El papa ante el genocidio

Redacción

Por Redacción

A nadie se le ocurriría minimizar la importancia del holocausto nazi por temor a ofender al gobierno alemán de la canciller Angela Merkel. Cuando alguien lo trata como un episodio acaso doloroso pero sólo un “detalle” histórico más, como suele hacer el ultraderechista francés Jean-Marie Le Pen, los más indignados son los alemanes mismos que han tenido el coraje moral necesario para hacer frente a los crímenes atroces que fueron perpetrados por su país en los años treinta y cuarenta del siglo pasado. En cambio, a diferencia del alemán, el gobierno turco actual sigue negando que, hace cien años, sus compatriotas llevaron a cabo lo que, para sorpresa de muchos, el papa Francisco acaba de calificar del “primer genocidio del siglo XX” contra los armenios, griegos, asirios y caldeos, o sea contra las comunidades cristianas que vivían en el Imperio Otomano. Lo que quieren el presidente islamista de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, y quienes comparten su punto de vista es que el resto del mundo tome la matanza de un millón y medio de armenios, muchos de ellos mujeres y niños salvajemente asesinados, además de griegos ortodoxos, asirios y caldeos por una consecuencia lamentable de una guerra civil, para entonces olvidarla. Tal actitud hubiera merecido la aprobación de Hitler que, al poner en marcha la “solución final del problema judío”, se preguntó: “¿Quién se acuerda hoy del aniquilamiento de los armenios?”. Con todo, aunque en los países occidentales y también en la clase media urbana de Turquía misma pocos dudan de que los armenios y otros cristianos fueron víctimas de una campaña de genocidio por fanáticos sanguinarios resueltos a exterminar a pueblos enteros, los islamistas y nacionalistas turcos se resisten a reconocerlo, razón por la que el gobierno de Erdogan repudió enseguida las palabras del pontífice, afirmando que contradecían su prédica a favor de la paz y el diálogo. A su entender, para mantener las relaciones supuestamente buenas que se dan entre Turquía, para no decir el mundo musulmán, y el Vaticano, la iglesia cristiana más poderosa tendría que pasar por alto ciertos hechos irrefutables que, por desgracia, son totalmente incompatibles con la noción de que los seguidores de las religiones que se originaron en el Oriente Medio siempre hayan convivido en un clima de respeto mutuo. Aunque el papa argentino ha sido más reacio que su antecesor, el papa emérito Benedicto XVI, a recordarnos que el islam dista de ser la “religión de la paz”, como quisieran hacer pensar los optimistas, le ha tocado ocupar el trono de San Pedro en un momento en que, una vez más, musulmanes fanatizados se han propuesto borrar todos los rastros del cristianismo en las tierras que dominan. Motivó cierta sorpresa su voluntad de decirlo sin ambages, pero parecería que ha llegado a la conclusión de que, dadas las circunstancias, el silencio no es una opción, que ha llegado la hora de manifestar el horror que siente frente a las matanzas cotidianas de cristianos que difieren muy poco de las cometidas un siglo antes por los turcos otomanos y sus correligionarios. No podrá ignorar que su franqueza inusitada entraña riesgos, ya que en el Oriente Medio y África del Norte pocos comparten la pasión occidental por la autocrítica, pero dadas las circunstancias fingir creer que sólo es cuestión de incidentes aislados atribuibles a individuos determinados no sirve para nada. Tal vez sea irracional suponer que a los gobiernos actuales les corresponde asumir responsabilidad por crímenes que fueron cometidos por sus connacionales en épocas ya idas, pero se trata de una forma de subrayar el compromiso propio con valores democráticos y civilizados y de la voluntad de dejarse guiar por ellos. Al resistirse a acompañar a aquellos europeos que han procurado saldar cuentas con su propio pasado colectivo, el gobierno islamista turco está ampliando aún más la brecha cultural ya muy grande que separa a su país de la Unión Europea. Así lo entienden los europeos mismos que, a pesar de los argumentos esgrimidos por algunos políticos a favor de la eventual incorporación de Turquía a la UE, son contrarios a permitirla por ser cuestión de un pueblo que, en su mayoría, les es radicalmente ajeno y que, bajo la conducción muy autoritaria y corrupta de Erdogan, está alejándose cada vez más de sus vecinos occidentales.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Viernes 17 de abril de 2015


