El hombre que habla de los orígenes
Carlos Horacio “Tata” Herrera conversó con “Río Negro” sobre su reciente libro. Y ya piensa en otros.
Leonardo Petricio
El narrador de las historias de estas tierras irradia ternura y compromiso.
Paula gingins
pgingins@rionegro.com.ar
“Tata” Herrera va por la vida enseñando a partir de sus narraciones.
Cuando Carlos “Tata” Herrera (narrador, generoso docente de la vida y de profesión, el catamarqueño que adoptó a este Sur en su juventud) anticipa la génesis de su último libro, “El rastro en las bardas” (Educo, 2012), dice que “es de muchos años atrás”: es que algunos de los cuentos que lo integran tienen varios años. “Es parte de una narrativa mía vinculada a medio siglo de Patagonia: de ahí que los diversos temas del corpus principal del libro sean variadísimos”.
Quien lea los entrañables relatos, teñidos de gracia, lucidez y cierta ironía, se encontrará también con los textos de “Cartas a Dione”, una ficción “que puede ser dos o tres siglos después de la actualidad, donde llegan vientos de la cosa antigua de la pasada era. En realidad, es el proyecto de una novela”, adelanta Herrera, de 75 años, a “Río Negro”.
–¿Cómo definiste tu camino en las letras?
–La génesis debe vincularse con que he sido un lector muy precoz. Mi padre y un amigo suyo donaron una biblioteca a un pueblito del centro de Catamarca, Capayán. Se sorprendieron de que me había leído toda la biblioteca (se ríe).
Escuchar a “Tata” es aprender sobre el ser humano, sobre la identidad nacional (¿hay una sola?), sobre los pueblos originarios del norte del país, sobre el origen del quichua, sobre Samuel Alejandro Lafone Quevedo y mil temas que no pueden sintetizarse en las páginas de un diario.
También puede recitar de memoria a Luis Franco, ese “hombre de izquierda que fue silenciado” y que Roberto Arlt rescató en uno de sus textos (“un gran poeta de Belén, Catamarca, quien ganó un concurso y cuando se enteró de que se trataba de publicar su primer libro, “La flauta de caña”, hizo 500 km a caballo para retirar el premio).
–Tantos años en la Patagonia y todavía conservás el acento…
–Sí, sí, no se me va. Es más: estoy un par de días en Catamarca y ya canto más (sonríe, todo el tiempo sonríe).
“Tata” se acuerda de que a los 17 era director de una escuela en “pleno monte”, en Salta. “Fue una experiencia muy fuerte. Mi viejo me había mandado a estudiar abogacía a Tucumán, porque era el abogado que faltaba en la familia, y yo, muy obedientemente, me inscribí en Filosofía y Letras”, cuenta con la picardía que lo caracteriza.
“Cuando llego con mi diploma de maestro, me dicen ‘qué bien, muy buenas notas, ¿tiene la ficha de afiliación al peronismo? Y no tenía la edad, pero pienso ‘si me obligan, que se vayan a carajo, porque no soy peronista’. Y me dicen ‘espérese un momento’ y me mandan a esa escuela, y la levanté con los gauchos. El primer año, los chiquitos campesinos, tan sufridos, tan amorosos, me prestaron cajones cosecheros, y eso fueron los escritorios y los bancos, y ahí aprendieron a escribir los niños. ¡Y aprendieron!”.
Anticipa que su nuevo libro incluye el arte de Dini Calderón y Julieta Virginia Warman, y también los textos de unas “modestas investigaciones” sobre Juan Benigar, el “sabio y místico pionero de la Norpatagonia, que llegó a principios de siglo a Colonia Lucinda (Cipolletti); un brillante ingeniero joven especializado en hidráulica, recibido en Praga, que hablaba fluidamente siete lenguas. Este personaje me impactó muchísimo cuando leí su libro “El calvario de una tribu”.
–Estos temas te apasionan…
–En larguísimas charlas con Rodolfo Casamiquela, a quien debo lecturas fundamentales sobre los pueblos originarios de la Patagonia, llegamos a la conclusión de que Benigar fue la personalidad humanística más importante que pisó la Patagonia.
Leonardo Petricio
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