El pluralismo político que viene





La implosión del llamado «pejotismo»(1) termina siendo, en la visión de los Kirchner, una realidad imperiosa y necesaria.

Sin embargo, de acuerdo a lo observado en las últimas doce elecciones provinciales, recientemente celebradas, llama la atención que tan sólo en tres de ellas haya triunfado el partido del gobierno. Aunque rápidamente deja de llamar la atención si se piensa que Kirchner desde el comienzo de su gestión dejó de lado las estructuras del justicialismo para armar su propia fuerza política. Esta marginación del partido Justicialista por parte de un presidente peronista ha debilitado su protagonismo y, como partido, no resulta apresurado suponer su desaparición a corto plazo, tal como le pasara al radicalismo y otras fuerzas englobadas bajo la denominación de partidos políticos tradicionales, claro que respondiendo a otras razones.

¿Esta desaparición del PJ, supone la desaparición del peronismo? Desde luego que no. El peronismo sigue vivo en la cultura de vastos sectores de la sociedad y en la dinámica proselitista de la mayor parte de los dirigentes que se autotitulan peronistas. La esencia de su doctrina basada en la justicia social, celebrada con masivos actos que evocan la Plaza de Mayo pletórica de los años 40 y 50 y su innata vocación de poder no van a ser dejadas de lado.

Lo que queda como saldo de este ocaso del PJ, en tanto partido político, es una diversidad política de sectores y partidos en el esquema de poder de la Argentina, que no se veía con igual claridad desde 1983 a la fecha. Es una diversidad que rompe con las hegemonías y los intentos de homogeneizar las decisiones sin el debido debate y, antes de ello, sin los imprescindibles consensos para que la democracia tome vuelo.

Kirchner requirió, para hacerse de todo el poder, alentar la implosión del «pejotismo»; poder al que no hubiese tenido acceso si condicionaba su accionar a alianzas con los viejos protagonistas del «que se vayan todos», que quedaban aún en pie y con irrenunciable ambición de seguir influyendo decisivamente.

Además, Kirchner repudiaba ese paso que hubiese recortado su autoridad, ya que, si lo hubiese hecho, la opinión pública lo habría consagrado desde el vamos como un presidente débil. Prefirió correr su propia aventura e ir construyendo un poder sin socios que compitieran con su figura y restaran legitimidad a su gestión.

Un poder, por otra parte, inherente a la idiosincrasia peronista, que tiene bien claro en su manual de conducción política que el poder significa unidad de mando y unidad de dirección. Para ello necesitó crear nuevas estructuras con eje en su persona que aún no terminan de lograr un perfil definido. Si bien es gente de Kirchner la que mayoritariamente compone esas estructuras, hay muchas otras fuerzas, sociales, políticas y sindicales, que se han acercado y fundido a la intención presidencial. Algunas de extracción radical, otras del peronismo revolucionario, otras del socialismo y de casi todos los sectores del espectro, que fueron involucrándose en esta batalla particular de Kirchner con su partido de origen.

Entre las alianzas con sectores no peronistas, algunas han sido desembozadas y otras claramente usurpadoras de las integridades de los otros partidos, cooptando a sus mejores dirigentes, pero en esa cosecha no siempre les ha ido bien. Las garantías de un seguro triunfo electoral se han frustrado en un número significativo de casos.

Queda para el final analizar el resultado de esta transición en la que se intenta legitimar nuevas representaciones. Para ello y para seguir jugando deberán recogerse todos los naipes esparcidos en el tablero, barajar y dar de nuevo. Y ésa será misión de quien probablemente sea ungida, el 28 de octubre, como nueva presidenta de los argentinos, Cristina Fernández.

Así el país se halla frente a la coyuntura de nuevos alineamientos y del surgimiento de nuevas representaciones. No es la mejor situación política para pactar acuerdos de gestión a largo y mediano plazo, porque para ello es imprescindible un riguroso perfil institucional e ideológico de los partidos políticos, que deben cobrar nueva vigencia. Pero de lo que estamos seguros es de que se trata de la mejor situación para que los mecanismos democráticos presten sus instrumentos para mejorar la sociedad política, para curar sus desequilibrios y para aspirar a una convivencia que no oculte ni silencie la discusión de los temas que le importan a toda la sociedad.

Cristina Fernández se encontrará con un escenario muy diferente al que recibiera Néstor Kirchner. Si la vuelta al «pejotismo» no tiene retorno, la misión será reconstruir en su totalidad el nuevo tablero de la sociedad política argentina, mucho más equilibrado en la correlación de fuerzas, de más diálogo y respeto con las todas las demás fuerzas que se expresen en la sociedad plural.

Por eso tiene sentido esta apelación al diálogo que la posible futura presidenta ha propuesto en sus primeros discursos en calidad de candidata. Y aunque el mismo no sea el resultado de una apertura basada en la generosidad política, es sí la percepción anticipada de una necesidad puesta en el escenario de la historia de nuestros día por los hechos de la realidad.

 

(1) «Pejotismo»: deformación burocrática del partido Justicialista, apoyada en punteros políticos, que implica la banalización de los mecanismos internos de selección democrática.

 

OSVALDO PELLIN (*)

Especial para «Río Negro»

(*) Médico y político, perteneciente al Partido Socialista de Neuquén.


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