El liderazgo chino ataca distintas formas de corrupción

Por Redacción

Xi Jinping conducirá China todo a lo largo de la próxima década. Desde el comienzo mismo de su gestión ha intentado mostrarse como un hombre del pueblo, cercano a sus preocupaciones y capaz de poner límites a los abusos de los dirigentes, que tanto disgustan a la gente. A diferencia de su predecesor, Hu Jintao, que proyectaba una imagen de insensibilidad –dura, casi inexpresiva, como si fuera una persona hecha de madera–, Xi Jinping procura aparecer como un líder realmente humano, con los pies en la tierra, que comprende acabadamente las urgencias y los deseos reales de aquellos a quienes sirve. Por esto, una de sus primeras actitudes ha sido la de limitar y recortar la creciente pompa y los elevados gastos de funcionamiento y representación de los funcionarios públicos. Evitando así los abusos que son frecuentemente cometidos con dineros públicos, a la vista de todos, que naturalmente han venido enojando a la gente. Y, a la par, desprestigiando inevitablemente a la dirigencia del Partido Comunista chino. Una de las primeras repercusiones de esta nueva actitud protocolar ha sido que las autoridades y los funcionarios de las muchas empresas del Estado abandonaran, ellos también, la práctica irritante de concurrir a los mejores (y más caros) restaurantes del país para agasajarse y agasajar allí a quienes ellos desearan, incluyendo a gobernantes, autoridades, y al periodismo, por el motivo que fuere. Acompañada del corte tajante de los presentes “de alta gama” de todo tipo, que se enviaban unos a otros, a la manera de la cultura de Occidente. La frugalidad que se persigue y se quiere transmitir al público en general sugiere dejar inmediatamente de lado todo esto. Por esto la agencia estatal de noticias “Xinhua” acaba de señalar que los restaurantes chinos de alto nivel han perdido buena parte de sus ventas. Ocurre que los funcionarios públicos han dejado de utilizarlos. Sus niveles de actividad cayeron un 35% en Beijing, un 20% en la capital de los negocios, Shanghai, y un 30% en las ciudades comerciales, las de la costa, como Ningbo a lo largo de las recientes celebraciones del año nuevo lunar chino. Algo parecido ha sucedido con los hoteles de categoría cinco estrellas, cuya afluencia de público también ha disminuido sensiblemente. Una vez más, la afluencia de funcionarios públicos hacia ellos ha caído dramáticamente. Naturalmente la venta de los platos más caros de los restaurantes, como los que contienen o se hacen con abalones o aletas de tiburón, ha seguido la tendencia decreciente antes mencionada. Pero las cosas no son, quizás, tan dramáticas como parecería para los restaurantes de lujo. Gracias a la recuperación del nivel de actividad económica chino, las ventas totales de los restaurantes han subido en la última temporada, entre un 5% y un 18%, dependiendo de los restaurantes y de las ciudades en las que operan, compensando así la fuerte caída del consumo abusivo por parte de los funcionarios públicos. Cabe presumir que esto se irá, poco a poco, reflejando también en algunas otras aristas frívolas de la vida social de los funcionarios públicos. Como aquella que tiene que ver con la forma –casi uniforme– con la que muchos de ellos se visten. Con trajes oscuros caros, camisas impecables de primer nivel y corbatas vistosas, sean de Hermès o de Ferragamo, o las de colores firmes –celestes o coloradas– que parecen mostrar cuán poderoso es quien las porta. Allí y aquí. En todas partes, más bien. Un poco de modestia no viene nada mal para contrarrestar la tendencia natural de los funcionarios públicos a creerse que están por encima de los demás, cuando en rigor la gran mayoría de los funcionarios públicos son –siempre– mandatarios del pueblo al que sirven. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

EMILIO J. CÁRDENAS (*)