“El relato K se

Junto al sociólogo Marcos Novaro, Eduardo Levy Yeyati ha colocado blanco sobre negro la naturaleza del poder del kirchnerismo y su reproducción, un sistema que -como señalan- requiere asumir la realidad vía ficciones para seguir gobernando.

Por Redacción

entrevista: A Eduardo Levy Yeyati, coautor de “Vamos por todo”

CARLOS TORRENGO

carlostorrengo@hotmail.com

— El título del libro que escribe con Novaro es, en sí mismo, una definición que, tratándose de uno sobre política, es cultural e ideológica. ¿Cómo llegaron a ese título?

— Buscando al kirchnerismo en sus propios términos, en cómo se reflexiona, en cómo se ve en tanto protagonista de la historia. El “vamos por todo” lo aporta el kirchnerismo, ya que en su momento fue slogan de campaña de la propia Cristina. Pero, a su vez, es una frase con doble uso, porque también la oposición apela a ella para ilustrar la voracidad por la acumulación de poder que despliega el kirchnerismo. La asume como “vienen por todo”. Una lectura que se funda en la propia confesión del kirchnerismo. Lo mismo pasa con el término “modelo”.

— ¿En qué sentido es un elemento cohesionador hacia el interior del kirchnerismo?

— Por lo menos para caracterizar su política, definirla en términos de partes integradoras de un todo. No hay kirchnerista que no hable del “modelo”, basta seguir los medios. Pero a la vez la oposición habla del “modelo” negando su existencia en cuanto a lo que debe ser un “modelo”…

— ¿Qué es el kirchnerismo en relación al peronismo? Ustedes en el libro resisten ciertos diagnósticos -el de Beatriz Sarlo, por caso- en cuanto a una cierta especificidad del kirchnerismo que le abre las puertas a durar. También hay quienes desde el plano académico hablan de “etapa superior del peronismo”.

— No se trata de resistencia, sino de un creciente convencimiento de que alrededor de este tema no estamos en condiciones de decir desde argumentos sólidos qué es el kirchnerismo en relación al peronismo, y si durará o no. Pensemos desde la historia, la cercana: ¿qué se pensaba del menemismo en el ´95? Tal vez en ese tiempo a alguien también se le ocurrió, en tanto las ideas que aplicó Menem, hablar del “posperonismo” o del “peronismo más liberal o pragmático”, pero miremos en qué terminó ese proceso. Tenemos la impresión de que para hablar de este tema, de etapas, hay que ser mucho más modestos. Esperar.

— ¿Pero a hoy, qué es el kirchnerismo en relación al peronismo?

— En todo caso una de sus versiones en una historia en que el peronismo ha tenido varias. Por lo pronto no engloba a todo el peronismo; está resistido. Esto implica un problema para sentar raíces muy fuertes de cara al futuro. Hay que esperar.

— Sin embargo, en el libro queda claro que para reproducir poder el kirchnerismo depende cada vez más de los recursos del Estado.

— Y este es su problema, por supuesto. Y en todo nuestro trabajo está presente este condicionante, como lo es el reto que implica la inflación. Todo el trabajo es severamente crítico a estilos, formas, decisiones conque el kirchnerismo maneja el poder… Pero esto no es contradictorio con que tengamos prudencia en cuanto a la prolongación o no del kirchnerismo en el poder. Es más, decimos que en una década, el kirchnerismo nos acostumbró a confundir gestión con toma de decisiones y definir o buscar soluciones sin mayor elaboración en el manejo de ideas. Y así abrir el camino a pagar costos o simplemente hacer nacer problemas más complicados que los que se querían resolver.

— Hagamos historia contrafactual. ¿Con Kirchner la economía estaría mejor? Broda dice que lo extraña en el manejo del superávit, las reservas…

— Esa es una ilusión en la que cae mucha gente. Hoy hay un relato del nestorismo en oposición al cristinismo, que habla de esa diferencia. Pero, no es tan así, como lo señalamos en el libro. Por lo pronto, no hace tanto que Kirchner se fue. No hay un lapso tan grande como para, eventualmente, hablar de un antes y un después. Además, muchas de las decisiones paradigmáticas del kirchnerismo, incluyendo el uso de reservas para pagar deuda y el intervencionismo en el Indec y que hablan de un deterioro grave de la responsabilidad en el manejo de las cuestiones públicas, fueron adoptadas por Néstor como piloto. Decisiones que ya hablan de autoritarismo, de pensamiento acrítico por parte de quien las tomó. Yo creo que la diferenciación que suele hacerse entre uno y otra, es algo ficticia e incluso hay cierto oportunismo o mucho, en todo caso, en esas reflexiones.

