí sus alusiones a la importancia de fomentar «una cultura de trabajo», parecería que es más fuerte su voluntad de figurar como los responsables de rescatar a «los excluidos», motivo por el que se resisten a desmantelar las barreras burocráticas y jurídicas que suelen frustrar a los deseosos de crear una microempresa o tener acceso a un crédito modesto como los promovidos por entidades como el Banco Grameen del bangladeshí -y Premio Nobel- Muhammad Yunis. Asimismo, ni en nuestro país ni en otros de América Latina han prosperado los intentos de difundir el mismo fervor por la educación que en Asia oriental está detrás de la transformación de centenares de millones de personas de familias paupérrimas en integrantes de una nueva clase media, tal vez porque, a diferencia de lo que sucede en China y Corea del Sur, donde se da por descontado que el motor del desarrollo es el esfuerzo individual, aquí se toma la feroz competencia resultante por una causa de la desigualdad extrema, no como un factor que andando el tiempo contribuiría a superarla.
Siempre es tentador afirmarse escandalizado por la pobreza. Lo es porque permite a quienes hablan así asumir una postura de superioridad moral, además de responsabilizar a otros de una situación que, dicen, les motiva indignación. Sin embargo, a esta altura ya debería sernos evidente que tales manifestaciones de sensibilidad social no sirven para modificar la dura realidad. Desde hace más de un siglo, políticos, religiosos, pensadores y otros están denunciando la desigualdad extrema que es típica de todos los países latinoamericanos en términos muy similares a los empleados el jueves pasado por el papa Benedicto XVI sin que sus palabras, fueran ellas sinceras o meramente oportunistas, hayan tenido los efectos presuntamente deseados. Por el contrario, puesto que en muchos países de la región, en especial el nuestro, la proporción de pobres ha aumentado mucho últimamente, hay que considerar la posibilidad de que la retórica moralizadora favorecida por los escandalizados por la desigualdad sea contraproducente, acaso por basarse en la convicción de que en el fondo se trata sólo de las consecuencias del egoísmo de los gobernantes, los relativamente acomodados, los empresarios o, planteo éste que muchos encuentran atractivo, los economistas "ortodoxos".
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