El narrador incansable

Por Redacción

Dos características se destacan en la literatura de Mario Vargas Llosa. Una: la pareja calidad que la define. Otra: los términos en que es trabajada cada obra. En relación con la primera, no hay baches en la producción. Desde lo puntual a lo general, la reflexión que se recoge cuando se la analiza, implica desligarse de la apreciación personal, del gusto concretamente, que se deposita por ésta o aquella novela del peruano. Pero conlleva también admitir que, cruzados los 75 años, Mario Vargas Llosa no denuncia en más mínimo atisbo de decadencia de su poder creativo. Como le sucedió, por caso, al último Julio Cortázar. En relación con los términos con que trabaja su literatura, cabe aquí una definición: tenacidad. Sostenida por una personalidad que encara el acto de escribir con saludable manía por la prosa clara, sin aquello que el mismo Vargas Llosa ha definido como “exuberancias” peligrosas que suele tener la lengua española. No hay nada de Benito Galdós ni del Valle-Inclán en Vargas Llosa. Vargas Llosa tiene singular respeto por el lector. Apuesta a que lo entienda, que se compenetre sencillamente, sin tensiones ni esfuerzos, con lo que le cuenta. Y lo logra con una perseverancia que ha definido como “hacer con gusto lo que uno sabe que sabe hacer”. En ese tren es fecundo. Trabaja y trabaja. Y cada tres años promedio, una novela. Y entre una y otra, ensayos. Obras de teatro. Periodismo. Y política, claro.


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