El sueño de Domínguez
En abril de 1986, cuando el entonces presidente Raúl Alfonsín propuso hacer de Viedma la capital federal, muchos reaccionaron atribuyendo la idea a su presunta voluntad de distraer la atención de la ciudadanía de los problemas socioeconómicos que ya amenazaban con hundirlo. Quienes pensaron así no se habrán equivocado por completo, pero la iniciativa de Alfonsín, que se vio convalidada por el Congreso nacional, se inspiraba en algo más que una fantasía escapista. Por cierto, no era descabellado suponer que la incapacidad aparente del país para salir del subdesarrollo se debía en parte al poder de atracción irresistible de una sola ciudad portuaria. A pesar de sus imponentes dimensiones geográficas, la Argentina es uno de los países más urbanizados de la Tierra, con una proporción claramente excesiva de sus habitantes aglomerada en una pequeña fracción de su territorio: la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y el conurbano bonaerense. Aunque generaciones de “revisionistas” han denunciado esta realidad que, según los más vehementes, fue el resultado de una siniestra conspiración anglosajona para depauperar el interior, los escasos intentos de modificarla no han prosperado. Tal y como están las cosas, todo hace prever que la propuesta recién formulada por el titular de la Cámara de Diputados, y tercero en la línea de sucesión presidencial, Julián Domínguez, sufrirá el mismo destino que la de Alfonsín. Si bien no le interesa obligar a los miembros de un futuro gobierno nacional a adaptarse “al viento, al sur, al frío” que en opinión del radical eran característicos del clima de Viedma, ya que el peronista preferiría que enfrentaran el calor del norte del país, en términos políticos su planteo parece aún menos oportuno, ya que ha coincidido con la agonía del proyecto kirchnerista. Como siempre parece ser el caso, a juicio de la mayoría no es hora de perder el tiempo hablando de reformas estructurales ambiciosas. Pensar en las ventajas de trasladar la sede del gobierno a un lugar del interior dista de ser extravagante. Ya lo hicieron los estadounidenses, canadienses, australianos y, huelga decirlo, brasileños, motivados por el deseo de separar el poder político del económico. Así y todo, lo que en el pasado podía considerarse lógico no aportaría tantos beneficios en la actualidad. Merced al progreso vertiginoso de las comunicaciones electrónicas, las distancias físicas importan cada vez menos. Según los miembros del gobierno nacional, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner pudo administrar el país con facilidad desde su refugio en El Calafate, uno de los lugares más alejados del mundanal ruido del planeta; si bien en opinión de muchos cometió un error tras otro, las deficiencias así supuestas no se debieron a su ubicación geográfica. Aunque podría argüirse que, de haberse concretado hace más de veinte años el sueño patagónico de Raúl Alfonsín, la evolución política del país sí hubiera sido distinta, a esta altura tratar de hacer de Tucumán, Salta, Santiago del Estero o una ciudad totalmente nueva la capital nacional sólo serviría para molestar mucho a buena parte de la elite política del país. Que lo que el ensayista Ezequiel Martínez Estrada calificó de “La cabeza de Goliat” y el francés André Malraux de la “capital de un imperio que nunca existió” ha constituido un problema es evidente, pero puede que ya sea demasiado tarde para procurar solucionarlo privando a la ciudad autónoma de su estatus jurídico, sobre todo si la alternativa consistiera en privilegiar un lugar de tradiciones feudales. Con razón o sin ella, Alfonsín creía que la Patagonia era tierra de pioneros y que de una manera u otra la mentalidad así supuesta incidiría de forma muy positiva sobre los dirigentes nacionales si tuvieran que mudarse a Viedma. Mal que bien, no se puede decir lo mismo del norte del país. Si es verdad que el medioambiente influye en la conducta de las personas, reubicar el gobierno nacional en una zona cuyos políticos siempre se han destacado por su apego a nociones no meramente conservadoras sino premodernas no ayudaría en absoluto a llenar el país del dinamismo y el afán de cambio que tanto necesita. Antes bien, contribuiría a la consolidación de aquellas actitudes y prácticas que lo ha mantenido atrasado en comparación no sólo con América del Norte, Europa y Asia Oriental sino también con algunos vecinos.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 17 de enero de 2014
