El “recreo quieto” o la renuncia a educar
Opiniones
Marcelo Antonio Angriman – angrimanmarcelo@gmail.com
En los últimos años, con el fin de evitar accidentes, muchos directores de escuelas porteñas han prohibido que los alumnos corran durante el recreo. Así lo revela un informe publicado por el diario “Clarín” del 19 de noviembre. El estudio revela que por el temor a lesiones de los alumnos y posibles conflictos legales, muchos directivos de escuelas capitalinas han dispuesto que en los recreos escolares reine la quietud. Tales medidas, desafortunadamente, han extendido sus fronteras a algunos establecimientos del interior del país. Del “Barómetro de la Deuda Social” de la UCA se desprende que al 37,5% de los educandos no se le permite el movimiento corporal en las pausas interhorarias. También que el varón es menos pasivo que la mujer y que estos números no difieren entre escuelas públicas y privadas. El impedir que un niño se mueva durante un recreo atenta contra su propia naturaleza. Mantener a un chico inmóvil durante toda una jornada escolar no sólo afecta su concentración, sino que alienta a que esa energía contenida drene en indisciplina. Ante una generación de “cabezas gachas” en la que las pantallas han eclipsado los juegos físicos de antaño, imponer la pasividad en los recreos es un verdadero despropósito. Convertir el patio de la escuela en un templo de monjes tibetanos dista mucho del espíritu con el que esos espacios fueron creados: la recreación y el juego en movimiento. Si a todas estas cuestiones sumamos el afligente crecimiento de la obesidad infantil en nuestro país (cuatro de cada diez alumnos padecen esta enfermedad) y el sedentarismo en general (el Ministerio de Salud de la Nación estima en un 65% la población inactiva para este año) poco costará entender lo desacertado de la medida. Al decir de Fernando Laiño, de la Fundación Instituto Superior de Ciencias de la Salud, “el sedentarismo, por sus efectos en la salud, es el nuevo tabaquismo”. El investigador asimila la negación del recreo activo con una comparación elocuente: “Es como decirle a un chico con angina que si se porta mal no le vas a dar el antibiótico”. La prohibición de realizar actividad física en los recreos por temor demuestra un marcado desconocimiento por parte de quien dispone dicha medida: en primer término, por cuanto soslaya la prioritaria necesidad de movimiento en edades tempranas y el derecho del niño al juego (artículo 31 de la CIDN) y, en segundo lugar, se ignora mayormente cuáles son los alcances legales de la responsabilidad civil, cuestión que se disiparía si se capacitara adecuadamente al docente sobre el particular. Palabras como “negligencia”, “imprudencia”, “impericia”, “responsabilidad” y “culpabilidad”, entre otras, no suelen ser explicadas al docente y aparecen así los fantasmas propios de quien desconoce sus derechos y obligaciones. Resulta primordial, entonces, que a partir del dominio de cuestiones elementales de Derecho se puedan despejar temores y se prevenga adecuadamente; no para dejar de hacer, sino para hacer mejor. Simplificar la cuestión en la prohibición de movimiento, en un claro mensaje de que “muerto el perro se acabó la rabia”, evidencia además facilismo e ineptitud; facilismo, por cuanto la prohibición posa su mirada en el propio directivo, sin reparar en el perjuicio que provoca en el destinatario de la tarea educativa. Prohibir como justificativo para no hacer constituye un fraude moral educativo inaceptable para quien ejerce la docencia. La ineptitud se sustenta en la incapacidad de generar alternativas viables de juegos activos en los recreos donde se minimice el riesgo de sufrir accidentes. En tal sentido, y en un claro giro de timón, unas 70 escuelas primarias participaron durante el 2015 del programa Recreos Activos, que propone enseñarles a los chicos a jugar de otra manera, con control de los docentes. Debe tenerse en cuenta que el juego en su estado puro, tal como el que se evidencia en los recreos, es una instancia de formación tan o más importante que la áulica, ya que el menor se socializa representando roles y sujetándose a reglas, muchas veces, autoimpuestas. El recreo debe estar supervisado por docentes, dentro de normas de convivencia institucionales preestablecidas que permitan la aplicación de reconocimientos y restricciones, la utilización rotativa de los espacios y el uso –en caso de existir– de materiales. Prohibir el movimiento de un niño en el recreo, en resumen, constituye la renuncia lisa y llana a una inmejorable oportunidad de educar. Por fortuna, este tipo de prohibiciones será parte del pasado con la ley 27197 de Lucha contra el Sedentarismo, promulgada el 12 de noviembre, que promueve en su artículo 5 su implementación dentro del Consejo Federal de Educación. En cuanto a las escuelas, establece que se deberá promover que en las horas de recreación se incluya la actividad física, promoviendo la participación de los familiares de los alumnos. La norma impedirá la discrecionalidad del director del establecimiento, posibilitando que el recreo activo y controlado pueda ser una real instancia de aprendizaje. (*) Abogado. Profesor nacional de Educación Física. Docente universitario
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