El jardín de las delicias

Columna semanal



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PALIMPSESTOS

Sí, el título responde al famoso cuadro de El Bosco (1450-1516), pero no tiene la connotación religiosa que aparece en la pintura, allí el jardín de las delicias es el jardín de los placeres terrenales, placeres que desde la óptica cristiana de la época sólo llevan al infierno. No es ésa la imagen del jardín que deseamos rescatar, sí como lugar de solaz y de creación, como refugio del “mundanal ruido”.

Esta idea del paraíso transformado en jardín es muy antigua en la literatura, podemos rastrearla ya en los griegos Anacreonte y Teócrito. Paraíso era el jardín de Melibea, para Calisto, ya que allí la vio y se enamoró perdidamente en la “Celestina”, aunque luego se trocó en infierno; el jardín de Julieta, lugar que cobijaba los encuentros secretos y paraíso del amor, allí se escondía Romeo en el célebre drama de Shakespeare.

Y ya que hablamos de teatro, no puedo dejar de mencionar “El jardín de los cerezos” del ruso Antón Chéjov. En esta obra, una aristocrática familia acorralada por las penurias financieras se resiste a desprenderse de lo que consideran su posesión más preciada: el jardín de los cerezos, símbolo de una vida que ya no es, de una tradición perdida.

Más allá de la obra en sí, todos llevamos nuestro propio jardín de los cerezos a cuestas, un lugar al que estamos ligados vital y sentimentalmente. Un símbolo que nos acompaña y forma parte de nuestra existencia. No importa si no tuvimos ni tenemos jardines propios; pero hay un paseo por un lugar ajeno, poblado de flores y de aromas que fue testigo de alguna parte esencial de nuestros días.Y ahora en que el camino de la vida se hace más estrecho y más angosto, ahora te decía tengo mis propios cerezos en mi jardín y sus flores y perfumes pueblan los días finales de septiembre y me recuerdan a Basho y su haiku: “Floreces, viejo/ cerezo. Remembranza/ de otros días”.

El jardín testigo de los primeros besos, el perfume de lilas que ella llevaba aquella irrepetible vez, la rosa que regalamos o nos regalaron y que asoma—vencedora del tiempo—sorprendente en la página de un libro. Un patio perfumado de glicinas en medio de una ciudad que huele a humo y que nos transporta al mundo de la abuela. El aroma sutil de los paraísos en flor cercanos a la casa de Silvina, allá en otra ciudad junto a las montañas y símbolo de una juventud que no sabia que tenía. Las margaritas y su perfecta sencillez en los canteros de las plazas son un recordatorio de cuando éramos más ingenuos, más jóvenes, más valientes, más alegres y las deshojábamos con el “me quiere, no me quiere”.

El jardín que se agiganta en nuestra memoria, el de la infancia, poblado de rosas, gladiolos, claveles y alhelíes, cuya sombra protegía mis juegos de niño solitario. Ese jardín permanece imborrable, es una especie de Rosebud, de cápsula aromática que concentra un tiempo y sus aromas y formas. En el fondo, todos los jardines que construí después son un intento de aquel jardín en el que nací al mundo.

El jardín es el más loable intento de reparar aquella escisión traumática de ya no ser naturaleza, de volver al origen perdido, a la comunión con un universo del que fuimos expulsados. En un jardín cabe, como señalaba Epicuro, todo un sistema filosófico; también cabe gran parte de la tradición poética y literaria. También nuestros sueños y desvelos. Regocíjate lectora, lector con tu jardín de los cerezos.

Néstor Tkaczek

ntkaczek@hotmail.com


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