El relativismo triunfante

El multiculturalismo relativista plantea un desafío no sólo a conservadores como el Papa que temen por el futuro de la cultura occidental sino también a los progresistas.

ay que sentir cierta simpatía por el papa Benedicto XVI, el teólogo alemán que antes de convertirse en obispo de Roma se llamaba Joseph Ratzinger y se granjeó una reputación temible por la contundencia de sus juicios. Como corresponde a quien se ha propuesto librar una guerra a muerte contra el relativismo en nombre de verdades eternas, se sabe obligado a reivindicar la superioridad de su propio credo, pero toda vez que lo hace estallan protestas tan virulentas que se siente constreñido a suavizar sus palabras, o sea, relativizarlas. Es lo que hizo luego de citar a un emperador bizantino que por motivos comprensibles no quería para nada a los musulmanes por su costumbre de difundir el islam por medio de la yihad, y también lo hizo hace un par de días después de afirmar en el transcurso de su visita a Brasil que «el anuncio de Jesús y su evangelio no comportó una alienación de las culturas precolombinas, ni una imposición de una cultura extranjera».

Tal aseveración es claramente falsa, pero por tratarse del jefe de una iglesia de pretensiones universales el Papa no puede aceptar que el catolicismo sea sólo una manifestación de una cultura determinada, la europea. Tiene que hablar como si estuviera convencido de que al adoptarlo los pueblos indígenas, lo mismo que los paganos europeos de un milenio o más antes, se liberaron de supersticiones primitivas, y por lo tanto deberían sentirse agradecidos, lo que, claro está, ofende sobremanera no sólo a quienes están tratando de rescatar los ritos de sus antepasados sino también a los muchos occidentales que creen que su propia civilización es tan inenarrablemente perversa que sus representantes deben hacer penitencia por sus pecados y suplicar perdón al resto del género humano. En opinión de quienes piensan así, la colonización de América fue una empresa criminal sin atenuantes y sería ridículo suponer que el cristianismo es mejor que cualquier otro culto, incluyendo, desde luego, el de los aztecas, los incas y otros pueblos del continente avasallado.

Es probable que la civilización occidental haya sido la única en que una parte muy influyente de la elite cultural se especializa en denigrarla mientras elogia los logros en su opinión más admirables de casi todas las otras. Aunque en ocasiones griegos, romanos, chinos y árabes exaltaban las virtudes rudas de ciertos pueblos bárbaros, sus elogios en tal sentido eran limitados, equiparables a los que podría formular un chovinista occidental impresionado por las proezas atléticas de un etíope. Desde su punto de vista, cuestionar su propia superioridad carecía de sentido. Por cierto, nunca se les ocurrió que hubiera algo tan irremediablemente malo en sus propias tradiciones que decir que son mejores que las demás y que sería bueno que todos lo entendieran sería considerado un exceso extremista. En cambio, hoy en día es rutinario oír a eminencias académicas, literarias y quienes se dejan guiar por ellos hacer gala de su indignación cuando un político tiene el mal gusto de hablar mal de las modalidades ajenas y manifestar el orgullo que siente por lo hecho por sus propios compatriotas.

El resultado de esta actitud que combina el entusiasmo por la autocrítica colectiva con la negativa a criticar a no occidentales aun cuando perpetúen lo que según las pautas a las que adhieren en su propio país son crímenes de lesa humanidad es el multiculturalismo, una ideología que propone que por ser todas las culturas igualmente respetables los habitantes de los países europeos y sus descendientes de ultramar no tienen derecho alguno a pedirles a los demás acatar sus reglas. No todas las consecuencias de tanta tolerancia han sido benignas. En un lapso muy breve, Europa ha adquirido una comunidad musulmana de 20 millones o más de personas de lealtades y costumbres que a menudo son incompatibles con las nativas. Algunos gobiernos de la Unión Europea han tratado de acomodarlas con leyes destinadas a restringir la libertad de expresión so pretexto de que a veces la aprovecha gente contraria a los musulmanes, e incluso en países en que no se ha llegado a tal extremo las elites colaboran autocensurándose como sucedió cuando un diario danés publicó aquellas caricaturas de Mahoma que tanto enfurecieron a los fieles. Aunque era evidente que los dibujos anodinos del profeta eran de interés público y, de todos modos, en Europa es habitual desde hace muchos años que humoristas traten con desdén a los símbolos cristianos, sólo un puñado de medios se animaron a reproducirlos, una señal de respeto que no impidió que los presuntamente ofendidos celebraran manifestaciones violentas en docenas de ciudades. Si la historia de nuestra especie nos enseña algo, esto es que la convivencia entre las comunidades musulmanas que se han formado y los comprometidos con un estilo de vida que es radicalmente diferente será muy pero muy difícil, cuando no imposible, razón por la que es de prever que el porvenir de Europa sea sumamente conflictivo.