En abril de 1986, cuando el entonces presidente Raúl Alfonsín propuso hacer de Viedma la capital federal, muchos reaccionaron atribuyendo la idea a su presunta voluntad de distraer la atención de la ciudadanía de los problemas socioeconómicos que ya amenazaban con hundirlo. Quienes pensaron así no se habrán equivocado por completo, pero la iniciativa de Alfonsín, que se vio convalidada por el Congreso nacional, se inspiraba en algo más que una fantasía escapista. Por cierto, no era descabellado suponer que la incapacidad aparente del país para salir del subdesarrollo se debía en parte al poder de atracción irresistible de una sola ciudad portuaria. A pesar de sus imponentes dimensiones geográficas, la Argentina es uno de los países más urbanizados de la Tierra, con una proporción claramente excesiva de sus habitantes aglomerada en una pequeña fracción de su territorio: la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y el conurbano bonaerense. Aunque generaciones de “revisionistas” han denunciado esta realidad que, según los más vehementes, fue el resultado de una siniestra conspiración anglosajona para depauperar el interior, los escasos intentos de modificarla no han prosperado. Tal y como están las cosas, todo hace prever que la propuesta recién formulada por el titular de la Cámara de Diputados, y tercero en la línea de sucesión presidencial, Julián Domínguez, sufrirá el mismo destino que la de Alfonsín. Si bien no le interesa obligar a los miembros de un futuro gobierno nacional a adaptarse “al viento, al sur, al frío” que en opinión del radical eran característicos del clima de Viedma, ya que el peronista preferiría que enfrentaran el calor del norte del país, en términos políticos su planteo parece aún menos oportuno, ya que ha coincidido con la agonía del proyecto kirchnerista. Como siempre parece ser el caso, a juicio de la mayoría no es hora de perder el tiempo hablando de reformas estructurales ambiciosas. Pensar en las ventajas de trasladar la sede del gobierno a un lugar del interior dista de ser extravagante. Ya lo hicieron los estadounidenses, canadienses, australianos y, huelga decirlo, brasileños, motivados por el deseo de separar el poder político del económico. Así y todo, lo que en el pasado podía considerarse lógico no aportaría tantos beneficios en la actualidad. Merced al progreso vertiginoso de las comunicaciones electrónicas, las distancias físicas importan cada vez menos. Según los miembros del gobierno nacional, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner pudo administrar el país con facilidad desde su refugio en El Calafate, uno de los lugares más alejados del mundanal ruido del planeta; si bien en opinión de muchos cometió un error tras otro, las deficiencias así supuestas no se debieron a su ubicación geográfica. Aunque podría argüirse que, de haberse concretado hace más de veinte años el sueño patagónico de Raúl Alfonsín, la evolución política del país sí hubiera sido distinta, a esta altura tratar de hacer de Tucumán, Salta, Santiago del Estero o una ciudad totalmente nueva la capital nacional sólo serviría para molestar mucho a buena parte de la elite política del país. Que lo que el ensayista Ezequiel Martínez Estrada calificó de “La cabeza de Goliat” y el francés André Malraux de la “capital de un imperio que nunca existió” ha constituido un problema es evidente, pero puede que ya sea demasiado tarde para procurar solucionarlo privando a la ciudad autónoma de su estatus jurídico, sobre todo si la alternativa consistiera en privilegiar un lugar de tradiciones feudales. Con razón o sin ella, Alfonsín creía que la Patagonia era tierra de pioneros y que de una manera u otra la mentalidad así supuesta incidiría de forma muy positiva sobre los dirigentes nacionales si tuvieran que mudarse a Viedma. Mal que bien, no se puede decir lo mismo del norte del país. Si es verdad que el medioambiente influye en la conducta de las personas, reubicar el gobierno nacional en una zona cuyos políticos siempre se han destacado por su apego a nociones no meramente conservadoras sino premodernas no ayudaría en absoluto a llenar el país del dinamismo y el afán de cambio que tanto necesita. Antes bien, contribuiría a la consolidación de aquellas actitudes y prácticas que lo ha mantenido atrasado en comparación no sólo con América del Norte, Europa y Asia Oriental sino también con algunos vecinos.
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