El mundo y los científicos
Puede que, hasta el siglo XVIII, una persona sumamente aplicada hubiera sido capaz de mantenerse al tanto de la evolución de todos –o casi todos– los distintos ramos de la investigación científica, pero desde entonces nadie ha estado en condiciones de hacerlo. Los científicos mismos están obligados a especializarse en una parte pequeña de su especialidad particular, con el resultado de que un físico familiarizado con las veleidades del protón podría no saber más sobre los avances más recientes en genética, digamos, que cualquier vecino. En cuanto a los demás, ni siquiera se esfuerzan por entender lo que están haciendo quienes, en su conjunto, están transformando el mundo en que todos vivimos. Conscientes de que tendrían que estudiar durante años para adquirir el conocimiento preciso para poder opinar con un mínimo de autoridad, se limitan a disfrutar de los productos posibilitados por el progreso, productos que, huelga decirlo, están haciéndose cada vez menos comprensibles. Es fácil entender la razón por la que no funciona una máquina de escribir o incluso el motor de un automóvil, con tal que no dependa de alguna novedad electrónica, pero cuando una computadora se niega a comportarse como es debido sólo un experto podría explicar el motivo. Ya en 1957 un novelista, político y científico británico, C. P. Snow, se hizo notorio al advertir que había una brecha creciente entre “las dos culturas”, una científica, otra humanística, y que era forzoso reducirla porque de lo contrario los gobernantes, que por lo común no sabían mucho de ciencia, no contarían con los conocimientos necesarios para tomar medidas apropiadas para los tiempos que corren. Poco ha cambiado desde entonces. Aun cuando algunos políticos actuales se hayan preocupado por temas científicos, los avances rapidísimos que se han registrado en tantas esferas significan que, como los denostados hace más de medio siglo por Snow, no sabrán mucho más acerca de la mayoría que “sus antepasados de la edad neolítica”. El prestigio de la “comunidad científica” no se ha visto afectado por el hecho de que para todos salvo sus propios colegas lo que están haciendo sus integrantes es un misterio y que, aun cuando muchos logren entender el significado de palabras como “genoma” y se hayan acostumbrado a aludir a “agujeros negros”, cuando es cuestión de comprender sus implicancias no tienen más alternativa que la de confiar en lo que les dicen los especialistas. Antes bien, ha aumentado. Hoy en día, los científicos ocupan un lugar parecido a aquel de los teólogos y taumaturgos en tiempos menos ilustrados, ya que se supone que son los únicos que pueden explicarnos lo que está sucediendo en el universo. Conforman una especie de casta sacerdotal. Aunque sería poco sensato negarse a prestar atención a lo que dicen científicos eminentes, convendría tratar sus opiniones con el mismo escepticismo que está en la raíz del método científico propiamente dicho, ya que tomarlas al pie de la letra para entonces aplicarlas a las sociedades humanas puede tener consecuencias trágicas. Por cierto, nadie se ha hecho inmune a las aberraciones políticas dedicándose a una disciplina científica. En los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial, algunos científicos, apoyados por muchos biempensantes progresistas, se entusiasmaron por la eugenesia e insistían en que, debido a la propensión de los más pobres y presuntamente menos inteligentes a tener más hijos que la buena gente, era necesario esterilizarlos porque de otro modo el género humano degeneraría. En países como Suecia y, desde luego, la Alemania nazi, además de partes de Estados Unidos, los gobiernos, aconsejados por científicos prestigiosos, no vacilaron en hacerlo. En la Suecia socialdemócrata la esterilización de personas de “raza mixta, poca inteligencia y con defectos físicos” siguió hasta 1975. El destacado novelista británico Ian McEwan dice que le gusta codearse con científicos porque en su opinión son más optimistas que los demás. A su juicio, si bien los científicos entienden que enfrentamos muchos problemas gravísimos, al menos están pensando en cómo solucionarlos, mientras que literatos como él, periodistas y académicos de formación humanística parecen convencidos de que lo bueno ya queda atrás y que, si hay un futuro, lo que propenden a dudar, será uno signado por la barbarie más absoluta. Tendrá razón McEwan en cuanto al pesimismo de muchos de cultura humanista, pero sucede que la voluntad elogiable de los científicos de “solucionar los problemas” los expone a la tentación de tratar el mundo como un laboratorio gigantesco lleno de cobayos, lo que podría resultar aún más peligroso de lo que sería actuar como si los problemas no existieran. ¿Son más optimistas los científicos que aquellos humanistas que sospechan que nuestra civilización se ha comercializado y banalizado hasta tal punto que podría precipitarse en una nueva edad oscura, una en que tanto los defensores de lo que aún se ha conservado como las hordas bárbaras que lo amenazan disponen de armas incomparablemente más destructivas que las del medioevo? Parecería que no. Después de todo, desde hace siglos miembros muy respetados de la “comunidad científica” están aterrorizándonos con sus previsiones apocalípticas. La lista de calamidades previstas por ellos se hace cada vez más larga. Hace dos décadas, lo que más les preocupaba era el riesgo de un “invierno nuclear”, una catástrofe que a juicio de algunos sería el resultado inevitable de la proliferación de armas atómicas. Otros científicos se han encargado repetidamente de informarnos de los peligros médicos que están al acecho: en cualquier momento podría atacarnos con consecuencias devastadoras un virus mutante que se mofara de nuestras pobres defensas químicas. En la actualidad, está de moda el cambio climático. Para frenarlo, científicos distinguidos dicen que será necesario modificar radicalmente el sistema económico existente, reemplazándolo por otro mucho más limpio; de lo contrario el calor nos asfixiará. Aunque muchos políticos, entre ellos el presidente de Estados Unidos y los líderes de la Unión Europea, se afirman decididos a hacerlo, es poco probable que emulen a quienes se dejaron seducir por los profetas de la eugenesia, lo que debería motivar alivio ya que los costos humanos de la desindustrialización generalizada que se ha propuesto serían con toda seguridad mayores que los de adaptarse a cambios que, según los más pesimistas de todos, ya son inevitables.
JAMES NEILSON
SEGÚN LO VEO
Comentarios
Estimados/as lectores de Río Negro estamos trabajando en un módulo de comentarios propio. En breve estará habilitada la opción de comentar en notas nuevamente. Mientras tanto, te dejamos espacio para que puedas hacernos llegar tu comentario.
Gracias y disculpas por las molestias.
Comentar