El mismo rumbo

Sería inconcebible que un gobierno lograra el apoyo ciudadano proclamándose en favor del atraso y el caos administrativo.

Redacción

Por Redacción

Luego de la caída de Fernando de la Rúa y su reemplazo, después de una batalla interna peronista nada edificante, por Eduardo Duhalde, tanto el presidente designado como el grueso de la clase política nacional celebraron el fin del «modelo neoliberal» y el renacer de otro supuestamente menos antipático. Con cierto triunfalismo, Duhalde y una cantidad impresionante de legisladores de los orígenes más diversos hablaron de un «giro de 180 grados» y de un «rumbo» nuevo que, dieron a entender, llevaría al país hacia un destino dirigista, estatista y proteccionista que en su opinión le convendría mucho más que el impulsado por el ex presidente Carlos Menem. Sin embargo, en el tiempo escaso que ha transcurrido a partir de entonces se ha desdibujado el proyecto ambicioso de los entusiasmados por la idea de volver al «modelo» tradicional. Con sinceridad o con la intención de engañar, distintos voceros del gobierno se han sentido constreñidos a aclarar ante sus interlocutores del exterior como los emisarios del FMI y el presidente estadounidense George W. Bush que no es su intención cerrar la economía, sino que se limitarán a «defender» la producción local tal y como suelen hacerlo los gobernantes de los países desarrollados. Asimismo, aunque las presiones en favor de un régimen dirigista siguen siendo muy fuertes, las deficiencias realmente pavorosas de las instituciones estatales existentes hacen suponer que el sueño de manejar la economía desde una oficina cercana a la Casa Rosada no podrá materializarse nunca. Por cierto, sería imposible concebir lo que sucedería si trataran de erigirse en gerentes nacionales los personajes que se ofrecerían para desempeñar dicha tarea.

Mucho ha sucedido desde el colapso por falta de apoyo del gobierno básicamente radical liderado por De la Rúa: la convertibilidad ha muerto, el peso ha sido desdoblado, el «corralito», esporádicamente modificado por las autoridades, amenaza con ser una característica permanente del panorama local, un representante de la UIA -un lobby conformado mayormente por ex empresarios bonaerenses que ni siquiera procuraron ser competitivos-, se ha adueñado de un ministerio propio, la recesión se ha profundizado y el espectro de la inflación ha reaparecido. Pero si bien mucho ha cambiado, ha sido una cuestión más de detalles superficiales. Por ahora cuando menos, no se dan motivos para creer que el «rumbo» que tome el país una vez que haya salido de su situación confusa actual sea llamativamente diferente del anterior aunque, claro está, no cabe duda alguna de que el vehículo que se usará para transportarse hacia el futuro tendrá una apariencia bastante distinta.

Como ya habrán comenzado a entender los integrantes más inteligentes del gobierno duhaldista, las «alternativas» frente al país dependen menos de la inventiva de sus gobernantes que de los límites fijados por la realidad. Por cierto, sería muy difícil que un gobierno relativamente representativo optara por un «rumbo» hacia otro destino que no fuera la transformación de la Argentina en un país moderno comparable con los miembros de la Unión Europea que se hallara integrado al sistema económico internacional, dotado de una administración pública eficiente, que disfrutara de seguridad jurídica y en el que la corrupción no fuera una presencia desmoralizadora ubicua. Puede que a raíz de los desastres que hemos experimentado y las ambiciones inconfesables de muchos individuos el país termine apartándose de dicho «rumbo», pero sería inconcebible que un gobierno lograra merecer el apoyo ciudadano proclamándose en favor del atraso, el aislamiento, el caos administrativo, leyes arbitrarias y la corrupción. En cuanto a lo que dicen querer los habituados a afirmarse contrarios al «rumbo» y el «modelo neoliberal» por estar comprometidos con la justicia social y la construcción de instituciones capaces de brindar ayuda a los más necesitados, aluden a logros que no pueden encontrarse en ningún lugar, salvo en los países avanzados que a su modo encarnan el «modelo» que ellos juran odiar. En otros países, como Cuba, Corea del Norte y China, tales «conquistas» no se ven fuera de los discursos oficiales y la imaginación febril de sus partidarios.


Luego de la caída de Fernando de la Rúa y su reemplazo, después de una batalla interna peronista nada edificante, por Eduardo Duhalde, tanto el presidente designado como el grueso de la clase política nacional celebraron el fin del "modelo neoliberal" y el renacer de otro supuestamente menos antipático. Con cierto triunfalismo, Duhalde y una cantidad impresionante de legisladores de los orígenes más diversos hablaron de un "giro de 180 grados" y de un "rumbo" nuevo que, dieron a entender, llevaría al país hacia un destino dirigista, estatista y proteccionista que en su opinión le convendría mucho más que el impulsado por el ex presidente Carlos Menem. Sin embargo, en el tiempo escaso que ha transcurrido a partir de entonces se ha desdibujado el proyecto ambicioso de los entusiasmados por la idea de volver al "modelo" tradicional. Con sinceridad o con la intención de engañar, distintos voceros del gobierno se han sentido constreñidos a aclarar ante sus interlocutores del exterior como los emisarios del FMI y el presidente estadounidense George W. Bush que no es su intención cerrar la economía, sino que se limitarán a "defender" la producción local tal y como suelen hacerlo los gobernantes de los países desarrollados. Asimismo, aunque las presiones en favor de un régimen dirigista siguen siendo muy fuertes, las deficiencias realmente pavorosas de las instituciones estatales existentes hacen suponer que el sueño de manejar la economía desde una oficina cercana a la Casa Rosada no podrá materializarse nunca. Por cierto, sería imposible concebir lo que sucedería si trataran de erigirse en gerentes nacionales los personajes que se ofrecerían para desempeñar dicha tarea.

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