El río Neuquén no fue un león fácil de domar

Antes de la construcción del puente ferroviario, para cruzar de una orilla a la otra se habilitaron los servicios de balsas. Pero solo funcionaban cuando las crecidas bravas lo permitían.

Dominar el río Neuquén no fue tarea fácil por allá, por 1800. Bravo por su caudal y su corriente, parecía un desafío casi imposible para quienes intentaban cruzar de una orilla hacia la otra. El territorio del Neuquén debía resolver los inconvenientes que le ocasionaba su geografía distante del centro de poder, es decir Buenos Aires y su puerto.

El Archivo Histórico Municipal y el museo Paraje Confluencia ofrecen un recorrido fotográfico por aquellos días en que aún no existía el puente ferroviario.
Los medios de traslados claves fueron la balsa y el barco a vapor que utilizaban para el cruce de las familias que llegaban a asentarse en estas tierras y de sus enseres.

Sin embargo, “los servicios de balsas frecuentemente paralizados por las crecientes y con filas interminables de vehículos esperando su turno, llegó a ser la más grave demora del progreso y no se solucionó hasta la habilitación del puente. Si bien se podía pasar por el puente-dique de Contralmirante Cordero, había que hacer un rodeo de 70 kilómetros”, recuerda la gente de masneuquen.com.


Luego vino la construcción del puente ferroviario, pero los problemas no se acabaron. Al principio, solo se podía pasar a pie y como no tenía calzada, era necesario ir pisando durmiente a durmiente, asumiendo el vértigo por la correntada del río.


Más tarde, el espacio entre rieles se fue cubriendo con chapas clavadas sobre los durmientes, haciéndose así menos insegura el cruce de las personas. Las balsas coexistieron con el puente ferroviario hasta 1937, cuando se inauguró el carretero.

Si surgían requerimientos policiales, las balsas debían funcionar sin horario y gratuitamente para el servicio oficial.


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