— ¿Oportunismo en línea a qué?

— A criticar a Cristina. Nestorismo y cristinismo tienen una continuidad, sólo que lo que cambiaron fueron las condiciones externas. Ante esto hay un cambio en la manera de responder.

— Aunque no es una novela, pero usted sabe de ese género y con éxito (*), se puede leer el libro de ustedes desde la propuesta que hizo Cortazar para su “Rayuela”: sin ir capítulo por capítulo. Cuando se lee el capítulo dedicado al Indec, ya se asume cómo es el sistema de ejercicio del poder kirchnerista. ¿Esa decisión es la madre del sistema de decisiones del kirchnerismo?

— No sé si la madre. En esa intervención -y así lo decimos-, se expresa algo de lo que definimos como “ominosa anticipación” de lo que serán los tiempos por venir -fue en enero del 2007- en relación al estilo Kirchner. Explica lo abrupto, la intransigencia, el confrontar… ir por el todo y también por el cortoplacismo que alienta la decisión de intervenir. Pero no es una intervención más, neutra. Es una intervención a la realidad desde el convencimiento de desvirtuar la realidad. Porque lo que Néstor Kirchner hacía es no aceptar la realidad: la inflación crecía y crecía desde el 2006. Se intenta un acuerdo de precios a través de Moreno. Fracasa. En enero del 2007 la inflación es del 2 %. Ante eso, había dos caminos. Uno: aceptar la realidad y poner en marcha políticas antiinflacionarias. Dos: si no se quiere aceptar la realidad, por motivos electorales como fue el caso, bueno interviene la realidad, interviniendo el Indec para tocar los datos de la inflación… para ocultar la realidad. Luego, la intervención, en tanto práctica, se extiende a otros índices: pobreza, asociada a la inflación; luego los datos de crecimiento. Se hace cosmética.

— ¿Qué se transforma en cultura en el ejercicio del poder?

— Hace a un relato que se pone en marcha desde el kirchnerismo: intervenir la realidad cuando ésta se vuelve en contra de la voluntad del poder. Buscan preservar ficticiamente la realidad promisoria que tenía el poder en el 2005 e incluso gran parte del 2006; no les interesa en términos de admitir que la realidad está mudando.

— ¿Le interesa al kirchnerismo la política como plano de reflexión? Porque la política, como mínimo, obliga a reflexionar dónde se está parado.

— Le interesa el poder. Y se ha retroalimentado desde esa convicción: poder y más poder. Por eso le perturba la realidad que le marcha en dirección contraria a sus intereses.

— ¿Eso implica ir a los extremos en materia de gambetear esto o aquello?

— No sé si es ir a un extremo. Sí es un acto de negación.

— ¿Pero cuál es el destino de un protagonismo de esa naturaleza?

— Creerse su propio discurso. Dejar de hacer, no pensar en lo que debe hacerse. Es decir, el kirchnerismo ajusta diariamente la realidad a su propio discurso. Es un ajuste estéril. Necesita que su discurso converja siempre con el relato virtuoso de sus primeros años. Así, se olvida de la gestión y se concentra en la intervención destinada a ese acople.

— Cuando se presentó el libro en la Universidad Di Tella, en los corrillos previos se hablaba del título que tiene el capítulo dedicado a la 125: “A matar o morir”. ¿Esencia del relato kirchnerista?

— En realidad, el kirchnerismo ha basado muchos de sus relatos en grandes derrotas… abreva en ellas. El conflicto con el campo y su consecuente derrota con el voto de Julio Cobos fue uno de los mojones del relato kirchnerista que habla de mayorías acosadas por sectores minoritarios y poderosos. Y así apela a escenarios de lucha contra esos sectores. Un imaginario épico que lo alienta, como gobierno, a generar iniciativas que le permitan conservar poder, reproducirlo aun desvirtuando la realidad.

(*) En su despuntar por la literatura, Eduardo Levy Yeyati, con su novela “El juego de la mancha”, fue finalista del Premio Sudamericana-La Nación edición 2005 y finalista con “Culebrón” en el Premio Letra Sur 2010.