El impacto de China
Por James Neilson
Lo mismo que sus equivalentes de casi todos los países del mundo, tanto los ricos como los pobres, diversos grupos de fabricantes se han puesto a hablar de la indignación que les está provocando la llegada a la Argentina de cantidades crecientes de productos chinos que en su opinión son absurdamente baratos: radiograbadores a menos de cuatro pesos, reproductores de CD a 24 pesos, discos de DVD vírgenes que cuestan sólo 37 centavos, y así por el estilo. Y ni hablar de la ropa de origen chino, como aquellas camisas de diez pesos que años atrás motivaron las airadas protestas de Raúl Alfonsín. No es que sean elitistas horrorizados por la posibilidad de que por fin sus compatriotas pobres se den lujos antes reservados para los relativamente acomodados, es que saben muy bien que ningún fabricante argentino es capaz de competir con los intrusos.
Huelga decir que el consenso es que son precios de 'dumping'. Puede que en algunos casos lo sean, pero sería una cuestión de excepciones, no del resultado de una aviesa estrategia comercial premeditada, porque China sencillamente no está en condiciones de inundar a pérdida los mercados internacionales con una gama amplísima de bienes de consumo con el propósito de destruir la competencia. A veces, un país puede procurar actuar así en un sector determinado, pero sería intolerablemente costoso intentarlo en todos. Mal que nos pese, por «ridículos» que nos parezcan muchos precios, reflejan fielmente la capacidad de la industria china para producir en gran escala casi todas las cosas materiales que necesitan los demás, lo que no es tan sorprendente, ya que en las economías más avanzadas el aporte de la industria al conjunto disminuye año tras año. Distaría de ser disparatado, pues, afirmar que, en teoría por lo menos, un país de las dimensiones demográficas de China podría llegar a desempeñar un papel equiparable con aquel de Gran Bretaña en el siglo XIX cuando por algunas décadas producía tantos bienes transables como todos los demás. Para colmo, en vista del capital disponible, el avance de la tecnología y una reserva laboral que se cuenta por centenares de millones, los costos chinos podrían continuar bajando en los años próximos aun cuando aumentara mucho el valor de su moneda.
Las consecuencias, para los países ricos, de la transformación de China en el taller del mundo ya han sido notables. Un motivo por el que la tasa de inflación es tan baja en América del Norte y Europa occidental desde hace más de una década consiste en que en aquel período cayeron mucho los precios de bienes manufacturados de consumo masivo, a diferencia de los precios de servicios y de ciertas materias primas que aumentaron. Como señaló hace poco el economista británico Anatole Kaletsky, al explicar la razón por la que es tan ancha la brecha entre la sensación de que en su país la inflación está fuera de control y las estadísticas oficiales que dicen que en los doce meses últimos el costo de vida sólo trepó el 2,3 por ciento, lo que pueden producir los chinos tiende a ser cada vez más barato, mientras que lo que no pueden producir, trátese del petróleo o de los servicios personales, siguen encareciéndose, lo que en el caso de los servicios no es nada malo en términos generales si el resultado es salarios más abultados para quienes los proveen.
Con todo, si bien a la larga sería claramente beneficioso que los precios de los bienes de consumo se redujeran hasta tal punto que incluso los pobres del Tercer Mundo puedan comprarse nuevos televisores, teléfonos celulares, DVD, heladeras, ropa digna y otros productos considerados hoy en día apropiados para una vida tolerable, en el corto plazo el fenómeno resultará traumático para muchos, en especial para los que dependen de las industrias locales. En los países más ricos, tener un empleo en una fábrica dejó hace mucho de constituir un privilegio: en la actualidad, muchos «aristócratas de la clase trabajadora» de antaño forman parte del ejército de «nuevos pobres». Los ayuda el que gracias a los chinos puedan seguir equipando sus hogares a un costo módico, pero esto no les hace sentir menos rencor hacia quienes a su juicio son los responsables de haber puesto fin a la seguridad que antes disfrutaban.
