El imperio de la globalización y el desafío del ALCA

Por Redacción

En un libro, de gran repercusión académica, de los autores Michael Hardt y Antonio Negri, titulado «Imperio», Ed. Paidós, justamente aluden al cambio del concepto de soberanía, al tener los países soberanos cada vez más recortados sus facultades legislativas pero no en detrimento de otros poderes o países, sino por la existencia de un nuevo orden mundial, de allí el juego de palabras que origina el título del presente artículo, dado que afirman lo autores que en lugar de imperialismo, eufemismo de usual utilización en décadas pasadas para describir las políticas de dominación de las potencias mundiales y hoy en franco desuso y olvido, se impone el imperio de la globalización, que resulta ser el nuevo orden mundial, que marca la existencia de otro paradigma, explicable en términos jurídicos, sociales y económicos.

Este orden global, para los autores, no es más que la extensión del capitalismo que fue concebido para un mercado mundial, pero redefinen el concepto de imperio a «una nueva noción del derecho o, más bien, a una nueva inscripción de la autoridad y un nuevo diseño de la producción de normas e instrumentos legales de coerción que garantizan los contratos y resuelven los conflictos». Es decir que se trata de otro orden jurídico que el nuevo imperio lo presenta como permanente, eterno, necesario y único, al reemplazar al derecho internacional y al considerarlo como el nuevo «derecho imperial».

Cabe preguntarse de dónde surge el modelo de autoridad imperial que aplica las normas de este nuevo derecho, que no es un gobierno o Estado en particular, sino un ordenamiento sistémico supranacional que integra a todos los actores en el orden global, «puesto que todos los conflictos, todas las crisis y todos los disensos efectivamente impulsan el proceso de integración y por eso mismo exigen más autoridad central.

La paz, el equilibrio y el cese del conflicto son los valores a que apunta todo», a lo que agregamos la necesidad del consenso para legitimar la autoridad suprema del ordenamiento, que va a funcionar como el centro del nuevo orden mundial, ejerciendo sobre él una regulación efectiva y cuando es necesario, la coerción, que se articula no sólo sobre la base de la fuerza misma, sino también sobre la capacidad de presentar dicha fuerza como un bien al servicio de la justicia y de la paz, aun cuando sea constituida con carácter de excepción. A su vez, en la dimensión económica, el orden global tiene su correlato en nuevas formas de organización, donde la producción, que antes dependía de la fuerza laboral de los trabajadores, hoy está siendo reemplazada por una fuerza laboral intelectual, inmaterial y comunicativa.

Justamente la labor comunicativa es primordial para la producción, por la vinculación de las redes informáticas y la interactividad que moldean las nuevas formas de creación de bienes y servicios. En mérito a la extensión del artículo, dejaremos para una próxima oportunidad el análisis de la influencia en los aspectos sociales y culturales que provoca el nuevo orden global. Por otra parte, asistimos en nuestro país a la presencia de una corriente de opinión que se opone a la integración al ALCA (Area de Libre Comercio de las Américas) pues sostiene el carácter perjudicial de dicho tratado para nuestros intereses, propugnando el establecimiento de barreras a los flujos de capital y restringiendo el libre comercio de bienes entre todos los países de América. Esta posición localista, que incluso ya ha recolectado más de dos millones de firmas de ciudadanos de nuestro país, ignora y por eso teme al nuevo orden mundial, al que acusa de tratar de imponer una homogeneización e identidad indiferenciada. Nada más falso.

Las diferenciaciones locales, que son anteriores a la globalización, así como nuestra identidad, deben defenderse y ser nuestra obligación su afirmación. No existe una dicotomía entre el orden mundial y el local, sino una complementariedad y una interdependencia, al considerar al nuevo orden global como la expresión de la aldea global. Justamente, esta falta de visión de nuestros dirigentes políticos es una de las causas de nuestro aislamiento, sien-do prueba de ello el hecho de que nuestro país registra muy pocos acuerdos comerciales con el resto del mundo. Abundan los ejemplos de países que al alinearse a acuerdos macro le permitieron acceder al desarrollo económico, ya que la adhesión a una comunidad internacional de negocios tiene dos efectos fundamentales, por un lado resulta ser un ancla a lo institucional, facilitando el ejercicio de la coherencia y evitando nuestras reiteradas inconsistencias y, por otro lado, resulta ser una formidable locomotora, al tener que contrastarnos y desafiarnos contra el resto del mundo, de la que ineludiblemente somos parte y es por ello que debemos pertenecer al Mercosur, al ALCA y a los demás tratados internacionales, a los que no les tenemos que temer en tanto nuestro país y sus autoridades obren con sentido realista, defendiendo nuestras especificidades y pidiendo reciprocidad a la hora de su implementación Nuestro único propósito ha sido contribuir al debate de este tema que, necesariamente, tiene que estar en la agenda de nuestros gobernantes.

 

 

CARLOS GOTLIP (Contador. Neuquén).

Especial para «Río Negro»


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