El temor a la competición
En los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, varios gobiernos de Europa occidental adoptaron como propia la ominosa consigna “exportar o morir”. Fue su manera de advertir que, a menos que sus países lograran vender sus productos en el exterior, no tardarían en encontrarse en dificultades gravísimas. Por fortuna, nunca nos hemos visto en una situación tan terrible como la enfrentada por los europeos hace setenta años, pero el que tantos hayan supuesto que la Argentina debería estar en condiciones de autoabastecerse ha tenido consecuencias muy negativas. Si bien es agradable darse el lujo de mirar al resto del mundo por encima del hombro por suponer que podríamos prescindir de él, la falta de interés en participar del comercio internacional ha contribuido mucho a la depauperación progresiva del país. Al acostumbrarnos al papel del espectador compasivo de lo que sucede en otras latitudes, no aprovechamos la etapa de crecimiento rápido de aproximadamente tres décadas –calificados de “los treinta gloriosos” por franceses nostálgicos– que transformó Europa occidental. Tampoco hemos sabido acompañar el enriquecimiento veloz de países de Asia oriental en otras décadas igualmente “gloriosas” que aún no han terminado. ¿A qué se debe el desprecio por el comercio internacional que ya parece congénito a la cultura política argentina? Puede que se haya debido a que la actitud resumida por una consigna política que es radicalmente distinta de la europea “vivir con lo nuestro” ha incidido poderosamente en el pensamiento no sólo de las elites sino también de buena parte de la población. Mientras que en otros países, entre ellos Uruguay, los gobiernos han privilegiado las exportaciones a tal punto que a veces han perjudicado a los consumidores internos, aquí es normal sacrificar mercados en el exterior en aras de “la mesa de los argentinos”. Lo ha hecho en diversas ocasiones el gobierno kirchnerista por entender que le convendría más asegurarse algunas ventajas políticas pasajeras de lo que sería arriesgarse hablando de los beneficios a largo plazo que nos supondría continuar aumentando las exportaciones. Mientras duró el boom de los commodities, pareció limitada la influencia de la propensión oficial a tratar el intercambio comercial como un ardid imperialista, una forma astuta de saquear a países pobres, tesis ésta que, gracias al recién fallecido escritor uruguayo Eduardo Galeano, en los años setenta del siglo pasado se hizo popular entre los contestatarios latinoamericanos. Con el precio de la soja –producto que, por suerte, no consumimos– por las nubes, el país disfrutó de un superávit comercial significante. Sin embargo, al reducirse los precios de la soja y otros commodities agrícolas, el superávit se ha achicado. De no haber sido por la voluntad del gobierno de mantener a raya las importaciones por los medios que fueran, la balanza comercial ya estaría en rojo pero, de más está decirlo, privar a las empresas de insumos importados que necesitan para funcionar acarrea costos muy altos. Asimismo, las medidas tomadas para impedir que las compañías giren utilidades al exterior –se estima que 13.000 millones de dólares están esperando la oportunidad para irse– han frenado las inversiones, ya que escasean los deseosos de correr el riesgo de verse atrapados en un país que no puede permitirles repatriar al menos algunas ganancias. Siempre y cuando no sea cuestión de productos como la soja o de un recurso natural, exportar significa competir. Aunque no existen motivos para suponer que los empresarios nacionales son menos capaces que sus equivalentes en otros países, la cultura proteccionista es tan fuerte y las trabas inventadas por el gobierno de turno tan engorrosas, que raramente pueden probar suerte en los mercados extranjeros más exigentes y por lo tanto más lucrativos. Por desgracia, es poco probable que cambie mucho en los próximos años. Aun cuando el gobierno que surja de las elecciones venideras se sienta comprometido por principio con la liberalización, cualquier apertura, por mínima que fuera, sería denunciada en seguida como un intento de destruir por completo la industria nacional y, con ella, millones de puestos de trabajo, razón por la que es de prever que la Argentina seguirá manteniéndose aislada para vivir con lo poco que le brinde lo suyo.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Martes 2 de junio de 2015