El mural porteño que Spilimbergo no firmó
Oscar Smoljan Director Museo Nacional de Bellas Artes Neuquén
Las grandes –y por sobre todo antiguas- ciudades guardan ocultos secretos artísticos, muchas veces, alejados del conocimiento del grueso de sus habitantes que discurre su vida sin saber de su existencia, y que son sólo conocidos por los pocos especialistas de siempre.
A lo largo de la historia, los artistas plásticos de todo el mundo han creado muchas de sus obras, no ya para una exposición determinada en una galería de arte determinada, sino, con un objetivo tal vez mucho más utilitario e incluso económico, como puede ser la ornamentación de un edificio, ya sea este público o privado, encargado al artista por sus dueños.
Varios edificios de Buenos Aires y del resto del país, contienen obras de arte realizadas por destacados creadores. Muchos de ellos son hoy conocidos y han sido protegidos por leyes de conservación del patrimonio urbano.
Otros no son tan conocidos, pero los expertos saben de su ubicación y también están resguardados por leyes, pero otros tantos se desconocen y su suerte está atada a la del inmueble, el cual en muchos casos ha caído, demolido por lo que llaman progreso.
No es el caso del mural que Lino Enea Spilimbergo pintó en 1955 en el hall de entrada del edificio de la calle Viamonte 867, en pleno centro de Buenos Aires.
Esta obra poco divulgada, realizada casi una década después de los grandes murales de las Galerías Pacífico, en los cuales trabajó junto a sus colegas Berni, Castagnino, Colmeiro y Urruchúa, y más de veinte años desde aquel –hoy rescatado- mural para la casa-quinta de Natalio Botana, cuya autoría se suele atribuir únicamente a David Alfaro Siqueiros, cuando en realidad éste contó con la inestimable colaboración de Spilimbergo, Berni, Castagnino y el uruguayo Enrique Lázaro.
El pequeño mural de la calle Viamonte resume muchos de los conceptos e ideas que Spilimbergo había acumulado a lo largo de su carrera no sólo en cuanto a la técnica muralística sino a toda su estética, particular e inigualada.
Considerada por los expertos más cerca del dibujo que de la pintura, el mural muestra a una madre y su hijo amenazados por un extraño animal y habla de un tema recurrente en el pintor como era los desafíos que enfrentan los seres humanos ante la adversidad.
Ese fue el último mural de Spilimbergo y, como toda obra, tiene detrás una historia.
Ya sobre el final de la obra, diferencias entre el propietario del edificio y el artista, que era tenaz a la hora de defender sus convicciones, hicieron que la relación entre ambos terminara de modo abrupto. Fiel al compromiso asumido, Spilimbergo acabó su trabajo tal y como lo había prometido, pero no lo firmó.
En octubre de 2007, cuarenta y tres años después de la muerte de Spilimbergo, la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, declaró su mural sin firma “bien integrante del patrimonio de la ciudad” y dispuso su restauración, conservación y puesta en valor. Mejor tarde que nunca.
En junio, el MNBA Neuquén recibirá la que quizá sea la muestra emblema de este año 2012: una retrospectiva del genial pintor, organizada conjuntamente con la Fundación Spilimbergo y el Museo de Bellas Artes de la provincia de San Juan, donde el artista vivió en sus años juveniles antes de marchar para Europa.
Allí podremos contemplar obras pertenecientes al MNBA, a la fundación que honra su nombre y también a colecciones privadas, que nos mostrarán como nunca se hizo en la Patagonia, a uno de los mayores exponentes argentinos de las artes plásticas, que marcó el camino de muchos que le sucedieron, y uno de los más importantes pintores del mundo.
Las grandes –y por sobre todo antiguas- ciudades guardan ocultos secretos artísticos, muchas veces, alejados del conocimiento del grueso de sus habitantes que discurre su vida sin saber de su existencia, y que son sólo conocidos por los pocos especialistas de siempre.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora
Comentarios