El facilismo se pone de moda
Parecería que en algunos países del sur de Europa la situación socioeconómica se ha hecho tan angustiante que a los candidatos con posibilidades de triunfar en elecciones les ha resultado irresistible ensayar la estrategia resumida en aquella célebre pintada mexicana: ¡Basta de realidades, queremos promesas! En Grecia, la gente de la coalición izquierdista-nacionalista Syriza alcanzó el poder luego de afirmarse decidida a saltar por encima de los molestos límites económicos, pretensión que, según sus simpatizantes, por lo menos sirvió para devolverles la esperanza a los griegos, mientras que en España, los militantes de Podemos sueñan con hacer lo mismo que sus correligionarios helenos que se suponen capaces de poner fin a la crisis aumentando por decreto los ingresos de buena parte de la población, de tal manera asestando un golpe demoledor a la alemana Angela Merkel y al neoliberalismo. ¿Y en la Argentina? Aunque es poco probable que estemos por asistir a la irrupción de una versión local de Syriza o Podemos –a juicio de muchos adversarios del populismo kirchnerista, una ya gobierna el país, razón por la que corre peligro de terminar como la Venezuela chavista–, los candidatos a suceder a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en la Casa Rosada saben muy bien que no les convendría comprometerse a tomar medidas antipáticas y por lo tanto verse acusados de insensibilidad frente a las víctimas del desastre económico más reciente. Si bien todos coinciden en que “la herencia” que les aguarda difícilmente podría ser peor, quieren hacer creer que les sería dado manejarla sin verse forzados a cambiar mucho. Puede que no sea muy realista el gradualismo que proponen los asesores económicos de Mauricio Macri, Sergio Massa y Daniel Scioli, pero por motivos comprensibles son reacios a advertir que, una vez en el poder, podrían sentir que no les quedará más alternativa que la de aplicar una “política de choque” que, es de suponer, incluiría una devaluación abrupta para corregir el atraso cambiario que se ha producido, cortes presupuestarios draconianos y una lucha frontal contra la inflación para impedir que, andando el tiempo, se transforme en hiperinflación. Para justificar tanta moderación, insisten en que los problemas son de origen “estructural”, de suerte que sería un error dar demasiada importancia a ciertos síntomas puntuales. Estarán en lo cierto en cuanto a las distorsiones “estructurales” que se han agravado en el transcurso de los años últimos pero, por desgracia, es de prever que el eventual ganador de la competencia electoral se encuentre en una situación de emergencia, ya que el gobierno actual parece decidido a entregarle una economía vaciada con la esperanza apenas disimulada de obligarlo a despilfarrar enseguida su capital político emprendiendo un ajuste durísimo. Para salir de la trampa que le han tendido Cristina y sus militantes, los presidenciables rezan para que el fin de la gestión kirchnerista sea de por sí suficiente como para que el país experimente un “choque de confianza” y que, merced a su presunto compromiso con la seguridad jurídica, llegue un torrente caudaloso de inversiones que los libere de la necesidad de reducir mucho el gasto público. Por supuesto que los funcionarios del gobierno que surja de las elecciones previstas para octubre podrán señalar que la Argentina posee tantas ventajas naturales e incluso “humanas” que sería lógico que las grandes empresas norteamericanas, europeas y japonesas, además de las chinas, se sintieran tentadas a compartirlas. Para que ello ocurra, empero, tendrían que convencer a los inversores en potencia de que en las décadas próximas el país será gobernado por personas resueltas a respetar las poco flexibles reglas internacionales. Se trata de una tarea que, aun cuando obren con habilidad excepcional, les tomaría cierto tiempo, ya que, gracias no sólo a la conducta del gobierno kirchnerista sino también de la de otros anteriores, la Argentina ha adquirido la reputación de ser un país corrupto que es congénitamente proclive a entregarse al populismo insensato, razón por la que sería mejor no pensar en los hipotéticos beneficios que podrían conseguir los dispuestos a invertir mucho dinero en los proyectos productivos que tanto necesitamos.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 12 de febrero de 2015
