El pesimismo está de moda
Cuando los gurúes del Fondo Monetario Internacional nos aseguran que la economía mundial seguirá avanzando a todo vapor, lo que quieren decir es que a su juicio no habrá una crisis muy grave en los meses próximos, pero si adoptan una actitud más cautelosa, es una señal de que en verdad están muy preocupados. Así las cosas, el que el FMI comparta el pesimismo que, en los meses últimos, se ha difundido en los centros económicos mundiales no ayudará a restaurar confianza. Aunque los voceros del organismo encabezado por la francesa Christine Lagarde entienden que es peligroso hablar de desastres por venir, en el informe anual que acaban de presentar prevén que, si bien en su opinión el crecimiento global continuará, lo hará a un ritmo “cada vez más decepcionante”. Advierten que la Eurozona, además de seguir sufriendo las consecuencias de inversión baja y un índice de desempleo muy alto, sufriría un golpe muy fuerte si en el referéndum del 23 de junio los británicos votan a favor de salir de la Unión Europea: según el Fondo, un “Brexit” podría “causar daños económicos regionales y globales severos”. Aún peor sería el impacto de una eventual debacle financiera china, eventualidad que los técnicos fondomonetaristas han preferido pasar por alto, ya que no quieren verse acusados de alarmismo; dicen creer que el gigante asiático logrará expandirse otro 6,2% en el 2017. Conforme a las pautas chinas, se trata de una tasa peligrosamente baja, pero motivaría envidia en el resto del mundo ya que, con la excepción notable de India, los demás países “emergentes”, sobre todo Venezuela y Brasil, están en graves apuros, y en el mundo desarrollado superar una tasa anual del 3% sería considerado toda una hazaña.
No sólo en nuestro país sino también en muchos otros, el FMI tiene la reputación de ser una entidad ultraconservadora cruel que se opone automáticamente a cualquier medida que podría beneficiar a los sectores más rezagados, pero, por desgracia, la frialdad tecnocrática que supuestamente lo caracteriza se debe menos a los prejuicios ideológicos de los funcionarios, de los cuales muchos son de origen centroizquierdista, que acompañan a Lagarde, que a la brecha que separa a los políticos de los economistas. Mientras que aquellos se ven obligados a tomar en cuenta las expectativas de sus compatriotas y por lo tanto propenden a minimizar la importancia de los límites concretos, estos a menudo tienen la costumbre antipática de advertirles que les convendría respetarlos. Es por tal motivo que los gobiernos, como el kirchnerista, el chavista en Venezuela y, por un rato, el de Alexis Tsipras en Grecia, que se enorgullecen de su voluntad de romper con el FMI e incluso con la tiranía de los números que a su entender les impiden intentar saldar “la deuda social”, suelen provocar desastres descomunales. En cambio en países, como Singapur, Suiza y Alemania, en que los gobiernos se destacan por su rigor financiero –algunos dirían, por su mezquindad–, el nivel de vida de los más pobres es superior al disfrutado por la mayoría de los integrantes de la clase media argentina.
Merced en parte a la crisis dolorosísima que en nuestro país siguió al abandono de la convertibilidad, en los años últimos el FMI se ha esforzado por brindar la impresión de ser tan solidario como cualquier agrupación progresista, pero acaso hubiera sido mejor que no se dejara presionar por los resueltos a forzarlo a adoptar una postura más caritativa que la tradicional. En tal caso hubiera tomado más en serio los riesgos que tarde o temprano afrontarían muchos países africanos y, desde luego, Venezuela y Brasil, además de la Argentina, en que con optimismo excesivo sus gobiernos apostaron a que, debido al resurgimiento vertiginoso de China, terminaría consolidándose un “nuevo paradigma” internacional que los liberaría de la necesidad de manejar con frugalidad los recursos financieros disponibles. Es que, con el apoyo anímico de muchos economistas, políticos y comentaristas de los países relativamente ricos, en América Latina demasiados gobiernos populistas se dejaron convencer por su propia propaganda. Los resultados están a la vista. Por fortuna, el colapso espectacular de la economía venezolana y la contracción abrupta de la brasileña siguen siendo fenómenos aislados, pero muchos otros países emergentes también se ven ante un futuro económico decididamente sombrío.
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