El fantasma del Plan Primavera

Alejandro Poli Gonzalvo (*)

Las naciones que no aprenden de su historia están condenadas a repetir una y otra vez los mismos errores. Por eso son muy recomendables los análisis de historia comparada. En este sentido, comparamos el plan económico en curso con el Plan Primavera de Alfonsín por algo que tienen en común: el excluyente objetivo político de llegar a las elecciones presidenciales con mejores perspectivas para los candidatos oficialistas. En un intento por afrontar con éxito las elecciones de 1989, en agosto de 1988 el presidente Alfonsín anunció el llamado Plan Primavera, destinado a corregir el alarmante deterioro de la situación económica, luego del naufragio del Plan Austral. El déficit fiscal se ubicaba en el 3,6% del PBI, que se elevaba al 4,4% al computarse el déficit cuasi-fiscal del BCRA, mientras que la inflación apuntaba a superar el 400% anual. En marzo se dejaron de pagar los intereses de la deuda, en un momento en que se desarrollaba un festival de bonos y el nivel de reservas era reducido. El plan consistió en un desdoblamiento del mercado cambiario, donde el tipo de cambio para exportar sería más bajo y actuaba como una retención encubierta a las exportaciones agropecuarias; en la devaluación del austral en un 12% y en atrasar paulatinamente el tipo de cambio para frenar la inflación, en la búsqueda de un acuerdo empresario para desindexar los precios hacia el futuro y en mantener libres de topes a las paritarias (los empleados del sector público recibieron un incremento del 25%). También incluyó un aumento de los servicios públicos del 30% y la reducción de la tasa del IVA del 18 al 15%. Al no encarar reformas de fondo, el Plan Primavera fracasó estrepitosamente y el 6 de febrero de 1989 estalló la hiperinflación, que terminaría arrastrando al gobierno de Alfonsín. ¿Nos encontramos viviendo una circunstancia similar? ¿Estamos en la antesala de una nueva crisis socioeconómica? Las motivaciones políticas son las mismas: transcurridos tres años del segundo mandato de Cristina Kirchner la situación general del país se había desmejorado rápidamente. Para intentar remediarla y con idéntico objetivo de llegar a las elecciones sin atacar los problemas de fondo, designó a Axel Kicillof como ministro de Economía, quien asumió el 20 de noviembre de 2013. La receta puesta en práctica tiene muchos puntos de contacto con el Plan Primavera. Primero que nada se profundizó el cepo cambiario, que ha llevado a una fuerte pérdida de reservas cuya consecuencia es que la relación reservas BCRA/importaciones sea inferior a la del Plan Primavera mientras que se decidió atrasar el tipo de cambio en mucha mayor proporción que la experimentada en 1988 como única ancla para contener la inflación. A ello se sumó el incremento sideral del déficit fiscal hasta un 7/8% del PBI, el doble que el de Alfonsín, originado en niveles sin precedentes de gasto público/PBI. En materia de crecimiento, luego de tres años de estancamiento, el Plan Kicillof prolongó esa tendencia hasta hoy (el PBI cayó un 3% en 1988 pero por lo menos había sido positivo en los dos años anteriores). Al igual que en la época de Alfonsín, el país está en default pero pese a ello el gobierno ha olvidado su propio relato y ha provocado un fuerte crecimiento del endeudamiento del país. También está vigente la versión siglo XXI de los pactos de precios “acordados” con los empresarios a través del plan de Precios Cuidados, ineficaz como entonces para luchar contra la inflación, que se ubica en un índice anual del 25/30%, muy inferior al de 1988. Pero en la década de los ochenta la alta inflación era un cáncer en toda América Latina mientras que hoy sólo Venezuela y nuestro país tienen índices tan elevados. Son similares ambas circunstancias en cuanto a la existencia de tasas de desempleo no elevadas pero difieren drásticamente en los términos de intercambio: los de 1988 estaban en uno de los puntos más bajos de toda la serie histórica y representaban bastante menos de la mitad de los existentes en noviembre de 2013. Finalmente, las tarifas de los servicios públicos están incluso más atrasadas que en tiempos del ministro Sourrouille y la crisis energética es un factor común de ambos períodos. Hasta el presente, el Plan Kicillof es un fracaso medido por cualquier indicador objetivo pero está consiguiendo su única meta de llegar a octubre sin que las variables económicas se salgan de cauce. Sin embargo, el agravamiento de la situación económica sobrevuela el estado de ánimo de los argentinos. Cada minuto se presiente en las calles que la situación se está tornando insostenible. Los fantasmas del Plan Primavera se agitan sobre los ciudadanos sabiendo por experiencia propia que no habrá relato que los proteja si el gobierno no asume la responsabilidad de tomar decisiones de fondo. Pero Cristina Kirchner no lo hará. Prefiere dejar el campo minado a su sucesor, por lo que no es difícil augurar un complejísimo escenario socioeconómico para el año que viene. Porque esa es la enseñanza que nos deja la historia del fracaso de los planes económicos electoralistas: la manifiesta inconsistencia entre los “fundamentales” económicos y los fines políticos de corto plazo lo único que hacen es hacer más difícil la solución posterior. No deseamos conjurar a los fantasmas del pasado pero la incapacidad del kirchnerismo para tomar en cuenta las lecciones de la historia le está llevando a ocupar un lugar entre los gobiernos que de tanto en tanto son la causa de profundas conmociones en la sociedad argentina. Según afirmó Aristóteles en su Ética a Nicómaco, una golondrina no hace verano, tampoco lo hace un plan de gobierno parcial y deshilachado. Pero las golondrinas argentinas, como las románticas de Bécquer, siempre son oscuras y vuelven. Lo hicieron en 1975, en 1981, en 1989, en el 2002. Ahora amenazan surcar nuestros cielos en el verano de 2016. La democracia argentina no tendría porqué soportar una nueva crisis, pero siguiendo una funesta tradición el Plan Kicillof está haciendo todo lo posible para que así sea. (*) Historiador


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