El modelo Lázaro

Por Redacción

El empresario emblemático de la década ganada kirchnerista fue Lázaro Báez. Gracias a su amistad con Néstor Kirchner, el excajero bancario se transformó casi de la noche a la mañana en un multimillonario cuyo negocio, Austral Construcciones, se encargó de buena parte de la obra pública del sur de la Patagonia. El hombre consiguió tanto dinero que, de haberlo manejado con un mínimo de sensatez, en la actualidad sería un magnate poderoso, dueño de una empresa consolidada capaz de prosperar sin depender de la influencia política de quienes habían sido sus padrinos, pero sucede que, a menos que tenga escondidos algunos ahorros, pronto podría caer en la indigencia. Para alarma de los muchos santacruceños que están quedando sin trabajo, su empresa está hundiéndose; en un esfuerzo desesperado por mantenerse a flote, sigue librando centenares de cheques que serán rechazados por falta de fondos y despidiendo a empleados. Para la gobernadora de Santa Cruz, Alicia Kirchner, Báez no es un aliado fiel sino un personaje que, por su inoperancia, es responsable de la mayoría de los conflictos laborales que están paralizando una provincia ya golpeada por el derrumbe de su producto más valioso, el petróleo. Con todo, si bien ensañarse con Báez es muy fácil, sería un tanto injusto culparlo por los problemas que están angustiando no sólo a los santacruceños sino también a muchos otros. A su modo, es sólo una víctima más del célebre “modelo” reivindicado con pasión por la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus admiradores más embelesados. Es que el gobierno anterior manejó la economía en su conjunto de manera virtualmente idéntica a la elegida para privilegiar a Báez y otros empresarios al repartir, según criterios netamente políticos y personales, los fondos políticos que gracias al aumento fenomenal de la presión impositiva y el boom de la soja adquirirían dimensiones gigantescas. Parecería que los kirchneristas confiaban en que al obrar así darían a la economía el impulso que necesitaría para continuar creciendo a “tasas chinas” por muchísimo tiempo más, además de crear por fin aquella “burguesía nacional” cuya ausencia angustiaba a los teóricos del populismo. Se equivocaban, claro está: de resultas de su irresponsabilidad, el país no tardaría en experimentar una combinación nefasta de recesión, una tasa de inflación muy alta, el desplome de las reservas del Banco Central y la imposibilidad de acceder a los mercados de capitales, problemas estos que heredaría el gobierno del presidente Mauricio Macri. La trayectoria empresarial de Báez se asemeja mucho a la de la economía del país que, después de disfrutar de una bonanza atribuible a la buena suerte, tiene que enfrentar las consecuencias de la miopía e inoperancia de quienes la manejaron. La única diferencia entre funcionarios como Axel Kicillof por un lado y Báez por el otro consiste en que, a diferencia del prohombre de la patria contratista, los ministros de Economía de los años últimos sabían justificar su conducta aludiendo a teorías que, en ciertos ámbitos intelectuales locales, aún suelen tomarse en serio, ya que todos compartían la convicción de que les sería dado gastar todo el dinero disponible sin preocuparse en absoluto por las consecuencias. Pero no sólo se trata del desaprovechamiento, por parte tanto de un empresario determinado como de una sucesión de ministros de Economía, de una oportunidad tal vez irrepetible para prepararse para superar desafíos que tarde o temprano surgirían. A esta altura, nadie ignora que Báez retribuía los favores que le daba el poder político alquilando muchísimas habitaciones, que no serían ocupadas, en hoteles pertenecientes al matrimonio Kirchner, lo que, como entre otros ha señalado la diputada Margarita Stolbizer, le permitiría lavar cantidades importantes de dinero negro por ser cuestión de una modalidad que es muy popular entre quienes necesitan blanquear fondos de procedencia inconfesable. Para los deseosos de saber exactamente cómo un empresario, por torpe que fuera, se las ingenió para perder miles de millones de pesos en un lapso muy breve, para entonces tratar de salvarse echando lastre en la forma de miles de trabajadores, el que sea razonable conjeturar que, de un modo u otro, mucho dinero terminó en las bóvedas presidenciales dista de ser anecdótico.


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