El Gualicho: el paisaje y la vida al borde de lo inhabitable

Un libro analiza la depresión más profunda de Río Negro, su gente y su biodiversidad. El sitio, inhóspito por la sal y el viento, es una falla de la meseta, que invadió el mar.

Especie de contrameseta que se hunde en la Patagonia hasta 72 metros por debajo del nivel del océano, los bajos de El Gualicho albergan un “mar fosilizado”. Son un rincón del mundo inhóspito que invitan a dejarlos, pero a la vez a mirar un horizonte extraño y blanco, agreste y misterioso como los secretos que encierra su nombre. El topónimo “describe al pronunciarlo la densidad visual cuando reverbera la salina, o su otra densidad, la de las leyendas que atemorizan y atrapan”, define con síntesis conceptual el prólogo del libro “Bajo del Gualicho. Una planicie bajo el nivel del mar. Realidad y leyenda”, investigación multidisciplinaria de treinta profesionales, publicada con la colaboración de la Secretaría de Acción Social del Estado rionegrino. No existen en los bajos de El Gualicho pueblos ni parajes. Sólo unos pocos habitantes diseminados por el campo, resistiendo la migración que alejó a muchos. El ganado también se reduce cada vez más, y en su mayoría son ovejas y cabras. Las condicionantes para la ocupación humana son allí graves, aun para la vida de animales domésticos. Apenas llueven unos 280 mm. anuales, la temperatura promedio es de 15,9 grados pero con amplísimas variaciones y los vientos del Oeste y Sudoeste son una constante “que profundizan la marcada aridez de una región al borde de la ‘ecumene’”, entendida ésta como el medio propicio para la vida permanente de colectividades humanas. “A medida que bajábamos a la profundidad de la salina, no podía dejar de tener la sensación de descender por los peldaños de la evolución de la tierra. Una invitación a imaginar y deducir, en el lejano paleopaisaje de la comarca, su dimensión temporal. Los cambios graduales y continuos que fueron modelando lo que hoy estamos viendo. Los que seguirán en el proceso evolutivo del paisaje y la vida”. Así se expresa el geógrafo Julio Guarido en el libro. Y Freddy Masera añade, en diálogo con “Río Negro”: “Aun cuando el viento sopló, cuando las noches fueron frías en julio del 2002, los jóvenes y nosotros gozábamos al dormir en casillas y carpas en estas soledades. Sin embargo, la presencia de la salina, con la sal tan esencial pero tan asociada a la sed, la falta de aguadas dulces, nos hace imaginar lo que sería en otros tiempos cubrir esa travesía. Y entonces sí, nos identificamos con aquellos que nos antecedieron en condiciones dificilísimas, sin la provisión de botellas frescas de aguas minerales.

Una falla, visitada por el mar

Una gran falla de la meseta patagónica es el bajo. Capas de sedimentos se sostienen en un piso cretácico, sobre el cual se acumularon depósitos de un ingreso del mar. Otras dos veces más volvió a inundarlo el océano, dando su aporte salino a la laguna. Más arriba, sedimentos continentales más recientes protegen mares enterrados.

La sal y los suelos, erosionados durante siglos por el viento, han generado formas caprichosas que se esconden o asoman sus relieves por sobre las capas de sedimentos. Los escasos pastos sobrevivientes a la explotación ganadera sirven apenas de sombra y testigo a una fauna que, en su mayoría, corre riesgo de extinción en la zona, y que está compuesta por el zorro, la lechuza de las vizcachera, el gato montés, el puma, el zorrino y el guanaco. La hostilidad del territorio ha contribuido a que esta especie, casi desaparecida de campos en zonas más pobladas, todavía pueda ser vista en tropillas. Uno de los autores del libro, Julio César Guarido, narra su experiencia: siete guanacos advierten su presencia y huyen hacia el centro de la salina. “Parecían desplazarse sobre un espejo que duplicaba su marcha hacia el norte, por encima de la película de agua. Fue en ese momento cuando pensé que se desplazaban sobre un mar fosilizado”. La biodiversidad del lugar es tan singular y frágil, que conocerla va unido a la necesidad de preservarla. En lo cultural, la singularidad se vincula a la naturaleza de las historias y leyendas que se entrelazan con la toponimia del lugar: la Puerta del Diablo, las Cuevas del Gualicho, la Laguna Escondida, el Bajo del Indio Muerto… Las escasas huellas humanas que se advierten en su superficie siguen el rumbo de las aguadas, como las sendas apenas visibles que los baqueanos buscan en un desierto. Pese a los cañadones que hablan de torrentes en las paredes de la planicie, actualmente hay sólo arroyos y lagunas que permanecen secos la mayor parte del año. Ya era así cuando, a fines del siglo XIX, el modelo agro exportador provocó un cambio total del modo de relación de la población con la tierra que resignificó su valor y dio lugar a una población multiétnica. Los pueblos indígenas consideraban la tierra eje de su vida. Pero, tras el fin de las campañas militares, la Nación tomó la propiedad de grandes extensiones y organizó un sistema de distribución según compromisos y políticas establecidas. Las condiciones del suelo hicieron que sólo nueve ocupantes espontáneos de tierras fueran registrados en el relevamiento que se hizo en el Bajo de El Gualicho en 1920, conduciendo otras tantas unidades productivas. Una particularidad: En la zona se criaron en pequeña escala machos cabríos que, unidos a hembras ovinas, originaban un híbrido de pelo fino y enrulado llamado “chovino”, que no despertó interés comercial y cuyas crías eran estériles.

