El increíble viaje de la artista roquense a la India que interrumpió el coronavirus

En primera persona, la artista Lorena Guanella cuenta su viaje a la India. Iba a durar 45 días. Pero sólo estuvo allí 16 días: en aquel país tuvo fiebre, la internaron. Logró regresar al país, pero justo se declaró el cierre de fronteras, y tuvo que quedarse en Buenos Aires. 55 después llegó a su casa.





El plan era perfecto: 45 días. Regresar a India, presenciar y vivir el festival de Holi, la famosa fiesta de los colores; volver a Nepal para hacer un trekking de 17 días con un guía para ir al campo base del Everest; conocer el lugar donde vivía el Dalai Lama, yRishikesh, la capital del Yoga. Había sacado el pasaje en un arrebato de oferta, meses antes.

La fecha coincidía con el viaje que mis hijos harían con su papá, y así no me ausentaría tanto tiempo sin verlos. Decidí correr el riesgo.

Todo comenzó raro. Llevo años viajando sola y nunca había sentido este miedo y desconfianza. Decidí ponerme en contacto con grupos de mochileros, y cuatro días antes de viajar, vi el post de un español que invitaba a gente de habla hispana a pasar el festival Holi juntos, con la idea de cuidarnos y acompañarnos.

Me puse en contacto y se armó un grupo de Whatsapp rápidamente: Raúl iría con Lucía, su novia, desde España; también se sumaron Yessi y Pedro, de Menorca, y estaba Mayra, de Perú. Me sumé a sus planes.

Tenía 72 horas para buscar hostels, ver el tipo de cambio, cómo me movería. A 48 horas del viaje, seguía preparando todo. 48 horas antes también, fui de excursión al río, y de repente, a mi auto se le quema la tapa de cilindro. Quedé a un costado del camino, esperando la grúa. Esto venía raro: ¿ sería una señal para que no me vaya?

La mañana del 3 de marzo mis hijos se fueron de casa; yo unas pocas horas después. Decidí volar a Buenos Aires un día antes así me despedía de mi novio, César, que vive en Rosario y con quien nos íbamos a encontrar.

El día del viaje, fuimos a tomar mates a una plaza. Sol, y charlas, mientras veíamos cómo varias grúas se llevaban autos. Todo parecía muy ameno hasta que fuimos al auto (cargado con todo lo del viaje) y no estaba… ¡Una grúa se lo había llevado! Empezó la carrera: buscar la dirección, retirarlo y salir a Ezeiza, con General Paz ya en su hora caótica. Llegamos al mostrador 15 minutos antes de que cierre.

Algo en mi interior no sonaba como esa campanita alegre que tengo cada vez que viajo; por primera vez, quería quedarme.

En el vuelo, conocí a Julia, una simpática porteña que viajaba sola también. Y también a Norberto, de Córdoba. Como yo ya había estado, les propuse salir juntos del aeropuerto, que suele ser un momento muy caótico.

India te golpea la cara de frente: bullicio, multitudes, basura, animales, motos, bicis, risksahw, tuc tuc y autos, todo al mismo tiempo. Recorrimos todo con Norberto y Julia.

Al segundo día, nos encontramos con mis futuros compañeros de viaje: Yessi y Pedri. El 8 de marzo viajamos con ellos a Vrindaban.

En el camino, sentí un fuerte malestar estomacal. Al llegar, me dejaron en mi hostel, un lugar feísimo, con un cuarto sin ventanas, sábanas sucias y el baño asqueroso. Era solo una noche y estaba tan cargada y cansada que me quedé.

En Vrindaban ya comenzaban a llegar caravanas de autos. Todos iban camino a festejar Holi! Luego del primer día nos fuimos a la ciudad de Mathura. Éramos 5 para todos lados:almuerzos, cenas, y festejo de Holi intenso. Holi fue la gloria. De repente estaba ahí, cumpliendo otro de mis sueños.

El otro viaje El último día de festejo, mi cuerpo pasó factura: una gastroenteritis fuerte me tuvo a mal traer, pero no impidió que siga de festejos. ¿Cómo iba a desaprovechar una oportunidad así por una descompostura?