A nadie se le ocurriría minimizar la importancia del holocausto nazi por temor a ofender al gobierno alemán de la canciller Angela Merkel. Cuando alguien lo trata como un episodio acaso doloroso pero sólo un “detalle” histórico más, como suele hacer el ultraderechista francés Jean-Marie Le Pen, los más indignados son los alemanes mismos que han tenido el coraje moral necesario para hacer frente a los crímenes atroces que fueron perpetrados por su país en los años treinta y cuarenta del siglo pasado. En cambio, a diferencia del alemán, el gobierno turco actual sigue negando que, hace cien años, sus compatriotas llevaron a cabo lo que, para sorpresa de muchos, el papa Francisco acaba de calificar del “primer genocidio del siglo XX” contra los armenios, griegos, asirios y caldeos, o sea contra las comunidades cristianas que vivían en el Imperio Otomano. Lo que quieren el presidente islamista de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, y quienes comparten su punto de vista es que el resto del mundo tome la matanza de un millón y medio de armenios, muchos de ellos mujeres y niños salvajemente asesinados, además de griegos ortodoxos, asirios y caldeos por una consecuencia lamentable de una guerra civil, para entonces olvidarla. Tal actitud hubiera merecido la aprobación de Hitler que, al poner en marcha la “solución final del problema judío”, se preguntó: “¿Quién se acuerda hoy del aniquilamiento de los armenios?”. Con todo, aunque en los países occidentales y también en la clase media urbana de Turquía misma pocos dudan de que los armenios y otros cristianos fueron víctimas de una campaña de genocidio por fanáticos sanguinarios resueltos a exterminar a pueblos enteros, los islamistas y nacionalistas turcos se resisten a reconocerlo, razón por la que el gobierno de Erdogan repudió enseguida las palabras del pontífice, afirmando que contradecían su prédica a favor de la paz y el diálogo. A su entender, para mantener las relaciones supuestamente buenas que se dan entre Turquía, para no decir el mundo musulmán, y el Vaticano, la iglesia cristiana más poderosa tendría que pasar por alto ciertos hechos irrefutables que, por desgracia, son totalmente incompatibles con la noción de que los seguidores de las religiones que se originaron en el Oriente Medio siempre hayan convivido en un clima de respeto mutuo. Aunque el papa argentino ha sido más reacio que su antecesor, el papa emérito Benedicto XVI, a recordarnos que el islam dista de ser la “religión de la paz”, como quisieran hacer pensar los optimistas, le ha tocado ocupar el trono de San Pedro en un momento en que, una vez más, musulmanes fanatizados se han propuesto borrar todos los rastros del cristianismo en las tierras que dominan. Motivó cierta sorpresa su voluntad de decirlo sin ambages, pero parecería que ha llegado a la conclusión de que, dadas las circunstancias, el silencio no es una opción, que ha llegado la hora de manifestar el horror que siente frente a las matanzas cotidianas de cristianos que difieren muy poco de las cometidas un siglo antes por los turcos otomanos y sus correligionarios. No podrá ignorar que su franqueza inusitada entraña riesgos, ya que en el Oriente Medio y África del Norte pocos comparten la pasión occidental por la autocrítica, pero dadas las circunstancias fingir creer que sólo es cuestión de incidentes aislados atribuibles a individuos determinados no sirve para nada. Tal vez sea irracional suponer que a los gobiernos actuales les corresponde asumir responsabilidad por crímenes que fueron cometidos por sus connacionales en épocas ya idas, pero se trata de una forma de subrayar el compromiso propio con valores democráticos y civilizados y de la voluntad de dejarse guiar por ellos. Al resistirse a acompañar a aquellos europeos que han procurado saldar cuentas con su propio pasado colectivo, el gobierno islamista turco está ampliando aún más la brecha cultural ya muy grande que separa a su país de la Unión Europea. Así lo entienden los europeos mismos que, a pesar de los argumentos esgrimidos por algunos políticos a favor de la eventual incorporación de Turquía a la UE, son contrarios a permitirla por ser cuestión de un pueblo que, en su mayoría, les es radicalmente ajeno y que, bajo la conducción muy autoritaria y corrupta de Erdogan, está alejándose cada vez más de sus vecinos occidentales.

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