El presidente y el papa

Por Redacción

Como pudo preverse, la reunión que el sábado pasado celebró el presidente Mauricio Macri con el papa Francisco se ha prestado a diversas interpretaciones. Mientras que los oficialistas procuran subrayar lo positivo, señalando que los dos mandatarios quieren dar prioridad a la lucha contra el narcotráfico y la corrupción que lo ayuda a penetrar en todos los sectores de la sociedad, otros dicen que les impresionó más “la frialdad” del encuentro que algunos atribuyen a la actitud del presidente frente al capitalismo, que es uno de los blancos favoritos de las homilías papales, y otros a su apoyo pasivo al llamado “matrimonio igualitario”, entre otros asuntos, cuando era el jefe de gobierno de la capital federal y el cardenal Jorge Bergoglio era el arzobispo de Buenos Aires. Sea como fuere, aunque es de suponer que a Macri le gustaría contar con el respaldo anímico del Vaticano, no parece preocuparle demasiado la eventual postura que adopte el papa argentino frente al gobierno que encabeza; en términos bíblicos, su mundo es el de César, el del pontífice es de Dios. Mientras que Macri tiene que dar prioridad a problemas concretos para los cuales no hay soluciones fáciles, Francisco puede darse el lujo de reivindicar principios elevados, lo que, huelga decirlo, es una ventaja muy grande. Además de deplorar las consecuencias de la inflación, puede oponerse con vehemencia a cualquier intento de frenarla que tenga un impacto adverso en el poder adquisitivo de los ya muy pobres. No es necesario ser un idealista, laico o religioso, para entender que al país le beneficiaría muchísimo si el gobierno lograra aproximarse a la meta tal vez inalcanzable de “pobreza cero” que el presidente se ha fijado. Lo que para personas como Bergoglio es una prioridad moral o espiritual, para otros, incluyendo a los más convencidos de la superioridad del orden capitalista liberal, es una cuestión de sentido común. Una sociedad en que casi la mitad de la población vive en pobreza no puede aprovechar debidamente los recursos humanos que posee. No sólo al papa sino también a muchos izquierdistas ateos les molesta la propensión de los economistas a privilegiar el consumo y hablar de temas como “el mercado laboral”, tratando según ellos a las personas como si fueran cosas, pero por indigno que les parezca la calidad de vida de la mayoría abrumadora depende casi por completo de la evolución de la economía que, en la Argentina, ha sido lamentable merced en buena medida a la influencia negativa de una alianza informal de eclesiásticos, izquierdistas y populistas. En los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial el “despegue” económico de países de tradiciones católicas como Irlanda, Italia y España, que les permitió reducir –y en algunos casos cerrar– la brecha que durante más de un siglo los había separado de sus vecinos del norte de Europa, fue posibilitado por el desprestigio de la institución que había aportado tanto como el comunismo o más a la lucha contra el capitalismo moderno. A juzgar por lo que dice Macri, entiende muy bien que favorecer a una pequeña minoría acomodada sólo serviría para consolidar el subdesarrollo. Para que la Argentina dejara atrás la larguísima etapa de decadencia que se inició a comienzos del siglo pasado, tendría que incorporar a la economía formal a todos aquellos que están, o podrían estar, en condiciones de contribuir algo al bien común. Resistirse a hacerlo sería no sólo inmoral, como diría el clero, sino también contraproducente, puesto que ningún país puede prosperar a menos que colabore el grueso de la ciudadanía. Como a esta altura debería ser evidente, los esquemas paternalistas reivindicados por clérigos, izquierdistas y populistas amigos del clientelismo, en los que los pobres figuran como víctimas de la maldad capitalista a los que los integrantes de una elite iluminada deberían rescatar, sólo sirven para perpetuar un statu quo nada satisfactorio. Tal forma de pensar sigue atrayendo a muchos, en parte porque, como el papa, se formaron en una sociedad dominada política e ideológicamente por variantes del populismo, y en parte porque les permite llamar la atención a su propia superioridad ética, contrastando su propia solidaridad emotiva para con los “excluidos” con la indiferencia, o peor, que creen típica de quienes no comparten sus opiniones.


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