Con pesar nos despedimos casi de la mayoría del grupo que seguía rumbo a otros destinos. Ahí me enteré de que mis hijos estaban en Roma cuando Italia cerró sus fronteras. Las comunicaciones eran lentas y espaciadas. Sabía que estaban cuidados, pero la incertidumbre se apoderó de mí.

El día 7 de viaje, partimos con Yessi y Pedro para Agra, la ciudad donde está el famoso Taj Mahal. Karen también se había sumado, y de madrugada, fuimos a ver el amanecer desde el Taj Mahal! Fue maravilloso.

Allí, nos despedimos de Yessi y Pedro. Nos encontríamos con ellos en Jaipur. Pero eso no sucedió. El Covid 19 ya era una amenaza: algunos monumentos estaban cerrando, aunque en las calles todo transcurría normalmente.

La mañana del día 9, todo empezó a parecer una película que se movía a velocidad frenética. Mis amigos españoles veían la forma de huir pues España cerraba fronteras; mi cuerpo estaba cada vez más cansado; mis hijos habían podido irse de Italia a Londres cancelando todos sus planes. Tenía que tomar una decisión.

Tomé un bus hacia Delhi, con Karen. Fueron 6 interminables horas de regreso a la capital. Mi cabeza era una licuadora: seguía con planes de reunirme con Julia en Dharamsala, la ciudad donde está el Dalai Lama. Mis hijos estaban bien en Londres, viendo cómo volver a Argentina, y en tres días iría a Nepal para iniciar el trekking. Mi ego no podía desistir de semejante viaje aunque internamente estaba agotada.

Durante el viaje a Delhi empecé a levantar fiebre. Llegamos a las 23 y como Karen había reservado un hotel, me sumé a ella. Al día siguiente me iría al norte, a encontrarme con Julia.

La mañana del día 10, salimos a caminar y el malestar, la fiebre y el dolor de garganta regresaron. Tuve que volver al hotel. Quienes me conocen saben que suelo llegar a grandes extremos de malestar antes tomar una decisión así, pero cancelé el viaje a Nepal. No me sentía con fuerzas para emprender la travesía.

Pasé toda la noche con fiebre y vómitos. Como no había vuelto a salir del hotel, la gente de recepción no paraba de llamarme preocupada; pedían tomarme la fiebre. Estaba asustada, no quería atender la puerta ni los llamados.

Me comunicaba por teléfono con César y a la vez con el seguro médico. Conseguí un turno médico en una clínica privada para el día siguiente.

Cuando salí, solo con la mochila con dinero y mi pasaporte, me esperaba una ambulancia que nunca había llamado. El hotel lo había dispuesto.

Llegué en una camilla a un hospital. Hablo muy poco inglés, y el inglés hindú es muy cerrado, así que era complejo comunicarse. Pero no era la clínica en la que tenía el turno.

Empecé a desesperarme: ¿dónde me habían llevado? ¿por qué estaba ahí? Me llevaron a la fuerza a una sala donde estaban haciendo el test del Covid. ¿Y eso? Tenía fiebre, me sentía sin fuerzas, estaba sola, no entendía nada.

Finalmente, me hicieron el hisopado, y me desvanecí en el piso. Cuando volví en mí, me llevaron a otra sala. Había gente vestida como astronautas, decía área de peligrosa, reservada para casos de Covid.

Me pusieron suero para levantar mi presión, y me dieron algo de comida. Las lágrimas corrían por mi cara.

Quería un abrazo, una mano, alguien que me diga: todo pasará. Me trasladaron en ambulancia a otro hospital gigante.

En pocas horas estaba en el piso 7, encerrada en una habitación, sola. Nadie me informaba qué pasaba, ni qué era ese lugar, ni dónde estaba.

César, el seguro y Eliana, una amiga, hablaban para interceder. Manolo, una persona que conocí en Holi, me puso en contacto con la Embajada Argentina en Delhi. Ningún médico iba a verme, no traían comida, ni agua. La fiebre no cedía.

Logré comunicarme con Victoria, la embajadora de Argentina en Delhi. Debía quedarme en el hospital hasta tener los resultados del test, que podían tardar unas 48 hs. Las horas pasaban, tenía mucho frío por la fiebre.

