El verdadero Gran Hermano
Filmada casi como un documental, la cinta de Hirokazu Kore-eda, está basada libremente en una historia real de una madre que abandonó a cuatro hijos durante seis meses.
Ante la insistencia de uno de sus hermanos que no para de preguntar: «¿Cuándo vuelve mamá?», Akira, el hijo mayor, le responde gravemente: «Nunca». Esa sensación va creciendo en este pequeño de 12 años a quien su madre «obliga», de alguna forma, a hacerse cargo de sus tres hermanitos. Cada uno de ellos de un padre diferente, saben que deben sobrevivir porque, de no hacerlo, arribará la policía y los separará, acción que ninguno desea soportar.
En el comienzo del relato, la madre llega al edificio de departamentos junto al hijo mayor, anunciando que es el único que tiene. Los tres niños restantes llegan con la mudanza, encerrados en valijas y cajas, por lo que nadie debe conocerlos. No salen al exterior y, mientras la madre sale a trabajar, sólo Akira disfruta del aire libre, lo que igualmente va acompañado de la responsabilidad de cuidar de su familia. Su progenitora pronto conoce a un nuevo hombre y comienza a abandonarlos por pequeños períodos para luego desaparecer y enviar, alguna que otra vez, un poco de dinero. En esas condiciones, los niños deben sobrevivir y, lentamente, a medida que los recursos económicos los abandonen, pasan de estar bien a una vida en la miseria, con todos los servicios esenciales cortados en el departamento y mendigando por alimentos. Asimismo comienzan a «escaparse» al exterior y entablan relación con un mundo en el que, a pesar de que ciertas personas conocen su realidad, la ayuda nunca es más que migajas y no incluye una acción definitiva.
El filme está libremente basado en un hecho real conocido como el «Caso de los cuatro niños abandonados de Nishi Sugamo» de 1988. La odisea de estos pequeños sin existencia legal, ya que sus nacimientos nunca habían sido declarados, que vivieron solos durante seis meses en ese lugar donde ningún vecino los conocía, llamó la atención del director Hirokazu Kore-eda. «Esta noticia trajo a mi vida varias preguntas…La vida de estos niños no pudo haber sido solamente negativa. Tiene que haber existido otra riqueza que no fuera lo material, basada en los momentos de comprensión, alegría, tristeza y esperanza. Así que no quise mostrar el «infierno» como se lo ve desde
afuera, sino la «riqueza» de sus vidas desde adentro». Y es eso lo que el excelente realizador de «After life» (1999), entre otras, logra. Sin regodearse en el dolor ni cristalizar los golpes bajos naturales que pueden surgir de este tipo de historias, el director apoya su cámara como si fuera un documental. Casi como atrapado por el «efecto Gran Hermano», aunque en la vereda de enfrente en lo que refiere a espontaneidad, simpleza e inteligencia, con un dejo de nostalgia que envuelve al espectador hasta convertirlo en cómplice. Algo que queda claro en los títulos finales con la presentación de los actores: cuando llega el turno de la madre, el nombre de la actriz es en realidad el «público». Como si cada uno fuera un poco aquel ser que los abandona y decide mirar para un costado a la hora de ayudar.
La cinta fue filmada cronológicamente para acompañar el crecimiento de los jóvenes actores aficionados, donde sobresale el rostro del mayor, personificado por Yagira Yuuya. Abarcando cuatro estaciones, los pequeños pasarán por un sinfín de emociones, conocerán aliados, enemigos y tratarán de ser felices. Y, a pesar de sus esfuerzos, también la tragedia los golpeará, momento en el que tomarán conciencia de que esta especie de «juego» no es tal. Mientras tanto, el espectador, conocedor de que esto no es una fábula desde un principio, podrá cuestionarse la responsabilidad de una sociedad, muchas veces culpable por omisión. Sensación amarga pero más enriquecedora que espiar durante horas la irrealidad de la casa de «Gran Hermano». (A.L.)
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