El triciclo azul

Columna semanal

Redacción

Por Redacción

LA PEÑA

La verdad, me emocioné al verlo. Impecable, pequeño y gigante a la vez. El triciclo tal cual lo pudimos disfrutar de niño.

Guadabarros cromados en las tres ruedas, las gomas con la banda blanca y los rayos relucientes. Una pequeña bocina cromada adornaba el manubrio y un azul metalizado con filetes blancos se imponía en el cuadro.

Lo tenían guardado en la casa de un conocido para su nieto, pero cuando su nieto tuvo edad para usarlo no quiso y prefirió uno moderno de plástico.

Claro, tal vez a esa edad uno ni siquiera alcance a dimensionar la reliquia que significa por estos días un triciclo de esas características.

Uno conducía y el otro se podía parar con un pie en el eje de las ruedas traseras sin ningún temor. Con el otro pie sobre el piso podía impulsar el triciclo sin necesidad que el conductor pedalee.

Era fantástico tenerlo impecable, brilloso, un lustrametal alcanzaba para devolverle la magia del día en que los Reyes Magos lo dejaron sin envoltorio en la puerta de nuestra habitación.

Qué maravilla subirse y partir con destino a la vereda y no parar hasta dar toda la vuelta a la manzana. Nada más ni nada menos que 400 metros recorridos apenas estaba empezando su vida infantil. Ese día me quedó grabado por siempre, porque ni siquiera me importó cómo estaba vestido, apenas lo vi salí con el triciclo en mano, bajé corriendo los siete escalones que había en casa y lo puse en la vereda. A la vuelta, tras mucho pedal, lo estacioné en el frente de casa, con la rueda delantera en 45 grados, como se estacionan los autos de verdad.

Sentí que todos los que pasaban lo miraban y al que no lo veía por sus propios ojos se lo recordaba. Esto me trajeron los Reyes, decía orgulloso con una zapatilla en el asiento del triciclo, como si fuera un guitarrero que apoya su pie para tocar mejor.

No recuerdo un regalo mejor que ese en tiempos donde el esfuerzo era mayúsculo. Era el gran regalo que nos garantizaba juego sin parar. Sólo se prestaba con la condición de caminar al lado para vigilar de cerca cómo lo trataban.

Una vida entera después lo volví a ver. Un abuelo lo guardó para su hijo y su hijo para el suyo y así pasaron años. Sólo que esta vez quien tenía que verlo se deslumbró con el plástico.

Jorge Vergara – jvergara@rionegro.com.ar


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