Pasó una noche, y otro día y otra noche, y en los pocos momentos en que la fiebre me bajaba hacía videos para comunicarme por Instagram con mis amigos, alumnos, familia, que estaban preocupados. También escribía un diario, miraba por la ventana y dormía.

Me encontré en la más absoluta soledad, con mi vulnerabilidad de frente, pidiendo ayuda, cediendo ante mi ego que siempre quiere resolver todo sola. Lloré, maldecí, me enojé conmigo, a la vez que agradecía tanto amor y señales de cariño.

Adelgacé 5 kilos en 6 días; mis ojos parecían con conjuntivitis… Me llenaba de preguntas: qué no quise ver? ¿qué no frené a tiempo? ¿Dónde estaba el limite? Cuatro interminables días acostada en una cama, encerrada, hasta que llegó el resultado: Negativo.

Cuando vi de nuevo la luz del sol, me senté en la vereda del hospital y lloré. Estaba exhausta, quería volver a casa. En ese momento declaré Basta! Había terminado el viaje para mí, India seguiría siempre ahí para volver, pero yo había llegado a extremos que no imaginé.

En el taxi de regreso al hotel, decidí ir a la oficina de la aerolínea. El llamado de la intuición que no escuché al viajar, lo sentí tan fuerte ahora que no dudé. A los 10 minutos de llegar, cerraron. Pude comprar pasaje en el último vuelo a la Argentina.

Llegué al hotel caminando, me duché, preparé todo y partí rumbo al aeropuerto. Julia se había comunicado y le recomendé que cancele su viaje y regrese, cosa que logró hacer un día antes. Avisé a los que pude que estaba en camino de regreso.

Cuando llegué a Etiopía, en escala, me enteré que Argentina cerraba fronteras el día que yo llegaba; que no habría hoteles ni medios de transporte. Aterricé en mi país solo 16 días después de haberme ido. En Ezeiza no había nada. La noche era oscura. Me senté con mis mochilas afuera y lloré.

Miré mi teléfono y, de sorpresa, César estaba esperándome en la puerta equivocada. Nos reencontramos con el abrazo más intenso. Él decidió hacer la cuarentena conmigo, no sabíamos dónde. Pero ya en el auto, cuando abrí el celular, encontré mensaje de Julia: le había pedido a un amigo que me preste su departamento. Fue la salvación.

El departamento era pequeño y precioso, con vista al río. Ahí pasamos la cuarentena. No pude sacar el permiso excepcional para volver a casa pues no había cupos.

César volvió a trabajar y cuando ya empezó a hacérseme insostenible merodear entre esas paredes sin casi nada que hacer, él logró traerme a casa.

55 días después de haberme ido estaba en casa con mis hijos nuevamente (y podría festejarle el cumpleaños a Mateo, que hoy cumple 20 años). Había llegado a mi cumbre!

Con sus hijos, ya en Roca

¿Qué aprendí?


* A aceptar que los planes no siempre salen como los pensamos y a veces, es lo mejor!

* Aceptar que la vida es este constante cambio de planes, rumbos y creencias.

* Que los aprendizajes llegan en distintos tamaños y formatos y a ver cómo eso te saca de la caja, para que aprendas y te transformes

* Que cada uno elige la manera de informarse, pensar, enroscar su mente o entrar en pánico.

* Que era hora de frenar, dejar de correr, y ver qué pasa cuando el mundo se frena*

* Esta experiencia me trajo la bendita certeza de que el Universo te da la medicina que necesitás en el momento en que la necesitás. Y por más dolor que haya ahí afuera, confío en que ésta es la enseñanza que nos trae el planeta para que el mundo que vivamos ya no sea el mismo, sino mucho mejor. Cuidémonos. Protejámonos. Amémonos. Elijamos cómo vivir cada día. Meditemos. Y sigamos todas las indicaciones médicas.

* Cuando el mundo se acomode, nos dejará una hermosa lección para continuar. Mientras tanto seguiré pintando de colores mi mundo y sonriendo, como la mujer que elige buscarle siempre el sol a las cosas.

Lorena Guanella

Artista plástica

Roca


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