El gran desafío educativo


Mientras que en marzo y abril pareció lógico cerrar las escuelas, hay consenso de que es necesario abrirlas cuanto antes para evitar “una generación perdida” por el virus.


Felizmente para el género humano, el covid no afecta a todos por igual. Los especialistas coinciden en que, a menos que haya consecuencias médicas a largo plazo que por ahora son imprevisibles, no es peligroso para los jóvenes pero se ensaña con ancianos de salud ya precaria. Es como si el coronavirus se hubiera propuesto eliminar parte de lo logrado por los avances médicos de las décadas últimas que, al prolongar mucho la expectativa de vida de la población mundial, le ha asegurado una mayor cantidad de víctimas mortales de lo que hubiera sido el caso en un pasado no muy lejano.

El que conforme a los datos disponibles el covid no perjudique a los niños -si en algún lugar uno muere a causa del virus, la anomalía llama la atención de la prensa internacional-, plantea problemas a quienes temían que estuviera por reeditarse lo que sucedió un siglo atrás, cuando la mal llamada influenza española sí mató a decenas, tal vez centenares, de millones de jóvenes.

Mientras que en marzo y abril pareció lógico mantener cerradas las escuelas, desde entonces se ha consolidado el consenso, reivindicado por entidades como la Organización Mundial de la Salud y Unicef, de que es necesario abrirlas cuanto antes para evitar que haya “una generación perdida” a causa del virus.

No exageran. El futuro de cada uno, y de los distintos países, dependerá en gran medida de la educación que, desde luego, no se limita a la adquisición de saberes académicos, sino que también incluye una multitud de otros factores vinculados con las relaciones sociales y los desafíos que los jóvenes tendrán que enfrentar en el futuro que les aguarde, uno en que, se vaticina, casi todo sería más difícil de lo que era antes.

Una proporción muy elevada de los menores de edad del país ya ha pasado casi un año sin clases. Si bien algunos han podido conectarse electrónicamente con la escuela o universidad a la que asistían, otros se han visto aislados por completo. ¿Podrán recuperar todo lo perdido cuando, finalmente, se reabran las puertas o ya habrán olvidado una parte significante de lo que habían aprendido antes de caer sobre ellos la pandemia?

Aunque nadie sabe las respuestas a tales interrogantes, es evidente que tanto los docentes como los alumnos tendrán que redoblar sus esfuerzos si quieren atenuar los daños que han causado las medidas a menudo draconianas que se decretaron para combatir la pandemia. Por desgracia, el sistema educativo nacional no parece estar en condiciones de hacerlo con éxito.

Nivelar para abajo

Aún más que en otros países, aquí influyen mucho los convencidos de que es inaceptablemente reaccionario exigir más a los jóvenes y a quienes tratan de educarlos. Abundan los partidarios de nivelar hacia abajo para que nadie quede rezagado; desprecian el “mérito” porque a su juicio la capacidad de alcanzarlo se reparte de manera sumamente injusta.

Si quienes piensan así logran imponer sus criterios, no habrá posibilidad alguna de que muchos jóvenes salgan indemnes de la crisis sanitaria que el país está experimentando.

Aunque tales ideólogos se creen igualitarios, la verdad es que ayudan a ampliar las diferencias sociales al privar a los más necesitados de oportunidades para aprovechar plenamente sus talentos naturales, lo que ayudaría a que el país pusiera fin a la tragedia supuesta por la pobreza multitudinaria.

Hace algunos meses, podía tener sentido la negativa del gobierno nacional y los sindicatos a permitir la reapertura de las escuelas; no era nada claro que los riesgos de hacerlo serían mínimos. Sin embargo, como esporádicamente nos recuerdan la OMS y otras entidades autorizadas, a la luz de lo que ya es de dominio público insistir en tal postura es irracional.

Así y todo, puesto que tanto los kirchneristas como los sindicalistas más combativos tomarían cualquier cambio en dicho ámbito por una derrota política, se mantienen en sus trece sin preocuparse en absoluto por el impacto sobre el futuro no solo de los millones de jóvenes que se han visto abandonados a su suerte, sino también del país en su conjunto.

Demorar en adaptarse a las circunstancias es una característica de casi todas las agrupaciones políticas nacionales; intimidados por la magnitud de la crisis que se las han arreglado para engendrar, sus integrantes prefieren repetir las batallas de otros tiempos, con la esperanza de que esta vez los resultados sean distintos, a reconocer que desde los días que recuerdan con nostalgia el mundo ha cambiado.

Será por tal motivo que los oficialistas se resisten a abandonar las prioridades que fijaron cuando nadie sabía muy bien cuáles serían los estragos que ocasionaría el virus novedoso que acababa de salir de China.


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