Parecería que en algunos países del sur de Europa la situación socioeconómica se ha hecho tan angustiante que a los candidatos con posibilidades de triunfar en elecciones les ha resultado irresistible ensayar la estrategia resumida en aquella célebre pintada mexicana: ¡Basta de realidades, queremos promesas! En Grecia, la gente de la coalición izquierdista-nacionalista Syriza alcanzó el poder luego de afirmarse decidida a saltar por encima de los molestos límites económicos, pretensión que, según sus simpatizantes, por lo menos sirvió para devolverles la esperanza a los griegos, mientras que en España, los militantes de Podemos sueñan con hacer lo mismo que sus correligionarios helenos que se suponen capaces de poner fin a la crisis aumentando por decreto los ingresos de buena parte de la población, de tal manera asestando un golpe demoledor a la alemana Angela Merkel y al neoliberalismo. ¿Y en la Argentina? Aunque es poco probable que estemos por asistir a la irrupción de una versión local de Syriza o Podemos –a juicio de muchos adversarios del populismo kirchnerista, una ya gobierna el país, razón por la que corre peligro de terminar como la Venezuela chavista–, los candidatos a suceder a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en la Casa Rosada saben muy bien que no les convendría comprometerse a tomar medidas antipáticas y por lo tanto verse acusados de insensibilidad frente a las víctimas del desastre económico más reciente. Si bien todos coinciden en que “la herencia” que les aguarda difícilmente podría ser peor, quieren hacer creer que les sería dado manejarla sin verse forzados a cambiar mucho. Puede que no sea muy realista el gradualismo que proponen los asesores económicos de Mauricio Macri, Sergio Massa y Daniel Scioli, pero por motivos comprensibles son reacios a advertir que, una vez en el poder, podrían sentir que no les quedará más alternativa que la de aplicar una “política de choque” que, es de suponer, incluiría una devaluación abrupta para corregir el atraso cambiario que se ha producido, cortes presupuestarios draconianos y una lucha frontal contra la inflación para impedir que, andando el tiempo, se transforme en hiperinflación. Para justificar tanta moderación, insisten en que los problemas son de origen “estructural”, de suerte que sería un error dar demasiada importancia a ciertos síntomas puntuales. Estarán en lo cierto en cuanto a las distorsiones “estructurales” que se han agravado en el transcurso de los años últimos pero, por desgracia, es de prever que el eventual ganador de la competencia electoral se encuentre en una situación de emergencia, ya que el gobierno actual parece decidido a entregarle una economía vaciada con la esperanza apenas disimulada de obligarlo a despilfarrar enseguida su capital político emprendiendo un ajuste durísimo. Para salir de la trampa que le han tendido Cristina y sus militantes, los presidenciables rezan para que el fin de la gestión kirchnerista sea de por sí suficiente como para que el país experimente un “choque de confianza” y que, merced a su presunto compromiso con la seguridad jurídica, llegue un torrente caudaloso de inversiones que los libere de la necesidad de reducir mucho el gasto público. Por supuesto que los funcionarios del gobierno que surja de las elecciones previstas para octubre podrán señalar que la Argentina posee tantas ventajas naturales e incluso “humanas” que sería lógico que las grandes empresas norteamericanas, europeas y japonesas, además de las chinas, se sintieran tentadas a compartirlas. Para que ello ocurra, empero, tendrían que convencer a los inversores en potencia de que en las décadas próximas el país será gobernado por personas resueltas a respetar las poco flexibles reglas internacionales. Se trata de una tarea que, aun cuando obren con habilidad excepcional, les tomaría cierto tiempo, ya que, gracias no sólo a la conducta del gobierno kirchnerista sino también de la de otros anteriores, la Argentina ha adquirido la reputación de ser un país corrupto que es congénitamente proclive a entregarse al populismo insensato, razón por la que sería mejor no pensar en los hipotéticos beneficios que podrían conseguir los dispuestos a invertir mucho dinero en los proyectos productivos que tanto necesitamos.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora