El tango como hecho cotidiano
Un músico que propone melodías sencillas y humor.
Después de «Por estos barrios» (2001), Omar Giammarco acaba de presentar su segundo álbum, «Dame un beso» ahondando su acercamiento al tango, la milonga, el candombe y la murga, con una peculiar mirada, melodías sencillas y gotitas de humor.
En el último disco participan Liliana Herrero en «Por los techos», Dolores Solá en «Jamás escucharás mi adiós», los percusionistas Eduardo Avena y Jorge Platero, «Pollo» Viola en trompeta y Alejandro Nuin en flautas. Y junto a Giammarco en voz líder, guitarra y bajo, completan su quinteto la violinista Mariana Cañardo, Alejandro Goldberg en acordeón, Carlos Bisurgi en contrabajo y Marcelo Frezia en batería.
Padre de un hijo, Tomás, afirma que el tango histórico «está lleno de alusiones a situaciones que nos contaron, que imaginamos y añoramos sin haberlas vivido. En mi primer disco hay una grabación de mi abuela cantando, mi abuelo acompañándola en bandoneón y mi papá recitando… Al tango lo puse en el lugar donde estuvo siempre, que trasciende lo musical. Para quien vive en Buenos Aires, es parte del paisaje».
«A mí, invariablemente, me pareció que aparte de una música era un montón de cosas más que nos definían y cuando empiezo a dedicarme a la murga, el candombe y la milonga, los veo muy relacionados con el mundo tanguero. Descubrí que no me interesaba tanto su cuestión ortodoxa musical e histórica, sino también vivirlo como hecho cotidiano. Soy un músico de treinta y tantos años que hace esto por vivir acá, porque es su ADN. Lo hago naturalmente -no tengo por qué intelectualizarlo- con todo lo del pasado que trae mi cabeza y lo que influyó en mi formación. A la vez, sin ánimo de romper nada, sino de continuar la riquísima y variada historia tanguera».
– Por otro lado, no me imagino un planteo intelectual
cuando Aníbal Troilo tenía tu edad y componía, o que Enrique Cadícamo, Enrique Santos Discépolo se lo propusieran…
– Seguro… Uno tiene la obligación y la fatalidad de ser contemporáneo. Aunque hay mucha gente interesada en recrear el sonido de los '40, como la época más cristalizada del tango, si comparamos la Guardia Vieja, con Julio De Caro, Troilo o Astor Piazzolla, se ve un hilo conductor que es la esencia, pero en sonoridad, forma y lo demás, todo el tiempo está cambiando.
– ¿Y por qué no seguir haciéndolo?
– Totalmente. Me parece que es el deber de todo aquel que se acerque al género. Hasta es una cuestión de amor para que continúe.
– ¿Cómo ves el recorrido entre el primer trabajo discográfico y el segundo?
– Hay un desarrollo y me gusta sentir que lo planteado en «Por estos barrios», lo tomé y lo llevé un poquito lejos; con él, descubro mi lenguaje y después me queda profundizarlo cada vez más. Esa es la apuesta en cada CD. Me parecen estaciones interesantes en un largo recorrido, sobre todo porque -como hablábamos antes- hay un quiebre creativo en la música popular argentina en general y en estos géneros con los que trabajo; tenemos la continuidad cuarenta, cincuenta años atrás. Y me siento muy bien, me parece absolutamente honesto lo que hago, me refleja cien por cien, considerándolo como un camino. En cinco años no me veo grabando música brasileña o rock, voy a seguir metiéndome donde lo mío me lleve.»
– En esto que planteas en primera persona, cuál es el rol de tus compañeros de quinteto?
– Son piezas clave. Además formamos un equipo; hace ya cuatro años que trabajamos juntos. Nunca hubo cambios, en los recitales nadie mandó reemplazo. Es complicado lograrlo en un proyecto que tiene mi nombre. Ellos creen en él y se nota. Todo esto se amasa en los ensayos. Tenemos un vivo muy bueno, muy fuerte y para mí, cambiar a cualquiera, modificaría automáticamente el sonido, aunque el reemplazante toque el mismo instrumento.
– En el color tradicional del tango, el bandoneón es fundamental pero en tu quinteto hay acordeón…
– Por varias razones. La lógica sería que no veo al acordeón sólo sino en relación tímbrica con el violín. En ambos discos, hacen unísono o distintas voces de una misma melodía, pero lo que más me interesa en el timbre resultante de los dos juntos; nos define y me gusta. Así lo pensé. Además me da más ductilidad que un bandoneón, puede sostener la armonía, hacer melodías y tiene más timbres. Por otro lado, mi abuelo (Rogelio «Tito» Mosquera, que tocó con Roberto Firpo y otros grandes) era bandoneonista y una figura muy fuerte para mí. Al principio fue una situación de respeto no poner bandoneón, que para mí era él. Me regaló su instrumento, yo estudié un tiempo y nada impide que lo utilice dentro de dos años.
– La violinista viene de una formación académica, clásica, por así llamarla…
– Mariana tiene una fuerte historia con el tango, es nieta de Osvaldo Fresedo y toca el violín que le regaló su abuelo. Si bien tiene esa educación, tocó mucho tango… Ninguno de los integrantes del quinteto viene directamente de estos géneros, pero a todos les gustan. El balance hace que por momentos sonemos como conjunto de cámara, como tangueros y como un grupo murguero o de rocanrol. En los discos utilicé más instrumentos y todo se cuidó de otra manera, pero en los conciertos pasamos de algo muy sutil a momentos roqueros.
– Justo acá, aparece Marcelo Frezia con un instrumento nada frecuente en el tango…
– La batería está básicamente puesta en la murga, el candombe, las milongas, todo lo de importante raíz negra. En los tangos usa escobillas y hay temas en los que no toca. En la historia del tango no me gusta cómo queda la batería; me parece que se probó y no anduvo; su cadencia es muy cambiante como para ceñirla en un sólo patrón rítmico. En nuestras milongas, murgas, candombes es básica y en los tangos, es un color; sugiere más de lo que toca…” – Sigue Carlitos Bisurgi en el contrabajo. – Este instrumento es quizá la decisión más complicada y más rica. En los discos hay temas con bajo eléctrico, en vivo tocamos con contrabajo. En los más potentes no tiene tanto rango para aliarse con la fuerza de la batería, por eso trabajamos efectos que ubican su sonido entre eléctrico y acústico. Sonamos sutiles, pero también tenemos la potencia del rock, no escatimamos energía. Y Carlos tiene una actitud distinta; es raro tener un contrabajista tan enérgico… – Finalmente, cómo te definirías en lo instrumental y vocal? – En general, escribo todo lo que tocamos. Compongo y arreglo casi a la vez. Si bien me gusta mucho el vivo y cantar, lo que mejor me cuadra es componer y arreglar. Ahora, a partir de estos trabajos, empecé a tomarme más en serio como cantante y es algo que disfruto muchísimo. Aquí y en las letras, noto más anclaje con el tango; voy logrando una inflexión en la voz y en lo que se dice, que remite a su esencia.” – ¿Apuntás al fraseo, al modo de expresar, cuando hablás de tomarte más en serio como cantante? – Sí. Entre los dos discos noto una evolución, pero la mayor diferencia está en lo vocal. En el segundo es más tanguero mi modo de cantar. Y no fue pensado, se dio a medida que tocábamos todos los fines de semana. Gané en fraseo, tengo más graves, coloco mejor la voz. Lo descubrí después de escuchar “Dame un beso”, no durante el proceso.
Eduardo Rouillet
Nota asociada: Un poco de historia
Nota asociada: Un poco de historia
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