El Viejo Vizcacha
por HECTOR CIAPUSCIO
Especial para «Río Negro»
En todo el «Martín Fierro» no hay personaje más memorable que Vizcacha. Ni el propio protagonista, ni Cruz, ni el Moreno, los hijos de Fierro o Picardía se comparan con la fuerza de su figura. Sigue viviendo después de muerto porque ha quedado entero en el folclore campesino y popular con sus dichos y sus mañas. Al gran poema de José Hernández alguien lo definió como «espejo de oprimidos y estímulo de trujamanes». Lo primero condensa al personaje central, lo segundo a las enseñanzas de aquel viejo que no muere. Ezequiel Martínez Estrada lo describe sin vueltas ni compasión. Dejando aparte el mérito indudable y la maestría del trabajo literario, lo ve malvado, rapaz, blasfemo, sin escrúpulos morales, una personalidad atravesada. Lo clasifica como «un tipo que razona como si su cabeza tuviera sesos de zorro». Pero dentro del poema no hay duda de que es un personaje redondo y por eso quizá y por el desparpajo e ingenio de sus dichos resulta un arquetipo perdurable.
Sabemos que algunos de los famosos consejos de Vizcacha -«filosofemas» ha sido una de sus calificaciones eruditas- se recitan como sabiduría gnómica en ambientes de cultura fácil. Hay en esos medios, en efecto, dichos que se usan como si fuesen versículos de la Biblia. Por ejemplo aquel consejo de la estrofa que dice: «Hacete amigo del juez»/ no le des de qué quejarse;/ y cuando quiera enojarse/ vos te debés encoger,/ pues siempre es güeno tener/ palenque ande ir a rascarse». Esto es algo que sirve para filósofos de café en ambientes pueblerinos, en esos «pagos chicos» de bostezo como aquel que pintó el cuento de Roberto Payró. Pero en estos tiempos de políticos populistas la inspiración llega muchas veces más arriba, al discurso de los que nos dictan leyes y a escenarios que merecerían niveles intelectuales mayores. Parecidos éstos por lo menos a aquellos de «los tiempos de la República» (Pinedo dixit) cuando las citas de algunos «pico de oro» legislativos en debate no bajaban de Sarmiento o Alberdi, de Cicerón o Tácito. Así, en esta situación de ética olvidada y «peronitis» que no cesa, tuvimos hace poco a uno de esos «Padres de la Patria» refutando a un colega con un vizcachesco «cada lechón en su teta/ es el modo de mamar». Y hasta es creíble el chisme de que hubo un senador sin empacho (eran tiempos anteriores al deschave de Pontaquarto) para recitarle a un movilero amigo, por lo bajo y en sobremesa, aquella estrofa que reza: «Yo voy donde me conviene/ y jamás me descarrío;/ llevate el ejemplo mío,/ y llenarás la barriga./ Aprendé de las hormigas:/ no van a un noque vacío».
Pero resulta que la devoción por Vizcacha ha podido llegar en un momento preciso hasta el alto nivel presidencial e incluso al de las relaciones internacionales del país. Me vengo a enterar, navegando por Internet, que entre el medio centenar de traducciones del libro que andan por el mundo hay una versión en polaco a la que rodean circunstancias curiosas. A esa traducción la hizo Henryk Mackiewicz, un inmigrante que vino en 1948 y que cuatro décadas después, sobre la base del dominio que había adquirido de nuestro idioma y motivado por su admiración al poema, dio cima a un largo trabajo de conversión del «Martín Fierro» al idioma de su país de origen. Como anécdota, este hombre humilde y de profesión contador, relató su asombro cuando se enteró por televisión de que en el viaje del presidente argentino a Polonia había llevado consigo ejemplares de una edición de lujo de su traducción, con un prólogo firmado por Carlos Saúl Menem (él sólo la había publicado por entregas en el semanario polaco de Buenos Aires) para obsequiar al general Vojciech Jaruzelsky, presidente de Polonia. Tiempo después, uno de los que habían formado en la comitiva oficial le contó a Mackiewicz que Menem había aconsejado a su colega de Varsovia «leer algunos de los consejos del Viejo Vizcacha porque contienen tanta sabiduría». No sabemos si las lecciones del personaje de Hernández afectaron para bien o para mal al general Jaruzelsky quien, según declaró, «había pasado toda la noche leyendo el libro»; sólo sabemos que casi en seguida cayó su régimen comunista y él fue sustituido no muy amistosamente por Lech Walesa, líder de «Solidaridad». Tampoco ha trascendido qué expresión usó en polaco el papa Juan XXIII, agraciado también por nuestro presidente con un ejemplar de ese «Martín Fierro», después de haberse puesto al tanto de las enseñanzas «non sanctas» de Vizcacha, nuestro Moisés telúrico y pedagogo de las pampas.
por HECTOR CIAPUSCIO
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora
Comentarios