El multiculturalismo relativista plantea un desafío no sólo a conservadores como el Papa que temen por el futuro de la cultura occidental sino también a los progresistas. En Europa, América del Norte y América latina, éstos suelen ser paladines de los derechos humanos, el feminismo y la liberación sexual, pero sucede que en ciertas otras partes del mundo los poderosos, que con frecuencia disfrutan del apoyo decidido de la mayoría de la población local, están a favor de la pena de muerte tanto para asesinos, ladrones y corruptos como para adúlteras, homosexuales y apóstatas, además de estar resueltos a mantener bien subordinadas a las mujeres que son ciudadanas de tercera. En la década de los setenta del siglo pasado, los militares que gobernaban la Argentina se quejaban con amargura del «imperialismo de los derechos humanos» de aquellos norteamericanos y europeos que denunciaban los abusos que cometían, pero pocos tomaron en serio la noción de que merced a las hipotéticas diferencias culturales les era legítimo secuestrar, torturar y asesinar a argentinos. En cambio, en la actualidad abundan los progresistas que se preguntan si los derechos humanos no deberían considerarse una excentricidad occidental y son reacios a levantar la voz cuando quienes los pisotean son productos de una cultura que es distinta de la suya. En cuanto a los militantes feministas, con muy escasas excepciones se han negado a preocuparse por el destino nada envidiable de sus «hermanas» en los países brutalmente machistas del Tercer Mundo porque, dicen, si lo hicieran estarían colaborando con el imperialismo yanqui.

Los persuadidos de que una civilización cuyas elites ya no confían en la superioridad de sus propias tradiciones tiene los días contados suponían que desde su baluarte en el Vaticano Ratzinger intentaría contraatacar, lo que acaso estimularía a los comprometidos con la Ilustración a ser menos pusilánimes en defensa de los valores no religiosos supuestos por la fe en la razón, la libertad intelectual y la tolerancia mutua a menos que ella implique pactar con criminales, pero parecería que al Papa no le gustan las polémicas. Antes bien, como tantos otros teme apartarse de lo «políticamente correcto», motivo por el que ya se ha acostumbrado a batirse en retirada al darse cuenta de que un comentario suyo ha provocado un escándalo. Aunque sus vacilaciones puedan justificarse, sobre todo en el caso de los indígenas americanos que, además de recibir «el anuncio de Jesús y su evangelio», fueron barridos por los colonizadores europeos que, como ha sucedido en tales circunstancias a través de los milenios, obraban con ferocidad despiadada, sirven para brindar la impresión de que ni siquiera el Papa es capaz de mantenerse firme frente al relativismo que condena, a diferencia de los clérigos musulmanes más influyentes que, al igual que los marxistas de antaño, no se sienten atribulados por dudas de clase alguna, lo que hace pensar que en una época hambrienta de certezas la institución que encabeza continuará perdiendo terreno.

JAMES NEILSON


ay que sentir cierta simpatía por el papa Benedicto XVI, el teólogo alemán que antes de convertirse en obispo de Roma se llamaba Joseph Ratzinger y se granjeó una reputación temible por la contundencia de sus juicios. Como corresponde a quien se ha propuesto librar una guerra a muerte contra el relativismo en nombre de verdades eternas, se sabe obligado a reivindicar la superioridad de su propio credo, pero toda vez que lo hace estallan protestas tan virulentas que se siente constreñido a suavizar sus palabras, o sea, relativizarlas. Es lo que hizo luego de citar a un emperador bizantino que por motivos comprensibles no quería para nada a los musulmanes por su costumbre de difundir el islam por medio de la yihad, y también lo hizo hace un par de días después de afirmar en el transcurso de su visita a Brasil que "el anuncio de Jesús y su evangelio no comportó una alienación de las culturas precolombinas, ni una imposición de una cultura extranjera".

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