El regreso de Tato en forma de libro
Santiago Varela, uno de sus guionistas, recopiló los monólogos.
BUENOS AIRES (Télam).- La voz de Tato Bores -quien inició sus célebres monólogos televisivos hace exactamente cincuenta años- vuelve a escucharse desde las páginas del libro «Monólogos de Tato», a cargo de quien fue uno de sus guionistas, Santiago Varela, en una edición que publicó el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.
El personaje desnudaba la sociedad y sus dirigentes, aunque Varela cuenta que «muchas veces lo único que hacíamos era poner en evidencia cómo se mostraban ellos mismos. Algo parecido a lo que hace TVR ahora. Nosotros usábamos la palabra en lugar del tape».
El libro, que compendia fragmentos de los monólogos de Tato Bores (1927-1996), cruza el relato vertiginoso del personaje de peluca y frac, en un texto desopilante y realista a la vez, y alterna el chiste con la denuncia en un lenguaje popular pleno de refranes, guiños y locuciones de la calle.
El retrato del personaje lo hace Varela: «Una especie de otro yo más reo, más porteño, que dice las palabras… te canta la justa. Fulano dijo tal cosa, mengano dijo esto, el ministro lo otro, pero la justa te la digo yo para que la entiendas. Ese era el discurso de Tato».
Según Varela, la vigencia de Tato se debe a que «pasan las mismas cosas; incluso hay personajes que son los mismos aunque más viejos: los «Gordos» (por cierta dirigencia sindicalista), algunos gobernadores, muchos intendentes del Gran Buenos Aires… También se mantiene la impunidad, la violencia y la ley del gallinero».
El público al que se dirigía Tato, el era de clase media y alta: «Básicamente los sectores informados, que leían los diarios; gente interesada por la política y que se divertía con las caricaturas que hacíamos porque conocían al original. En los gobiernos militares la llegada al público fue mayor».
El guionista -convocado por Bores en el 87 y que trabajó para el
capocómico hasta 1993- define a un personaje para nada escéptico: «Tato vivió golpes de estado y censura, pero era un demócrata, creía en las instituciones; sobre todo en los comicios, donde 'meter el sobre en la ranura era como un orgasmo'». Los libretistas de Tato fueron varios -Landrú, César Bruto, Jordán de la Cazuela, Oscar Blotta, entre otros- todos a la tarea de construir un mismo personaje: el de la peluca, anteojos y frac; aunque piensa Varela que quizá haya sido Jordán de la Cazuela: «El que primero delineó el personaje».
Bores, que trabajó casi cuatro décadas en la televisión hizo del monólogo su especialidad. En sus monólogos, el chiste convive con una denuncia cruda, amplificada por el tono mordaz. Para Varela, chiste y denuncia van de la mano: «Y la ironía es la base del humor político. Eso incluye el texto, la mirada, el gesto, la forma de decirlo».
Tato habla inmerso en una especie de caos, una Argentina dada vuelta, de crápulas, de hipocresía. A uno de sus interlocutores, «José Sentido Común» le ponen un chaleco de fuerza, mientras alguien respira aliviado y dice sentirse un porteño normal… porque le acaban de robar. El humor político -según Varela- siempre se centra en la crítica de lo que no funciona».
Un tema recurrente era la economía, ¿acaso el tema que más interesa a los argentinos?: «Luego del Proceso y Martínez de Hoz, la tablita, el FMI, las devaluaciones, los cambios de moneda, la economía era la tortura cotidiana para el ciudadano común. La entrega del país fue la entrega de los recursos económicos».
El lenguaje de los monólogos es popular en un sentido amplio, salpicado con algún lunfardismo y sin la cuota de insulto que caracterizan al humor televisivo de hoy. El mismo Tato se refirió al tema, cuando dijo que la televisión actual estaba dedicada «a la joda, a los entretenimientos y a la nada». «A Tato -que venía del teatro de revistas- le molestaba la puteada como chiste en sí mismo. Por eso cuidábamos lo que decíamos».
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