“El valor de la amistad”
A causa de una larga y lamentable enfermedad falleció Rodolfo Linares, “Pirincho” para quienes lo conocimos. No es mi intención hacer un relato de su convalecencia ni del dolor que me produjo su partida, pero en estos días no puedo dejar de pensar en el fuerte vínculo que “Pirincho” tuvo con mi viejo, “Pirucho” Dávila: ellos fueron durante muchos años compañeros de trabajo, cada uno ocupando un rol en la Zona Sanitaria I de Salud Pública de la provincia del Neuquén, compañeros, compañeros de fierro pero principalmente amigos, amigos con todas las letras, inseparables en la lucha cotidiana del trabajo honesto y responsable y en la empatía que genera el servir a los demás sin mirar de quién se trate. Hace un par de años mi viejo cayó preso de esa nube mezcla de demencia y Alzheimer que lo lleva a un mundo desconocido, a un lugar que no entendemos, a aprender a ser nosotros los nuevos desconocidos que organizamos sus cosas, que determinamos sus tiempos, que le manejamos la vida… una vida que, obviamente, no es la suya. Y en ese nuevo y brutal contexto, cuando la enorme cantidad de conocidos, compañeros y “supuestamente amigos” fue desapareciendo de su entorno –entendiblemente, pues no es fácil estar con alguien que ya no es tal– siempre estaba el allí “Pirincho”, su amigo. Este año mi viejo cumplió 73 años. Lo festejamos los hijos, la familia y los amigos que amó siempre. Él estaba en un rincón, quieto, en su mundo, mirándonos con sus ojos tristones… seguramente preguntándose quiénes éramos aquellos que estábamos ahí. Y así transcurría el tiempo en ese espacio. Fue un minuto nada más, un breve instante: sus ojos brillaron, su cara se hizo sonrisa, se paró de su silla como pudo, su boca se abrió para decir “Mi amigo, mi amigo…” y se perdió en un abrazo con “Pirincho” que, acarreando estoicamente ese vil cáncer que se lo llevó, apareció como siempre para estar allí junto a su amigo. Entendí entonces el valor de la amistad, que es más fuerte que la sangre, que el cáncer, que la demencia… es tan fuerte que traspasa las fronteras del olvido, la memoria y mi posibilidad de entender. Seguramente andarás, “Pirincho”, por ahí, vaya a saber por dónde, repartiendo tu alegría y tu cariño, tu respeto, tu hombría de bien, tu honestidad y tu amistad, los mismos valores que siempre sostuvo mi padre. Gustavo Dávila, DNI 16.819.882 – Viedma
A causa de una larga y lamentable enfermedad falleció Rodolfo Linares, “Pirincho” para quienes lo conocimos. No es mi intención hacer un relato de su convalecencia ni del dolor que me produjo su partida, pero en estos días no puedo dejar de pensar en el fuerte vínculo que “Pirincho” tuvo con mi viejo, “Pirucho” Dávila: ellos fueron durante muchos años compañeros de trabajo, cada uno ocupando un rol en la Zona Sanitaria I de Salud Pública de la provincia del Neuquén, compañeros, compañeros de fierro pero principalmente amigos, amigos con todas las letras, inseparables en la lucha cotidiana del trabajo honesto y responsable y en la empatía que genera el servir a los demás sin mirar de quién se trate. Hace un par de años mi viejo cayó preso de esa nube mezcla de demencia y Alzheimer que lo lleva a un mundo desconocido, a un lugar que no entendemos, a aprender a ser nosotros los nuevos desconocidos que organizamos sus cosas, que determinamos sus tiempos, que le manejamos la vida... una vida que, obviamente, no es la suya. Y en ese nuevo y brutal contexto, cuando la enorme cantidad de conocidos, compañeros y “supuestamente amigos” fue desapareciendo de su entorno –entendiblemente, pues no es fácil estar con alguien que ya no es tal– siempre estaba el allí “Pirincho”, su amigo. Este año mi viejo cumplió 73 años. Lo festejamos los hijos, la familia y los amigos que amó siempre. Él estaba en un rincón, quieto, en su mundo, mirándonos con sus ojos tristones... seguramente preguntándose quiénes éramos aquellos que estábamos ahí. Y así transcurría el tiempo en ese espacio. Fue un minuto nada más, un breve instante: sus ojos brillaron, su cara se hizo sonrisa, se paró de su silla como pudo, su boca se abrió para decir “Mi amigo, mi amigo...” y se perdió en un abrazo con “Pirincho” que, acarreando estoicamente ese vil cáncer que se lo llevó, apareció como siempre para estar allí junto a su amigo. Entendí entonces el valor de la amistad, que es más fuerte que la sangre, que el cáncer, que la demencia... es tan fuerte que traspasa las fronteras del olvido, la memoria y mi posibilidad de entender. Seguramente andarás, “Pirincho”, por ahí, vaya a saber por dónde, repartiendo tu alegría y tu cariño, tu respeto, tu hombría de bien, tu honestidad y tu amistad, los mismos valores que siempre sostuvo mi padre. Gustavo Dávila, DNI 16.819.882 - Viedma
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