El primer paso de un hombre
“Anudarse bien la corbata es el primer paso importante que un hombre debe dar en la vida”, decía Oscar Wilde. Dos científicos de Cambridge se tomaron en serio esta máxima y escribieron un libro sobre los nudos.
Mucho tenía que ver la corbata con el magnetismo de Sean Connery, la rebeldía de Elvis, la elegancia de Cary Grant o la ambigüedad sexual de Marlene Dietricht; una prenda inútil para unos, imprescindible para otros, pero que persiste temporada tras temporada y siempre suscita un dilema: ¿cómo se ata?
Para resolverlo, como si de un fenómeno de ingeniería nuclear se tratara, dos físicos de la Universidad de Cambridge, Thomas Fink y Yong Mao, han aunado estética y no pocas fórmulas matemáticas, integrales y derivadas para descubrir que existen “85 maneras de anudarse una corbata”, como precisamente se titula el libro fruto de este estudio, editado ahora en español por Debate.
“Anudarse bien la corbata es el primer paso importante que un hombre debe dar en la vida”, fue una de las frases antológicas del dandy entre los dandies, Oscar Wilde, quien la escribió en 1891 cuando aún no había más que una forma de atarse la corbata, el llamado “four in hand”, aunque ya era la joya imprescindible en el fondo del armario masculino y el regalo más socorrido en fechas navideñas y cumpleaños.
Después, de Oriente, llegaría el nudo oriental, conocido porque fue el que Charles Chaplin popularizó con su inolvidable Charlot.
Más tarde se harían populares el Nicky, el Kelvin y en la década de los cincuenta, quizás el más conocido: el Windsor, que a diferencia de la creencia popular no fue inventado por el duque de Windsor, ni tan siquiera por su sofisticada esposa, la norteamericana Wallis Simpson, ya que la lazada del “rey destronado” era tan sólo una variación del nudo simple aunque más grueso de lo normal.
Así, hasta 1997, cuando se presentó en Italia el último lazo descubierto: el Pratt o Shelby.
Ni pajaritas, ni chalinas, ni pañuelos, ni cuellos Mao. Ni tan siquiera los vientos hippies, mucho más livianos que las sufragistas quemando a lo bonzo sus corsés, han conseguido que el hombre rehúya del “yugo y tiranía de la corbata”, una prenda que no ha estado exenta del paso del tiempo y que actualmente, aseguran los autores al alimón, se encuentra en su momento “más estético gracias a su simetría y equilibrio en formas”.
Pero hasta llegar a esta situación, muchas han sido las fases que ha pasado esta tirilla de tela, tanto en su amplitud y su extensión como en su confección, oscilando desde las puntillas y los lazos almidonados del primer tercio del siglo XIX, a las chorreras de los sesenta o las combinaciones de tejidos y el corte al biés.
“Las 85 maneras de anudarse una corbata” recoge una conocida frase del galán de cine mudo Douglas Fairbanks, que decía que “el hombre mejor vestido es el que menos llama la atención”. Sin embargo, el cine y, después, la televisión, han sido uno de los principales escaparates de las tendencias de la moda, y sus estrellas los modelos de excepción.
Así, entre complicados croquis de lazadas, desde los cuatro movimientos y un solo centro hasta los nueve en cuatro ejes, el lector puede descubrir por ejemplo que la Dietricht era una habitual del Christensen, un nudo que deja la corbata con extremos cuadrados y la cruz se hace visible, el mismo que utilizaban los cómicos Laurel y Hardy.
Cary Grant, en cambio, utilizaba una compleja lazada de ocho movimientos y Fred Astaire, el Kelvin, otro nudo de dos movimientos ajustado con prendedores y tan impoluto como sus pasos de claqué.
Como curiosidad, “Las 85 maneras de anudarse una corbata” apunta que el gran innovador de esta prenda no fue un hombre de la cultura, ni del cine, ni del espectáculo, sino un naviero griego no muy agraciado físicamente: Aristóteles Onassis, que volcaba uno de los extremos de la corbata por encima del propio nudo. (EFE)
Dime tu nudo y te diré quién eres
Dicen que cuando la corbata es buena nadie mira los zapatos. De manera que podríamos entrar en “patas” a la mansión del embajador en Londres y el diplomático ni su señora se darían cuenta. El cine, algunos músicos y Jorge Valdano lo saben.
Mickey Roorke, un amante del placer, las mujeres rubias y el dinero en “9 semanas y media”, usa un nudo grueso antes de quitárselo para quitarle a su vez los últimos restos de vestido a la exuberante Kim Bassinger. Héctor Helizondo, obsesionado por el trabajo en su función de administrador del “Chicago Hope”, en cambio no tiene tiempo para bebidas lujuriosas. Y su nudo es chiquito.
Joaquín Sabina, en los ’80, solía usar corbata en presencia de algunas mujeres…pero sólo la corbata. El resto era un enorme desnudo. Winton Marsalis, el brillante trompetista, lleva corbatas de seda; Peter Falk, en “Columbo”, de trapo de segunda. En “División Miami”, Rico viste rigurosa ropa de seda también y corbatas de colores tenues, pero su compañero de aventuras Sonny Crocket, nunca puso una en su armario. El teniente Castillo, las compra breves y negras. Filosas como sus golpes de karate. El padre de “El chico de la moto” en “La ley de la calle” es dueño de un traje barato, con la corbata torcida, bebe whisky y cerveza sin prisa. Rusty James “curte” remeras. A veces manchadas con sangre. Rick, en “Casablanca”, recibe a Ingrid Bergman, lustrosamente combinado. Corbata, gomina, cigarro en mano. El alma hecha añicos.
Jorge Valdano impuso el traje al borde de la cancha de fútbol. Ganó el torneo español hace unos años combinado con elegancia. Su jugador emblema Fernando Redondo es un apasionado de la buena ropa, después de los cortos se enfunda Armani. Exclusivamente Armani.
Charles Ingals usó pajarita para el casamiento de su hija, George Clooney posó para GQ con traje y corbata gris, pero en general va por la vida con remeras negras. No admite que nada interfiera con su rostro. (C.A.)
Mucho tenía que ver la corbata con el magnetismo de Sean Connery, la rebeldía de Elvis, la elegancia de Cary Grant o la ambigüedad sexual de Marlene Dietricht; una prenda inútil para unos, imprescindible para otros, pero que persiste temporada tras temporada y siempre suscita un dilema: ¿cómo se ata?
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