Viajeros e investigadores como George Musters, el suizo Jorge Claraz, el perito Francisco Moreno, recorrieron el bajo de El Gualicho y reprodujeron el modo en que denominaban a la región los indígenas. Nada allí parece haber cambiado desde que ellos oteaban el horizonte Alicia Miller

“Gualicho”, del tehuelche a la lengua española

Sobre el origen del nombre El Gualicho, el libro reproduce una definición que brindó para la obra el investigador Rodolfo Casamiquela, autor de “En pos del Gualicho” (1988), el más completo trabajo sobre el tema: “Si no yerro, la cultura espiritual de los Tehuelches patagónicos sólo legó dos o tres voces a la cultura hispano-criolla: Seguras, ‘chúlem’ denominación de la cría del guanaco (transformado luego en ‘chulengo’), y ‘walichüm’ -en la que la ‘ele’ representa un sonido especial, con barniz de ‘ese’ española- ‘gualicho’ escrito a veces con ‘h’ o ‘w’ iniciales, y ‘u’ final. Ambas voces cruzaron la frontera del río Negro y se adentraron…, modestamente, en el ámbito pampeano la primera, y agresivamente, en todo el Norte argentino y hasta Paraguay, Brasil y Uruguay, la segunda. Éste era uno de los nombres del Alto Dios (Diosa, porque la desinencia ‘tsüm’ indica el género femenino) de dicho pueblo. (‘Sesom’, igualmente femenino, para los tehuelches meridionales. El tema ‘tsil: tsül’ expresa ‘giro, girar’ y la partícula ‘wa’ inicial es propia de la tercera persona del singular: ‘(la que) gira’, en traducción más ajustada. ¿Y por qué habría de girar, circunvolucionar, el Alto Dios? Simplemente, por ser el Señor, Señora, del Laberinto, el camino sinuoso que han de transitar los espíritus de los muertos en las creencias de casi todos los sistemas religiosos del mundo. Del mismo modo que en ellos, el Alto Dios tehuelche, infinitamente justo, juzgando las acciones de los humanos, podría convertirse, al negar el acceso del espíritu de un injusto al Paraíso en inflexible castigador. Y subsecuentemente, en ‘dañino’, ‘pernicioso’, ‘maligno’… ¡el Malo!, o directamente, el Diablo. (…) ‘Engualichar’ es lo mismo que ‘ojear’, es decir dañar a través del ‘mal de ojo’, con lo que la derivación fue doble: de Divinidad -ambigua- a Ser Maligno; de la cultura tehuelche a la cultura popular, campesina, folklórica.

La sal da trabajo a unas 80 personas

SAN ANTONIO OESTE (ASA)- Dos empresas extraen actualmente sal del Gualicho. Vieytes, que ya comenzó con su cosecha anual, y Nerysal que inicia mañana la actividad. La explotación de este mineral, útil tanto como materia prima base de otras industrias como para el consumo directo, se realiza en los meses de verano, ya que durante el invierno la sal se “reproduce” -como dicen los lugareños-, mientras que el clima más seco de los últimos meses del año ayuda a que el elemento esté más expuesto para ser recogido por las máquinas especialmente diseñadas para tal fin. Unos ochenta obreros desarrollarán desde ahora hasta marzo la sacrificada labor. La sal y el sol, juntos, curten la piel y la resecan. El salitre provoca serios daños en las carrocerías de los vehículos. Los camiones salineros, algunos de modelos nuevos, se ven antiguos y oxidados tras algún tiempo de uso en el lugar. Las actividad de la salina, por llevarse a cabo en ese lugar bastante lejano de los cascos urbanos, es desconocida para el común de los habitantes de la ciudad. Poco se sabe de la labor de los sufridos obreros, poco se conoce de su esfuerzo para obtener la mejor sal y en las mayores cantidades. La extracción de sal comenzó el año pasado a ser más evidente, cuando los camiones cargados empezaron a llegar a las adyacencias de la ciudad, hasta una playa de cargas ubicada en el cruce de rutas, donde el producto se traspasa a los trenes que la llevan semanalmente hasta el conurbano bonaerense.

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