El eterno retorno



En otros tiempos, muchos gobiernos de países desarrollados se enorgullecían tanto del valor de la moneda local, la que para ellos era un símbolo de la virilidad nacional, que iban a virtualmente cualquier extremo a fin de defenderlo, pero en la actualidad escasean los partidarios del machismo monetario. La mayoría entiende que es mucho mejor que la moneda sea “competitiva”, razón por la que una consecuencia de la recuperación reciente de la economía norteamericana ha sido la pérdida de valor del euro, el real brasileño, el yen japonés, el bolívar venezolano y otras divisas, pero hay algunos países que siguen resistiéndose a devaluar. Uno es Suiza, cuyo Banco Central dejó boquiabiertos hace poco a los inversores permitiendo que el franco subiera más del 20%. Otro es la Argentina que, de manera menos explícita, ha dejado que, una vez más, el atraso cambiario se consolidara. Según expertos en la materia, el peso ya se ve tan sobrevaluado en comparación con las demás monedas como en los días finales de la convertibilidad. No es que los kirchneristas se hayan convencido de que en cierto modo la cotización del peso refleja la fortaleza nacional, sino que temen que intentar modificarla tendría repercusiones inflacionarias inmanejables. Asimismo saben que, por ser el dólar estadounidense la moneda de referencia a ojos de buena parte de la población del país, no les convendría en absoluto que la versión blue se les escapara nuevamente de las manos. El gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, pues, se encuentra en una situación no muy diferente de las enfrentadas por el de Fernando de la Rúa en vísperas del golpe civil que puso fin a su gestión y, más de una década antes, la dictadura militar del entonces general Jorge Rafael Videla cuando se aferraba a “la tablita” de José Alfredo Martínez de Hoz por miedo a que abandonarla desatara una marejada inflacionaria, como en efecto sucedió. Tiene que intentar maniobrar entre la Escila del atraso cambiario y la Caribdis de la inflación a sabiendas de que no hay ninguna forma de salir indemne de la trampa en la que se ha puesto. Acaso lo único que pueda hacer es tratar de aguantar, como diría la presidenta, hasta que otros se hayan encargado de la economía, rezando para que no suceda nada realmente grave mientras esté en el poder. Aunque la experiencia hace prever que al país no le será dado superar el desafío sin sufrir una convulsión económica, es factible que el gobierno logre demorarla lo suficiente como para ahorrarse los costos políticos correspondientes. Parecería que, por motivos culturales y políticos, la Argentina es intrínsecamente incapaz de funcionar sin una tasa de inflación altísima que, tarde o temprano, la obliga a procurar convivir con un peso tan fuerte que termina aplastando el débil aparato productivo porque el gobierno no puede pensar en una alternativa mejor. No es una cuestión ideológica, ya que, de tomarse en serio “los relatos” de los militares, los radicales, los menemistas y los kirchneristas, cuando de ideas y propósitos se trata, no tienen mucho en común. Es como si fuera congénita la negativa a arriesgarse aplicando medidas que en el resto del mundo sirven para mantener bajo control la inflación, una particularidad que puede atribuirse a la noción de que, por ser la Argentina un país rico “condenado al éxito”, le sería dado despreciar los números ya que andando el tiempo la realidad terminaría poniéndose a la altura de las expectativas de la elite gobernante. En vista de que, por desgracia, no hay señales de que lo haga en el futuro previsible, sería mejor que el gobierno actual y sus sucesores se resignaran a que el país sea mucho más pobre de lo que les gustaría creer para entonces administrarlo con un mínimo de realismo, pero puesto que para cualquier político obrar así sería electoralmente suicida, lo más probable es que los próximos gobiernos también caigan en la tentación inflacionaria, con resultados virtualmente idénticos a los conseguidos por sus antecesores liberales, centristas y populistas. En tal caso, la Argentina continuaría protagonizando el extraño milagro al revés que tanta perplejidad ocasiona en el exterior, donde países que sólo poseen una pequeña fracción de los recursos que la naturaleza nos ha prestado han sabido prosperar.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Sábado 21 de febrero de 2015


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