El parlamentarismo de Westminster

Por Gabriel Rafart

El tercer triunfo consecutivo del New Labour Party, bajo el liderazgo de Tony Blair, confirma el equilibrio y la solidez del sistema parlamentario británico. De los regímenes de este tipo existentes en el Viejo Continente, el británico prevalece por la estabilidad y duración de sus gobiernos. Al revisar la historia, comparando algunos de estos sistemas que tienen en el centro al parlamento desde donde conformar gobiernos, podemos ver la eficacia del modelo de Westminster.

Sin lugar a dudas, Italia es un caso extremo. Fueron sesenta los gobiernos y un total de veinticinco los titulares de esos ejecutivos desde la nueva era abierta en la segunda posguerra. Una administración cada doce meses. La fluidez política de los italianos fue tal que llegaron a aceptar un gobierno de apenas nueve días. El mayor logro fue sostener en sus funciones a un presidente del Consejo de Ministros durante treinta meses. Ni siquiera la segunda república nacida en 1993 que derrumbó el viejo sistema partidario de corrupción negociada obtuvo la estabilidad buscada. La acelerada descomposición del primer gobierno de Berlusconi y aquellos que le siguieron de centro-izquierda son el ejemplo de tránsito a los tumbos de la nueva república. El segundo retorno del magnate italiano se inició con mayores expectativas para el sistema político, sin que con ello se cerrara el ciclo de las crisis ministeriales y consecuentemente de un parlamentarismo débil, poco efectivo. La inestabilidad ha sido la regla entre los italianos.

La historia de Alemania -primero federal y luego unitaria- se coloca a distancia de las dos repúblicas italianas. Con veintiséis gobiernos y ocho cancilleres, pareciera que los alemanes hicieron una apuesta firme a la estabilidad de su régimen político. Sin embargo, cada uno de esos cancilleres se vio obligado a armar y desarmar tantos gabinetes como mudanzas en sus alianzas partidarias se sucedieron. Se crearon veintiocho gobiernos desde 1949, cuando la entonces República Federal Alemana retomaba la senda democrática luego de la ocupación militar y artificial división del país. Hasta el arquitecto de la reconstrucción alemana y líder político de mayor permanencia en la nación alemana y de la Europa inmediata a la posguerra Konrad Adenauer se vio obligado a armar un total de nueve gobiernos en sus dieciséis años de canciller.

Gran Bretaña ofrece un paisaje diferente, de mayor estabilidad de sus gobiernos. Un total de veinte gabinetes se formó bajo la jefatura de doce primeros ministros. El promedio de permanencia de cada uno fue de un lustro. Y desde 1979 fueron apenas tres los que ocuparon Downing Street. Thatcher lleva el récord con doce años y tres elecciones consecutivas ganadas. Blair parece seguirle con su tercer triunfo electoral. El trío Thatcher, Major y Blair puso fin a otro tiempo de veinticinco años -entre 1955 y 1979- de gran inestabilidad. Fueron años muy duros que los británicos soportaron con el orgullo acumulado, reconociéndose una potencia nuclear pero sabiendo también que las glorias de su edad imperial se habían acabado para siempre.

Es cierto que desde fines de la guerra los conservadores gobernaron durante treinta y cinco años y los laboristas el resto del período, aunque con la ventaja de estos últimos de ser iniciadores de épocas. En efecto, es el partido nacido de las Trade Unions a fines del XIX el que definió la arquitectura y naturaleza del Estado de bienestar británico en medio de la reconstrucción de posguerra. Y es también desde el mismo laborismo, ahora bajo liderazgo de Tony Blair, que se avanza en la segunda transformación para la Gran Bretaña: su participación en la construcción de una comunidad política europea.

La historia del exitoso parlamentarismo británico fue posible por un esquema de representación que, si bien se entiende con el pluralismo, acepta un inapelable esquema mayoritario. El bipartidismo efectivo es resultado y causa de esa fórmula. Por ello los británicos han sacrificado la pretensión de acercarse a la representación pura para darles oportunidad a gobiernos sólidos y duraderos. En los hechos hubo coincidencias entre conservadores y laboristas, aunque estos últimos llamaron siempre a terminar con el esquema de que quien gana se queda con todo, sin necesidad de requerir que el ganador sume por lo menos un voto más de la sumatoria acumulada de sufragios obtenidos por el resto de los competidores. En efecto, el partido de Attlee, Wilson, Callaghan y Blair siempre convocó a una reforma en el camino de la representación proporcional, pero cuando volvió al gobierno en 1997 cumplió pocas de las promesas formuladas durante los dieciocho años de dominio conservador bajo las figuras de Thatcher y Major. Aceptaron sí la representación proporcional para la elección de las nuevas asambleas de Escocia, Gales e Irlanda del Norte. También para la elección de los miembros británicos del Parlamento Europeo. En cambio, dejaron intacto el esquema mayoritario para el acceso a la Cámara de los Comunes. Los laboristas no se atrevieron a retomar la rica experiencia de reformismo electoral que en distintos momentos de la historia británica les dieron oportunidad a su ciudadanos de contar con las ventajas o desventajas del voto alternativo, la representación proporcional o la creación de distritos plurinominales. Y aún más: en su pasado pudieron llevar a cabo transformaciones acotadas pero que luego deshicieron ante la necesidad de conformar gobiernos de un solo partido. Un partido con un indiscutido liderazgo que anticipe al electorado a quién solicitará la reina ser nominado primer ministro. Tony Blair continúa esta experiencia, aun cuando, según los ruidos en el Labour Party, sea desbancado al primer año del nuevo gobierno como le ha sucedido a Margaret Thatcher, sin que con ello el parlamentarismo británico perdiera su estabilidad.


El tercer triunfo consecutivo del New Labour Party, bajo el liderazgo de Tony Blair, confirma el equilibrio y la solidez del sistema parlamentario británico. De los regímenes de este tipo existentes en el Viejo Continente, el británico prevalece por la estabilidad y duración de sus gobiernos. Al revisar la historia, comparando algunos de estos sistemas que tienen en el centro al parlamento desde donde conformar gobiernos, podemos ver la eficacia del modelo de Westminster.

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