El último gran héroe

Hace 33 años era asesinado Oscar ´Ringo´ Bonavena. La fascinación por la vida del ídolo no pierde vigencia.

¿Se habrá imaginado Willard Ross Brymer aquella madrugada que el hombre abatido a sus pies no era otro que el personaje más popular que el boxeo argentino había dado en toda su historia? ¿Habrá sospechado este guardaespaldas que respondía a las órdenes de un famoso mafioso de Nevada que el hombre al que acababa de ejecutar agujereándole el pecho de un escopetazo, lo despidieron en su funeral más de 200 mil personas?

Durante gran parte de su existencia y a quien quisiera escucharlo, Ringo afirmaba que moriría a los 33 años: «a la edad de Cristo», decía. Como en un presagio perverso, el 22 de mayo de 1976 Oscar Natalio Bonavena puso a prueba su suerte y encontró la muerte en la puerta del harén de Joe Conforte: el Mustang Ranch. Un burdel a las afueras de Reno, una ciudad a la que Ringo llegó buscando la gloria, pero que sin embargo terminó encontrando su tumba.

Hace 33 años, la premonición de Ringo se cumplía tal cual lo había anticipado. Lo que seguramente el entrañable fanfarrón de Parque Patricios no proyectó fue la forma y el lugar en que su vida llegaría a su fin: alejado de su hábitat natural -el gimnasio y los rings-, y demasiado cerca de un entorno viciado de juego, alcohol, drogas y prostitución.

Antes de partir hacia Reno, Bonavena hizo su última pelea en el país ante Raúl Gorosito en el Luna Park. Corrían los finales de 1975. Diez años antes, en el mismo escenario, Ringo tuvo su actuación consagratoria en el templo del boxeo nacional de Corrientes y Bouchard. Desafió y le ganó al estilista Gregorio ´Goyo´ Peralta, el campeón argentino de los pesados, respetado y admirado por la cátedra que defenestraba a su antítesis: «esa mole de músculos y de pies planos» llamado Bonavena. Aquella noche de setiembre del ´65, el combate tuvo record de asistencia: más de 25.000 personas vieron como Ringo avasallaba a Goyo y se recibía de ídolo.

De todas maneras más allá del reconocimiento inevitable, muchos descartaban la categoría de deidad de Bonavena. Sólo lo encasillaban en el rango de lo «popular». Quizás para algunos la consideración de ídolo no se ajuste a un boxeador, que además de calzarse los guantes era actor y cantante, entre otras cosas ajenas al cuadrilátero.

Bonavena fue el primer deportista «mediático» que se conoció de este lado del mundo. Y creó un personaje: Ringo. Ante cada grabador, ante cada cámara que se encendía, Bonavena sacaba a relucir el comediante que lo acompañó durante toda su existencia. Iba a programas con rating de aquella época e inventaba historias, rencillas?O buscaba el golpe de efecto concentrando en una ostentosa suite del paquetísimo Hotel Alvear?O abría las puertas de su casa en Parque Patricios para mostrar las bondades de los ravioles de su mamá: Doña Dominga, que alcanzó tanta fama como la de su propio hijo.

«Siempre tuve una fe ciega en mis propias fuerzas. Permanentemente me ví ganador antes de pelear contra cualquiera, porque en este negocio no hay nada más indicado que uno mismo para convencerse de que las cosas van a salir bien. Así, a fuerza de hablar y hablar, muchas veces me comprometí a ganar pase lo que pase», declaró alguna vez.

La exposición mediática de Bonavena aumentaba si había una pelea cerca. Él era su propio promotor y era muy hábil para los negocios. En cada uno de sus combates -al menos los que se hacía en el país-, parte de su bolsa se nutría de la cantidad de boletos que se vendieran para la velada.

Y con los dividendos ayudaba a su numerosa familia, compuesta por ocho hermanos que eran su sostén emotivo, lo mismo que su esposa, Dora Raffa, y sus dos pequeños hijos: Adriana y Natalio Oscar. Puertas adentro, Bonavena dejaba afuera al personaje extrovertido y sobrador, aunque siempre ocurrente, y abría su enorme corazón. Quienes lo conocieron íntimamente rescatan al Ringo generoso y sensible, muy distinto al que conocía el gran público que se repartía en amor y odio por partes iguales.

Luego de la pelea con Gorosito, Bonavena llegó a Reno para intentar relanzar su carrera, que ya había comenzado una irreversible curva descendente. Su gran obsesión de entonces era conseguir una revancha con Alí. ¿Pero cómo Ringo quedó en manos de un tipo como Conforte, mafioso devenido en manager?.

Ezequiel Fernández Moores, en su libro Díganme Ringo, traza una hipótesis que la familia de Ringo revalida. «José Montano, manager portorriqueño de Ringo, vendió sus derechos de contrato en subasta, que fueron adquiridos por Conforte. El mafioso, con supuestos contactos, habría encandilado a Bonavena a una revancha con Alí a cambio de 500 mil dólares». La pelea claro, nunca se realizó.

En su estadía de cuatro meses en Reno, Ringo hizo un sólo combate: ante el ignoto Billy Joiner en un decadente restaurant de Reno, propiedad de Conforte. Fue la última vez que el crédito de Parque Patricios pisó un ring.

La otra versión no oficial era que «Ringo sabía que su actividad deportiva había llegado a su fin y viajó a Reno con plena conciencia al lugar que se dirigía. Ya había conocido a la esposa del mafioso: Sally Conforte». Esta mujer, desde que Ringo llegó a destino en enero de 1976, se convirtió en su protectora y financista, y para algunos su amante. La familia de Ringo descarta por completo una relación sentimental con la mujer, que lo doblaba en edad.

Lo cierto es que nunca se supo la verdad de por qué fue asesinado Bonavena. ¿Sabría demasiado de las actividades ´pesadas´ de Joe? ¿Fue por celos o sólo por un «accidente involuntario», figura por la cual el homicida Brymer estuvo apenas 15 meses en la cárcel?

A 33 años de su muerte, la fascinación por la figura de Bonavena sigue indemne. El ángel de la sonrisa eterna y gran corazón sigue con su vuelo inmortal.

 

WALTER RODRÍGUEZ

wrodriguez@rionegro.com.ar


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