El gran cambio de la educación polaca
Opiniones
Sergio Povedano – polopovedano@gmail.com
De palabra, la educación argentina va por algunos objetivos de cambio claves. Noble intención sin duda, que me recuerda a la Polonia de quince años atrás. Honrando esta relación, doy por caso tres objetivos. Primero: la inclusión, entendida como “evitar la segregación escolar” o como, incluso, “echar para atrás una segregación en crecimiento”. El hecho de que existan aún familias pudientes que envíen a sus hijos a escuelas públicas “seleccionadas” no significa que no estemos en una cornisa peligrosa desde donde se ve con claridad que de un lado está la tendencia hacia la inercia creciente de segregación escolar. Segundo: calidad educativa. Este concepto es “tan vago”… Pero asumamos que significa acciones como modificar el sistema educativo actual, en concreto. Lo que implicaría medidas, por ejemplo: empoderar a los profesores, darles incentivos, entusiasmarlos; motivar a los alumnos y dar apoyo extraordinario a aquellos con problemáticas graves en el seno familiar. Y tercero: ejecutar el cambio, por ley y por acción, en algunos aspectos basales del sistema educativo. Ahora veamos por qué “el caso polaco” puede ser un referente o, si se quiere, “un guiño” para los posibles desafíos de la educación argentina. Lo llaman “el milagro de la educación polaca”. Hoy Polonia se halla entre las diez mejores calificaciones del informe PISA gracias a su nuevo sistema. Esto incluye “reválidas”, más autonomía de los centros escolares e incentivos a los profesores. Según manifiesta la propia OCDE, el cambio positivo en el área educativa de este país excomunista se debe leer en dos grandes reformas, una en 1999 y la otra en el 2009. La reforma de 1999 buscó elevar el nivel educativo de la era comunista. Así, dio una mayor responsabilidad en materia educativa a las autoridades locales; reorganizó la red escolar; cambió los métodos de supervisión y administrativos; currículo nuevo; sistema centralizado de exámenes nuevos; se reacomodó la financiación de los centros escolares con subvenciones a los gobiernos locales; novedosos incentivos al profesorado, en tanto itinerarios de promoción alternativos y la revisión de sus remuneraciones. El gran cambio en el diseño del sistema polaco fue pasar de una modalidad de ocho años de enseñanza primaria y cuatro o cinco de secundaria o tres de formación profesional, a otra que significa un nuevo esquema: 6+3+3. Solo seis años de primaria, otros tres de una nueva secundaria inferior obligatoria llamada “gimnasio” y otros tres de secundaria superior (o cuatro) o de formación profesional básica. “Proporcionar un año adicional de estudios académicos para los estudiantes que de otro modo habrían pasado de ese curso a la formación profesional elimina la posibilidad de que las escuelas y los docentes deriven a los estudiantes procedentes de entornos sociales desfavorecidos en la vía ‘más débil’”, explicó la Fundación Pearson. Por otra parte, se apuntó al desarrollo de habilidades y la formación de actitudes. “En lugar de seguir pasivamente las instrucciones de las autoridades educativas, se espera de los profesores que desarrollen su propio estilo de enseñanza, que puede ser adaptado a las necesidades de sus alumnos”, destaca el informe PISA. Sin embargo, esta mayor autonomía exigió poner en práctica un sistema de recolección de información y control del sistema. Lo que supone que al fin de cada etapa educativa los estudiantes deben cumplir con evaluaciones nacionales estandarizadas. Así bien, el resultado en la secundaria inferior, el “gimnasio”, sirve para ingresar a la secundaria superior. Y, por tanto, la “reválida” al final de la secundaria superior servirá para el ingreso a la universidad. El punto notable fue que estas reválidas incentivaron a los alumnos. La OCDE destaca que “no sólo proporcionó la oportunidad de controlar los resultados del aprendizaje sino que cambió los incentivos para alumnos y profesores”, al enviar “una clara señal a los estudiantes de que su éxito dependía directamente de sus resultados evaluados externamente, e hizo posible valorar a los profesores y las escuelas en una escala comparable en todo el país”. La reforma del 2009 cambió el currículo básico. Fue orientado hacia habilidades y competencias transversales, dirigido más hacia la experimentación, la investigación científica, la resolución de problemas, el razonamiento y la colaboración o el cooperativismo. Y lo que es obvio pero no tanto: se reformaron los programas de formación profesional. Si se entiende, los alumnos deciden a los quince años qué itinerarios van a seguir. Y contrario a lo que se pueda pensar, se imparten menos horas de clase. El número de horas en primaria es menos de 600 y en secundaria menos de 500. Muy por debajo de la media de la OCDE, con unas 704 horas anuales. No obstante, en preescolar los docentes polacos trabajan unas 148 horas más de la media. Es decir que en Polonia se da gran importancia a la educación temprana. En este país (para nosotros extraño) existe una cultura del esfuerzo. Desde el propio currículo, se fomentan la responsabilidad y los valores civiles como la solidaridad, la democracia, la libertad y la tolerancia. Sin embargo, pocos años atrás, en el 2000 apenas, los estudiantes de Polonia estuvieron muy por debajo del promedio de la OCDE. Así, el cambio se comenzó a producir en 1998 con la reforma que el Ministerio de Educación puso en marcha “para elevar el nivel de la educación” (¿suena conocido el objetivo?). Será muy interesante tener la opción de ver con claridad cuáles son las grandes ventajas de la educación argentina hoy y cuáles “sus pesos muertos”. Es curioso cómo, desde dos o tres puntos claves, la fortaleza de toda la comunidad educativa avanza. En la actualidad hay puntos que coinciden en las educaciones del mundo: saber ejecutar cambios en los sistemas educativos, la igualdad de oportunidades o la no segregación escolar y elevar el nivel en los alumnos son puntos que despliegan una serie de atributos nuevos. Como lo son el empoderamiento de la figura del profesor o la intensidad educativa desde los primeros años, incluso desde los tres años en el jardín de infantes. (*) Licenciado en Letras