En la Argentina, son muchas las empresas que no podrán sobrevivir sin medidas proteccionistas como la supuesta por un peso «competitivo», es decir, sin ser subvencionadas por los consumidores. Tal política se justificaría si existieran motivos para creer que andando el tiempo los empresarios así favorecidos lograrían emular a sus rivales chinos y producir bienes de calidad superior a precios equiparables, pero la verdad es que todo hace pensar que es nula la posibilidad de que la mayoría lo haga. Por lo tanto, es miope la estrategia del gobierno de Néstor Kirchner que se inspira en la idea ya tradicional entre los «progresistas» de inclinaciones nacionalistas de que nos conviene impulsar la industria a costa de los servicios y del campo. Antes de que China, seguida por la India, decidiera competir en los mercados internacionales, la tesis industrializadora tenía sus méritos, pero en los aproximadamente veinte años últimos las circunstancias cambiaron tanto que todos los países, incluyendo a los más opulentos, se han visto obligados a repensar sus opciones. A los dirigentes de los muchos países que se sienten amenazados por la conversión de China en una superpotencia económica embrionaria les es forzoso distinguir entre las actividades en las que el recién llegado cuenta con ventajas que serán difícilmente superables y otras en las que no posee ninguna. En el caso de países propensos a aferrarse a sus industrias como Italia, Alemania y Francia, adaptarse a la nueva realidad está resultando sumamente difícil: he aquí una razón por la que están perdiendo terreno frente a viejos rivales como el Reino Unido que se «desindustrializó» hace tiempo para privilegiar los servicios, sobre todo los financieros y legales. A primera vista parece inconcebible que el cierre de industrias, por antieconómicas que fueran, podría contribuir a enriquecer a un país a menos que se tratara de uno chiquitito, pero la experiencia del Reino Unido y Estados Unidos muestra que no es más absurdo que el hecho innegable de que en todas partes un buen abogado ganará muchísimo más que el obrero fabril más aplicado. Es factible que esta situación se modifique en el futuro al mejorar China y la India el nivel educativo del grueso de la población, pero se supone que para entonces el salario promedio en los gigantes asiáticos se habrá acercado al británico y hasta al norteamericano, lo que cambiaría una vez más las reglas del juego.
De todos modos, la Argentina tiene la buena suerte de poseer los recursos naturales -con tal que los cultive- y humanos que serían precisos para prosperar en un mundo en el que la China y algunos otros países de características similares se encargaran de la producción de bienes de consumo masivo. Al acceder a un estilo de vida propio de la clase media, crecerá exponencialmente el apetito de sus habitantes por los productos del campo que tendrán que importar: en efecto, es merced, en buena medida, a la venta a China de soja, que la Argentina pudo levantarse del piso luego de la caída estrepitosa con la que anunció su entrada al siglo XXI. También debería estar en condiciones de mejorar radicalmente el conjunto de actividades calificadas de «servicios»: sin embargo, para que esto sucediera tendría que hacer un esfuerzo educativo inmenso. En cuanto a la industria, siempre habrá muchos nichos que, por los motivos que fueran, otros no tratarán de ocupar, pero sería una pérdida de tiempo, y de mucho dinero, intentar defender todos los sectores manufactureros: no habrá forma de conservar algunos de ellos a menos que China y la India sufran pronto una catástrofe apocalíptica que las devuelva a donde estaban hace treinta años o la Argentina elija marginarse del resto del planeta.
Lo mismo que sus equivalentes de casi todos los países del mundo, tanto los ricos como los pobres, diversos grupos de fabricantes se han puesto a hablar de la indignación que les está provocando la llegada a la Argentina de cantidades crecientes de productos chinos que en su opinión son absurdamente baratos: radiograbadores a menos de cuatro pesos, reproductores de CD a 24 pesos, discos de DVD vírgenes que cuestan sólo 37 centavos, y así por el estilo. Y ni hablar de la ropa de origen chino, como aquellas camisas de diez pesos que años atrás motivaron las airadas protestas de Raúl Alfonsín. No es que sean elitistas horrorizados por la posibilidad de que por fin sus compatriotas pobres se den lujos antes reservados para los relativamente acomodados, es que saben muy bien que ningún fabricante argentino es capaz de competir con los intrusos.
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