El psicópata se devoró aThomas Harris
Su personaje resultó un éxito pero ¿podrá el escritor librarse de su creación?
Dicen quienes lo conocen que el célebre personaje de Hannibal Lecter nació cuando el escritor norteamericano Thomas Harris cruzó la verja de alta seguridad del centro de seguimiento de asesinos seriales que el FBI tiene en Quantico.
Allí, el autor concibió a un psiquiatra transmutado en psicólogo de ojos marrones y seis dedos en su mano izquierda, al que presentó en unas pocas páginas de «El dragón rojo», un título inspirado en un poema de William Blake, luego llevado al cine como «The Hunter» (El cazador).
En este libro surge la primera imagen de Lecter, en la celda, donde fue a parar después de asesinar a nueve personas y haber dejado inválidas a dos; tenía sobre su pecho un ejemplar del «Gran dictionaire de cuisine», de Alejandro Dumas, y se aprestaba a ayudar al FBI a capturar a un feroz asesino.
Siete años más tarde, en «El silencio de los corderos» (llevada luego al cine por Jonathan Demme, con el mismo nombre, aunque en la Argentina se conoció como «El silencio de los inocentes»), Harris da vida a un nuevo personaje, un contrapunto de Lecter: Clarice Starling, aprendiz del FBI.
A Starling la envían a entrevistar a Lecter para encontrar a otro asesino serial, apodado Buffalo Bill, y a partir de traumáticas experiencias infantiles, se establece una corriente de simpatía entre ambos protagonistas, que la veta cinematográfica profundizó con un éxito de taquilla muy superior a las otras adaptaciones cinematográficas de los libros de Harris.
Sin embargo, la fama no aceleró la escritura del norteamericano que tardó once años en entregar Hannibal, libro que vendió por adelantado centenares de miles de ejemplares, mientras su autor, afincado en Miami se dedicaba a la gastronomía -es chef y enólogo- y a contarle historias a sus amigos.
Sureño, hijo de una profesora de ciencias y de un ingeniero eléctrico, de niño Harris vivió entre libros, y como reportero del «Waco News Tribune» de Texas, se especializó en la sección policial, familiarizándose con crímenes y asesinos.
Tras seis años como reportero de Associated Press, en Nueva York, se inspiró en los sangrientos Juegos Olímpicos de Munich de 1972 para su primera novela «Domingo negro», que trata sobre un grupo de terroristas árabes dispuestos a bombardear a un dirigible sobre un estadio, también adaptada al cine. Pero luego apareció el personaje de Lecter, que fagocitó a Harris con su irresistible encanto y el escritor no pudo imaginar otras historias.
La versión en español de «Hannibal», publicado a fines del año pasado en Buenos Aires, por Grijalbo Mondadori, presenta a lo largo de más de seiscientas páginas a un Thomas Harris fascinado por figuras reales.
Andrew Cunanan, el suicida asesino gay del modisto Versace, Ted Bunny, uno de los más conocidos asesinos en serie de los Estados Unidos y Pietro Pacciani alias el monstruo de Florencia, quien enviaba por correo a la policía italiana los órganos genitales de las mujeres que mataba, cuyo juicio siguió Harris en persona.
En esta novela, el autor vuelve sobre la figura de Clarice Starling, con su carrera estancada en el FBI, debido a los celos generados por su precoz eficiencia.
A partir de una operación frustrada contra una fábrica de drogas, en la que se produce un tiroteo y Clarice mata a una traficante que lleva a su bebe en una mochila, parece declinar su carrera y su fe, concentrada en la bondad de instituciones como el FBI.
Tantos contratiempos, preanuncian cambios en el interior de la sensible Clarice que es rescatada de la ignominia para seguir el rastro del doctor Lecter.
El personaje de Lecter, en Hannibal, alcanza perfiles caricaturescos, al revelarse como hijo de un conde lituano y de una Visconti, primo del pintor Balthus, entre otros detalles, que son simplificados en la versión cinematográfica de la novela, por cuyos derechos Harris recibió diez millones de dólares.
Lecter pasa de citar a Marco Aurelio, a realizar complicadas operaciones matemáticas, toca con su clavicordio «Las variaciones Goldberg» y diserta sobre el arte renacentista como conservador del archivo Capponi, en la bella Florencia.
Harris relata la infancia de Lecter, durante la cual sus padres fueron asesinados por soldados alemanes en retirada y su hermana, Mischa, comida por tropas nazis, una explicación al canibalismo de Hannibal (detalles estos que son obviados en la película), que aparece aquí mucho más humanizado.
Y el escritor crea en «Hannibal» un rival para Lecter, un delirante ex-paciente llamado Mason Verger, que se arrancó la piel de la cara bajo efectos de las drogas provistas por el doctor, para dárselas a sus perros.
Verger anima gran parte de la novela preparando su venganza, mientras alimenta una piara de gigantes cerdos carnívoros y justifica a otra serie de personajes más o menos siniestros, que el cine en su necesidad de síntesis reduce a la mitad para no vulnerar la trama del libro, ya de por sí bastante complicada.
Para el final, la versión cinematográfica prefirió detenerse un capítulo antes que Harris, para ofrecernos una cena de sesos, que provoca hilaridad, aunque Stephen King consideró que «Hannibal es con «El exorcista», de Peter Blatty, una de las dos novelas populares más aterradoras de nuestro tiempo».
Una lástima, porque el escritor norteamericano imaginó un escenario sudamericano, para más precisión en Buenos Aires, donde Starling y el doctor Lecter asisten a una velada de gala en el teatro Colón, unidos como dos almas gemelas.
Una idea abandonada por el director Ridley Scott, que prefirió continuar con el contrapunto Lecter-Starling, quizás con la mira puesta en los dividendos de una próxima continuación de la serie. (Télam)
Dicen quienes lo conocen que el célebre personaje de Hannibal Lecter nació cuando el escritor norteamericano Thomas Harris cruzó la verja de alta seguridad del centro de seguimiento de asesinos seriales que el FBI tiene en Quantico.
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