El mes de la Pachamama
Las principales ceremonias en honor a esta celebridad telúrica se realizan al inicio de la siembra y cosecha, y en las marcadas y señaladas de la hacienda, pero el homenaje principal se lleva a cabo durante todo el mes de agosto, especialmente el primer día del mes.
SUPLEMENTO VOY
Cerro Sagrado. Juella es un pequeño pueblo situado a unos diez kilómetros de Tilcara, en el corazón de la quebrada de Humahuaca. Este poblado viene resistiendo un emprendimiento minero que quiere extraer uranio del «Amarillo», su cerro sagrado. Por ese motivo, desde hace tres años, la comunidad decidió hacer la ceremonia al pie de esta montaña. Desde entonces, el primer fin de semana de agosto se juntan alrededor de la apacheta (altar ritual), erigida sobre la boca que se abre en la tierra, decorada con una imagen de la Pachamama amamantando a un niño. No es una ceremonia multitudinaria, se trata de un ritual para los lugareños, unos pocos amigos y familiares que se acercan con las ofrendas. 
El hoyo. Los pobladores de Juella y alrededores abren el hoyo en la tierra, prenden el fuego, traen agua bendita, le ofrecen los productos de la zona y hasta comida regional: picante, mondongo, tamales, empanadas. Todo lo que la tierra les ofrece. Se ahúman con yuyos del lugar como el molle y las mentas o la pupusa, que traen de San Antonio de los Cobres. Y abren la Pachamama. «Si destruyen esto, se destruye todo, porque contamina», dicen los pobladores, que no utilizan agroquímicos. Aquí, ofreciendo coca, la hoja sagrada. 
Escrito en la piedra. En Amaicha del Valle, a 2.000 metros de altura y a 160 kilómetros de San Miguel de Tucumán, los miembros de esta comunidad indígena calchaquí reciben el uno de agosto a la Pacha con una vigilia íntima en sus hogares para luego dirigirse al amanecer a alguno de los cerros. Luego de abrir la boca de la tierra, los hermanos Aranda encabezan la lectura de una piedra que se escoge al azar, aunque según sus creencias es la que lo elige a uno. Una vez que se levanta del suelo, se da vuelta y se lee como un oráculo del nuevo ciclo que está por comenzar. 
Agosto es el tiempo de la Pachamama, una creencia que viene del antiguo imperio inca y se difundió por América del Sur. La «Corpachada» es el nombre de la ceremonia, que consiste en hacer un hoyo o en volver a abrir el de siempre para alimentar a la Madre Tierra. Ésta se celebra en especial en el noroeste argentino, desde la puna profunda a 3.500 de altura en San Antonio de los Cobres, pasando por la quebrada de Humahuaca en Jujuy y hasta los valles Calchaquíes tucumanos. Estuvimos allí.
Las ofrendas. A la Madre Tierra hay que darle de comer bien, así nos devuelve con un año próspero. Bandejas con comida, frutas, empanadas, coca. También se le ofrece cerveza, vino, cigarros. Y se tira papel picado, que simboliza la alegría y se adorna con guirnaldas. Una vez que termina «el convido», se le puede pedir por las riquezas, por los hijos, por el trabajo.
Rituales. En San Antonio de los Cobres, en medio de la desolada puna salteña, todos los años reciben a la Pacha el primer fin de semana de agosto. Y el último se hace una ceremonia en Tolar Grande, también en la puna. Durante la vigilia cocinan la «tistincha», una comida hecha con maíz mazorca, papas andinas, carne de cordero o de llama que debe hervir toda la noche. Al mediodía, pobladores y visitantes se juntan alrededor del hoyo cavado frente a la estación del Tren de las Nubes y van pasando a chayar o dar de comer y beber a la tierra. Una vez que se hizo el ritual a cada uno le colocan un yoki, una pulsera de hilo que funciona como amuleto y sirve como protección. Se hila al revés, de izquierda a derecha. El 31 hay que quitársela, echarle alcohol y quemarla. 
Que no se pierda la siembra. Al grito de «Jallalla, muranta y yasurupai» (viva, gracias y fuerza en aimara), representantes de los pueblos originarios vistiendo sus atuendos tradicionales reciben el mes de la Pachamama en la sede de la organización Tupac Amaru, en San Salvador de Jujuy. Encabezada por la guía espiritual Mama Quilla, amautas de El Alto, comuneros de los pueblos coyas, ancianos y sabios mburubichas de los guaraníes, los caciques de los pueblos de la nación Diaguita realizan año tras año la tradicional ceremonia, apenas pasada la medianoche del 31. Piden al «Tata Inti» o el Sol, a mamá Luna y a los cerros. Que no se hiele, que no caiga piedra, que no se eche a perder la siembra. También por sus hermanos pastores al grito de «Jallalla, jallalla, cusillla cusilla!», que en quechua pueden traducirse como «alegría y salud», como un mantra andino que se repite a lo largo de la ceremonia.
La coca. Amaicha del Valle, en los valles Calchaquíes. En la hora en que el sol cae perpendicular y se apresta a penetrar en las entrañas de la Pachamama, se hace un círculo alrededor del hoyo en la tierra y se dispone alrededor del agujero cuatro pocillos y la misma cantidad de sahumerios, cigarros encendidos y hojas de coca. Se toman cuatro hojas de coca. El cuatro o tawa es el número sagrado en la cosmovisión de los pueblos originarios. Las cuatro hojitas, los cuatro los elementos de la naturaleza y cuatro los puntos cardinales. La coca es la hoja sagrada de los pueblos andinos. 
Saludo al sol. Pobladores y visitantes se reúnen alrededor de una apacheta (altar de piedras), el lugar elegido para recibir al sol y abrir, año tras año, el hoyo donde se pide, agradece y se rinde culto a la Pachamama. Se forma un círculo alrededor y se abren los brazos al sol. Enseguida, se abre la tierra y se quitan algunos objetos materiales ofrendados el año anterior. Luego vendrá la lectura de la piedra y al mediodía las nuevas ofrendas. 
Guido Piotrkowski
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